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Los derechos humanos en democracia

 

Autor: Luis Alberto Romero

Es más fácil contar las provincias en las que no hay problemas con la policía", contestó un funcionario nacional consultado sobre el creciente panorama de sublevaciones de uniformados. Es cierto. En una semana, desde que estallaron la rebelión de Córdoba y el apogeo de los saqueos en esa provincia, ya hubo cinco muertos y decenas de heridos por los asaltos a los comercios. El Gobierno cambió drásticamente el discurso sobre el conflicto. Una situación de tensión extrema se advierte fácilmente en casi todos los funcionarios con responsabilidades ejecutivas.

Sin embargo, los ojos de la política están puestos en la provincia de Buenos Aires y, sobre todo, en el multitudinario y caótico conurbano.

Pero desde entonces los caminos de la democracia y de los derechos humanos se bifurcaron. En cuanto a la democracia, la ilusión inicial se fue tornando en desilusión a medida que se revelaban los límites de un gobierno sin recursos, endeudado y con un Estado deteriorado, que no podía satisfacer sus promesas mínimas de pan, salud y educación. El compacto respaldo civil que tuvo no alcanzó para subordinar ni a los sindicatos ni a los militares, alzados en la Semana Santa de 1987. En 1989, cuando la hiperinflación y los saqueos evocaron el precipicio, el nuevo gobierno obtuvo del Congreso amplios poderes. Nunca fueron devueltos, con el falaz argumento de la "emergencia permanente". Así, a la desilusión ciudadana se sumó la crisis de la institucionalidad republicana, que desde entonces fue en avance.

La pobreza -la gran novedad de la sociedad argentina- agregó otro factor al deterioro democrático. La precariedad de la existencia cotidiana, las falencias de la escuela, la policía y la Justicia conspiraron contra la formación de ciudadanos conscientes, respetuosos de la ley y preocupados por el interés general. Comenzó entonces a fructificar un nuevo modo de hacer política. Sus protagonistas fueron las autoridades gubernamentales, del presidente a los intendentes, quienes aprendieron el arte de transformar modestas ayudas estatales en paquetes de votos. De ese modo, el sufragio, orgullo de la democracia de 1983, fue tomando un sentido más instrumental que ciudadano. Finalmente, la crisis de 2001, que hasta llegó a afectar la autoridad presidencial, barrió con los partidos políticos y aun con la idea de la representación legítima, otro de los pilares de aquella democracia.

Por su parte, las organizaciones de derechos humanos se encontraron desde el principio algo descolocadas con la nueva democracia. Acostumbradas a un mundo dividido entre malos y buenos, se encontraron con una política diversa, que postulaba el pluralismo. Esta desubicación puede explicar el predominio del sector más intransigente, el de Hebe de Bonafini, convertida en vocero e ícono de la causa. Los intransigentes de los derechos humanos se colocaron en la vereda de enfrente de Alfonsín, desconfiaron de la Conadep, no valoraron los juicios a las Juntas y, sobre todo, objetaron que se pusiera en el mismo banquillo a militares y guerrilleros. Tras la crítica a la llamada "teoría de los dos demonios" comenzó a reaparecer la distinción, común en los años 60, entre la injusta violencia del Estado terrorista y aquella otra que se suponía legitimada por los ideales de sus perpetradores.

La intransigencia se consolidó con la ley de obediencia debida y con los indultos de Menem. Los "derechohumanistas" eran un colectivo complejo, y en sus voces se mezclaron registros diferentes. Junto a la de los doloridos familiares estaban los militantes de la democracia y la libertad, y también quienes habían simpatizado con las organizaciones armadas o participado en ellas. Algunos de ellos adoptaron con sinceridad el nuevo credo democrático, pero otros lo vieron sólo como un período de tregua y de recomposición de fuerzas.

En muchos, estas ideas coexistían en tensión. En los años 90, en el amplio espacio de oposición al menemismo, la balanza se fue inclinando hacia un setentismo nostálgico y corrosivo. Las nuevas generaciones transformaron a las "víctimas de la dictadura" en heroicos combatientes, y gradualmente reivindicaron sus objetivos y sus métodos. Horacio Verbitsky hizo una amplísima lista de "cómplices de la dictadura" y Hebe de Bonafini reclamó las armas y glorificó el terrorismo. La intransigencia fue arrinconando a muchos viejos defensores de los derechos humanos y descartando las ideas liberales originales, como el respeto a la vida.

Democracia y derechos humanos -ambos bastante distintos de los de 1983- volvieron a encontrarse en el gobierno de Néstor Kirchner. Desde 2003, la legitimidad del poder presidencial volvió de la mano del mando. Profundizando la senda de los 90, Kirchner concentró más autoridad, controló el Congreso, avanzó sobre la Justicia, subordinó a los medios y anuló las agencias de control. Con la caja fiscal construyó la base política del Gobierno y produjo los votos necesarios para sustentarlo. Mientras se reducía el espacio de la civilidad, la democracia republicana terminó de ser sustituida por el autoritarismo democrático.

La novedad estuvo en la justificación. La retórica neoliberal fue reemplazada por la nacional y popular, enriquecida con elementos de los años 70. El discurso oficial volvió a partir el campo político y a estigmatizar a los enemigos del pueblo, las "corporaciones destituyentes". El pluralismo de 1983 quedó sepultado por la renovada intransigencia facciosa, que sirvió de puente con el núcleo intransigente de los derechos humanos. Incómodos con la democracia, éstos se encontraron a gusto con una retórica afín con Carl Schmitt y con las prácticas de un caudillo mandón de provincia chica, con talento para apreciar las potencialidades políticas de una causa por la que nunca se había interesado.

Kirchner reabrió los juicios a los militares y abundó en gestos afines a la versión facciosa de los derechos humanos. Así interpeladas, las principales organizaciones dejaron la Plaza y se subieron a los balcones de la Casa de Gobierno. Abandonaron el elevado plano moral en el que habían nacido y asumieron sórdidas tareas políticas. Hebe de Bonafini fustigó con grosera violencia a los enemigos del Gobierno, y Estela de Carlotto encharcó su meritoria organización en el hostigamiento al Grupo Clarín. La integración se completó cuando este grupo, que conservaba la representación de los derechos humanos, se sumó al esquema de subsidios y corrupción instrumentado por el Gobierno. Fue emblemático que en Madres la tarea quedara a cargo de un parricida.

Así, los caminos de la democracia y los derechos humanos se reencontraron, en un punto muy lejano del original. A muchos esto les gusta. Para quienes nos sentimos a disgusto, nos queda la tarea de volver a reunirlos en el lugar adecuado. Por una parte -es bien sabido-, hay que reconstruir la democracia republicana, la ciudadanía y el pluralismo. Por otra, la sociedad civil debe construir y legitimar nuevas organizaciones de derechos humanos, liberadas del estrecho mandato inicial, pero no de su imperativo de fondo. Es cierto que hay muchos derechos nuevos, que son importantes. Pero también están los viejos. Hay aún muchas víctimas de la sorda violencia estatal y policial y hay otros derechos alienados en una sociedad con mucha hambre y muy poca ley. Alguien tiene que defenderlos.

 

(vía: La Nación, 10/12/2013)

¿Para qué sirve la Historia?

 

Claves para comprender la Historia - Horizonte Bicebtenario - Mayo 201 Julio 2016 - año V - nº 29 - ISSN 1852-4125 

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 Colaboración de Eliseo Lara Ordenes,  Colegio Claudio Matte Anexo y UNAB - Chile

 

 

¿Para qué nos sirve la historia? Es una pregunta que resuena en muchos estudiantes que ven en el texto escrito un pasado de reyes, príncipes, legiones, guerras y culturas que han sido retratadas con énfasis en su esplendor, o derechamente lo positivo que tuvo para el desarrollo posterior. Pero qué pasa cuando esa historia es cercana, muy reciente y llega a toparse con nuestra propia experiencia personal y familiar, el tema cambia.

El pasado contado en los manuales de historia que se enseña en los colegios está fundado en principios establecidos por la ley o en su defecto por la autoridad presente, quien demarca el sentido que tuvo un hecho o fenómeno histórico. Normalmente eso se asume como tal y no sería algo que diera motivos de controversia salvo en investigadores o intelectuales que conservan rencillas, no pocas veces, personales más que de veracidad o de epistemología y metodología asociada. Pero qué pasa cuando el pasado sigue vivo, no por un antojo sino porque está presente en cada acción de tipo social, puesto que modeló una cultura e instituyó leyes limitadas al cambio con estrategias poco honestas y siempre proclives al sector dominante. La concepción de la historia es otra.

Entonces, el ejercicio de representación del pasado se vuelve no solo necesario y oportuno sino también constructor del porvenir, pues el diálogo con la historia no se produce solo como un ejercicio de conservación o de museología sino como una articulación siempre en presente.

La historia no sólo está orientando la actualidad sino también el futuro mediato en cuanto se apliquen los vestigios indicados, en ese pasado, como una total normalidad. Esto es un peligroso uso del pasado, pues manipula una realidad en función de intereses dominantes que han delimitado y dicho el por qué y los cómo. Acá no se trata de seguir la historia sino de problematizarla, para que arroje nuevas perspectivas del presente, pero también para que abra otros horizontes, tal vez de ahí provenga la asociación entre la historia y la utopía. Pero al darnos cuenta de cuánto y cómo nos han manipulado nos sentimos indefensos, desnudos, impotentes al ver que el mínimo común denominador entre los humanos como lo son las necesidades básicas; comer, dormir, respirar, trabajar, entro otras muchas, han sido resignificadas por intereses del poder, ya no político como antes, sino macro-empresariales y, digámoslo, desproporcionados a cualquier noción de lo humano, pues hoy tenemos una búsqueda de riqueza material infinita. Si para Nietzsche Dios había muerto por causas de la razón humana, hoy vuelve a morir por causas de la riqueza.

Los diferentes estudios históricos muestran que las revoluciones estallan por choque de intereses, expectativas mayores a una realidad limitada, ganas de ser más, hoy diría de tener más, pero también en momentos de opresión, de esclavitud, de confusión. La misma confusión que todos tenemos hoy, mil ideas y mil trabas, leyes mal formuladas, representantes que no representan, homologaciones sin poner énfasis en las diferencias, pensar en un ideal a la medida, convirtiéndonos a todos y cada uno de nosotros en potenciales dictadores de la vida y de la sociedad, pues resuena con fuerza la idea de que la diferencia no existe pues yo soy la verdad.

Para esto nos sirve la historia, para ver la diversidad que el presente y la ambición no nos permite, es subversiva como dice Galeano porque nos abre las expectativas, nos despierta, pero manipulada y cubierta también nos duerme. La historia por sí misma no es suficiente, como tampoco ninguna disciplina. Es necesario el diálogo y la transversalidad, como también lo son los nuevos contratos sociales y la comprensión de la interculturalidad.

Mirar el pasado, no obstante, es un ejercicio de mínima relación moral para lo que vamos a construir, pues no se trata de fundamentos simplemente, sino de las consecuencias de los mismos y hacia los lugares y las trincheras en las que nos ponen.

¿Para qué sirve la historia? Para construir un futuro, al menos, un poco mejor.

(fuente: http://www.eliseolaraordenes.blogspot.com.ar/2013/12/para-que-nos-sirve-la-historia.html)

 

El Tiempo y La Creación Maya

 

Claudio Obregón Clairín, México

 

 

Recientemente fui invitado a dictar un ciclo de conferencias sobre la Civilización Maya en la Universidad de Quebec en Montreal y en la Universidad de Montreal, tuve la oportunidad de mostrar dignamente y con sustento epigráfico, antropológico e histórico, algunos pasajes del universo maya. Independientemente del ya clásico tema de las Profecías Mayas, los quebequenses quedaron sorprendidos por el ámbito mitológico de nuestros mayores, sobre todo los asuntos referidos al Tiempo y a la Creación Maya. En este artículo analizaré algunos eventos calendáricos, recreaciones mitológicas de la Cosmogonía Maya y un breve análisis de los discursos de los profetas modernos, tópicos que desarrollé en una de las conferencias que dicté en la Universidad de Quebec en Montreal.

La religión de los mayas históricos fue una religión matemática y esa característica permitió que en sus postulados, "el credo se constatara" a través de cíclicos eventos celestes. Los Dioses fueron considerados entidades divinas, caprichosas, múltiples, violentas y benefactoras, interactuaban con los seres humanos a través de ritos, ceremonias, guerras y montañas mágicas vestidas de rojo, nosotros las hemos nombrado pirámides y en su escritura jeroglífica, los mayas las llamaron Witz. Éstos monumentos fueron vasos comunicantes con "la otredad", tuvieron funciones habitacionales y en ocasiones, también funerarias.

El tiempo entre los mayas tuvo el status de un Dios y más que una obsesión --como la mente cartesiana quiere ubicar—la medida del tiempo entre los mayas fue el factor que dio sentido a su religiosidad, a su cotidiano, a su economía y a su existencia, es por ello que el cómputo del tiempo se siguió a través de varios calendarios, hoy en día es ya célebre la tradición popular que generaliza y determina el hecho de que los mayas tuvieron un calendario, cuando en realidad contaron con varios calendarios.

Con certeza sabemos que medían el tiempo con calendarios cíclicos derivados de observaciones astronómicas y de un imaginario religioso matemático con una base numérica vigesimal y con el número 13 como múltiplo. Los mayas históricos heredaron de los zoques y de los olmecas el calendario que hoy nombramos Tzolk´in que se divide en 20 días y 13 numerales dando un ciclo de 260 días, el calendario solar lo nombramos Haab y se dividía en 18 meses de 20 días dando un total de 360 días a los cuales les anexaban un mes de 5 días para llegar al total de 365.

Según las cuentas matemáticas del Códice Dresde sabemos que contabilizaron los ciclos sinódicos de los planetas Venus y Marte, además de que los textos jeroglíficos de diversas ciudades como Palenque y Bonampak, nos indican que registraban el tránsito celeste de Júpiter y Saturno por lo que podemos afirmar que sus ciclos sinódicos (tiempo que tardan los planetas en dar una vuelta al Sol) formaban otros calendarios; contaron igualmente con un complicado sistema de grandes ciclos que hemos llamado Cuenta Larga y consiste en la suma de 1 872 000 días o 5128 años de 360 días por cada ciclo, en estos momentos vivimos el final del doceavo ciclo de la Cuenta Larga de un total de veinte, inició "convencionalmente" el 13 de agosto de 3113 a.C y concluirá el 23 diciembre de 2012 para dar inicio al treceavo hasta llegar al vigésimo ciclo, para entonces iniciar otra rueda calendárica de 20 ciclos de 1 872 000 días cada uno.

Es una majestuosa patraña la afirmación que postula con sustento mercadotécnico que los mayas previeron el fin del mundo para el 23 diciembre de 2102, basta mencionar que en el Templo de las Inscripciones de Palenque, el ahau (rey maya) K´inich Janahb' Pakal predijo su retorno a la vida terrenal el 22 de Octubre de 4772 d. C., esta fecha es uno de los claros ejemplos que nos afirman con veracidad epigráfica que los mayas nunca previeron que el tiempo se detuviera el 23 diciembre de 2012, además, por si fuera poco, en ningún texto jeroglífico se lee tal afirmación, el fin del mundo previsto por los mayas es el fruto de elucubraciones de profetas modernos como Frank Water, José Argüelles o Fernando Malkún quienes aprovechando el sentido fatalista de Occidente y su agria tendencia por vivir en la simulación, nos ofrecen sus galantes elucubraciones editadas en libros que se venden como hamburguesas en promoción o dictan conferencias y seminarios, atemorizando a la humanidad, especulando sobre los mayas sin referirse a lo que los mayas realmente escribieron. En los textos de los profetas modernos se lee "los mayas dijeron, los mayas predijeron, los mayas sabían..." pero enmudecen cuando se les pregunta sobre las fuentes históricas y epigráficas de sus especulaciones.

Los mayas también midieron los ciclos lunares pero al contrario de lo que afirma el escritor de Ficción Histórica, José Argüelles, "no tuvieron un calendario de 13 lunas ni mucho menos un día fuera del tiempo", su discurso sobre el calendario Tzolk´in publicado en su libro "El Factor Maya", es una verdadera vacilada carente de fundamentos históricos, epigráficos e históricos, simplemente se trata de una invención de su mente mercantilista que ha distorsionado símbolos y ha transfigurado a su conveniencia económica la realidad histórica maya que podemos leer en la escritura jeroglífica. Argüelles elaboró un imaginario religioso ajeno a la historia de los mayas.

 

Robert Lamontagne y Claudio Obrégón en la conferencia de la Universidad de Montreal

En una de las conferencias que dicté en la Universidad de Montreal, tuve el privilegio de ser acompañado por el astrobiólogo Robert Lamontagne (director del observatorio Mont-Megantic de la provincia de Quebec Canadá), juntos analizamos los pormenores de los postulados sobre las catastróficas predicciones astronómicas para el 2012 que el arquitecto colombiano Fernando Malkún escribió en las 7 Profecías Mayas que circulan en Internet. El intercambio de conocimientos que tuve con el científico canadiense, dio pauta a un estudio astronómico que próximamente publicaré en el que también daré cuenta de mi propuesta del desarrollo epigráfico del advenimiento del Dios Bolom Ok Té, quien es nombrado en textos jeroglíficos escritos en los Vasos Ceremoniales Mayas que fueron utilizados para beber Chi’ (una bebida alcohólica elaborada con cacao y maíz) así como en el Monumento 6 de El Tortuguero, éste último texto, descifrado por el maestro Alfonso Arellano.

 

 

En el Vaso Cilíndrico de los 7 Dioses que refiere la Creación Maya --acontecida en el calendario Tzolk´in el 4 Ahau y en el calendario Haab el 8 Kumkú--, el Dios Bolom Ok Té aparece en la obscuridad junto a otros dioses como el Dios Remero Raya y el Dios Remero Jaguar, justo momentos antes de la Creación Humana registrada al inicio del doceavo ciclo de la Cuenta Larga que como apuntaba, ha sido “convencionalmente concebido” el 13 agosto 3113 a.C --sin que podamos afirmar con certeza absoluta que dicha fecha sea correcta--.

 

Los Dioses Mayas --como todos los Dioses creados por los seres humanos--, existieron antes del nacimiento de la humanidad, lo que torna únicos a los Dioses Mayas es que tuvieron fechas de nacimiento y algunos Dioses nacieron después de los seres humanos, lo cual, es realmente extraordinario, leemos en el Templo de las Inscripciones de Palenque, Chiapas, que el Dios Muwaan Mat nació el 2 de Enero de 3120 a.C., la Diosa Garza, el 16 de Noviembre de 3121 a.C. y Venus el 13 de agosto de 2350 a.C.

 

Las fechas de nacimiento de los Dioses Mayas fueron determinantes para la ascensión al trono de los ahauob’ (reyes mayas) y junto a las alineaciones planetarias de Júpiter y Saturno, condicionaron la inauguración y aniversarios de sus monumentos; las apariciones en el horizonte de Venus determinaron sus guerras y así, el engranaje celeste descifrado en calendarios rituales y la medida cíclica del tiempo, otorgaron sentido tanto a su religiosidad como a sus actividades. Los mayas no tuvieron una obsesión por el tiempo, simplemente lo entendieron de manera cíclica, le dieron un sentido divino y constataron sus creencias al contar con una Religión Matemática sustentada en precisas observaciones del tránsito de los astros sobre la bóveda celeste.

 

 

 

 

Templo de las Inscripciones, Palenque, Chiapas

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