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13 de abril de 1847 -

Nace Eduardo Sívori

pintor argentino, considerado el introductor y máximo exponente del realismo pictórico nacional. Como muchos de los grandes pinbtores argentinos, viajó a Europa viviendo en París por tres años, ciudad a la que regresará para terminar su formación con jean Paul Laurens. Regresado a Argentina fue fundador de lo que se constituiría en el máximo exponente de la Academia de Bellas Artes, la Sociedad Estímulo de Bellas Artes de Buenos Aires. El paisaje pampeano se convirtió en el eje de su obra, algunas de las cuales son: Retrato de niña, La Pampa, El despertar de la criada, Rancho con ombú, Paisana dámata, entre otras.

 

El contexto en que desarrolló su obra: 

 

Al despuntar el siglo, varios artistas adhieren a un tipo de pintura aireplenista de diversas procedencias,  y sus discípulos, en la línea del impresionismo francés; Fader, la vertiente alemana; Brughetti y Lazzari la de los manchistas italianos. Se constituye además el grupo Nexus (Collivadino, Quirós, Rossi, Ripamonte, entre otros), que supone el intento de una lectura moderada y personal de las nuevas tendencias. El arte argentino se esfuerza en la búsqueda de una imagen propia a través de un posimpresionismo aggiornado a las necesidades y características locales. La tendencia hispana, comprometida por el aluvión inmigratorio y la influencia francesa, se renueva a partir de la exposición internacional del Centenario, aunque supuso también el ingreso oficial del impresionismo en nuestro medio. El contenido anímico de la pintura argentina priva sobre lo meramente óptico, y el resultado se expresa en la calidad de las obras de esta primera etapa del siglo.

 


8 de abril de 1852 - El gobernador don Manuel Taboada es invitado por el gral. Urquiza, a concurrir a la histórica reunión, donde se firmó el Acuerdo de San Nicolás, el 31 de mayo de 1852. Pedro Serrano escribía a Manuel Taboada el 21 de agosto de 1852 desde la ciudad de Rosario, a propósito de la firma del Tratado de San Nicolás 

Claudio Obregón Clairín, México

 


 

 Robert Lamontagne y Claudio Obrégón en la conferencia de la Universidad de Montreal

 

 

 

 Chichén Itzá

 

  

Recientemente fui invitado a dictar un ciclo de conferencias sobre la Civilización Maya en la Universidad de Quebec en Montreal y en la Universidad de Montreal, tuve la oportunidad de mostrar dignamente y con sustento epigráfico, antropológico e histórico, algunos pasajes del universo maya. Independientemente del ya clásico tema de las Profecías Mayas, los quebequenses quedaron sorprendidos por el ámbito mitológico de nuestros mayores, sobre todo los asuntos referidos al Tiempo y a la Creación Maya. En este artículo analizaré algunos eventos calendáricos, recreaciones mitológicas de la Cosmogonía Maya y un breve análisis de los discursos de los profetas modernos, tópicos que desarrollé en una de las conferencias que dicté en la Universidad de Quebec en Montreal.

La religión de los mayas históricos fue una religión matemática y esa característica permitió que en sus postulados, “el credo se constatara” a través de cíclicos eventos celestes. Los Dioses fueron considerados entidades divinas, caprichosas, múltiples, violentas y benefactoras, interactuaban con los seres humanos a través de ritos, ceremonias, guerras y montañas mágicas vestidas de rojo, nosotros las hemos nombrado pirámides y en su escritura jeroglífica, los mayas las llamaron Witz. Éstos monumentos fueron vasos comunicantes con “la otredad”, tuvieron funciones habitacionales y en ocasiones, también funerarias.

El tiempo entre los mayas tuvo el status de un Dios y más que una obsesión --como la mente cartesiana quiere ubicar—la medida del tiempo entre los mayas fue el factor que dio sentido a su religiosidad, a su cotidiano, a su economía y a su existencia, es por ello que el cómputo del tiempo se siguió a través de varios calendarios, hoy en día es ya célebre la tradición popular que generaliza y determina el hecho de que los mayas tuvieron un calendario, cuando en realidad contaron con varios calendarios.

Con certeza sabemos que medían el tiempo con calendarios cíclicos derivados de observaciones astronómicas y de un imaginario religioso matemático con una base numérica vigesimal y con el número 13 como múltiplo. Los mayas históricos heredaron de los zoques y de los olmecas el calendario que hoy nombramos Tzolk´in que se divide en 20 días y 13 numerales dando un ciclo de 260 días, el calendario solar lo nombramos Haab y se dividía en 18 meses de 20 días dando un total de 360 días a los cuales les anexaban un mes de 5 días para llegar al total de 365.

Según las cuentas matemáticas del Códice Dresde sabemos que contabilizaron los ciclos sinódicos de los planetas Venus y Marte, además de que los textos jeroglíficos de diversas ciudades como Palenque y Bonampak, nos indican que registraban el tránsito celeste de Júpiter y Saturno por lo que podemos afirmar que sus ciclos sinódicos (tiempo que tardan los planetas en dar una vuelta al Sol) formaban otros calendarios; contaron igualmente con un complicado sistema de grandes ciclos que hemos llamado Cuenta Larga y consiste en la suma de 1 872 000 días o 5128 años de 360 días por cada ciclo, en estos momentos vivimos el final del doceavo ciclo de la Cuenta Larga de un total de veinte, inició “convencionalmente” el 13 de agosto de 3113 a.C y concluirá el 23 diciembre de 2012 para dar inicio al treceavo hasta llegar al vigésimo ciclo, para entonces iniciar otra rueda calendárica de 20 ciclos de 1 872 000 días cada uno.

Es una majestuosa patraña la afirmación que postula con sustento mercadotécnico que los mayas previeron el fin del mundo para el 23 diciembre de 2102, basta mencionar que en el Templo de las Inscripciones de Palenque, el ahau (rey maya) K´inich Janahb' Pakal predijo su retorno a la vida terrenal el 22 de Octubre de 4772 d. C., esta fecha es uno de los claros ejemplos que nos afirman con veracidad epigráfica que los mayas nunca previeron que el tiempo se detuviera el 23 diciembre de 2012, además, por si fuera poco, en ningún texto jeroglífico se lee tal afirmación, el fin del mundo previsto por los mayas es el fruto de elucubraciones de profetas modernos como Frank Water, José Argüelles o Fernando Malkún quienes aprovechando el sentido fatalista de Occidente y su agria tendencia por vivir en la simulación, nos ofrecen sus galantes elucubraciones editadas en libros que se venden como hamburguesas en promoción o dictan conferencias y seminarios, atemorizando a la humanidad, especulando sobre los mayas sin referirse a lo que los mayas realmente escribieron. En los textos de los profetas modernos se lee “los mayas dijeron, los mayas predijeron, los mayas sabían…” pero enmudecen cuando se les pregunta sobre las fuentes históricas y epigráficas de sus especulaciones.

Los mayas también midieron los ciclos lunares pero al 


contrario de lo que afirma el escritor de Ficción Histórica, José Argüelles, “no tuvieron un calendario de 13 lunas ni mucho menos un día fuera del tiempo”, su discurso sobre el calendario Tzolk´in publicado en su libro "El Factor Maya", es una verdadera vacilada carente de fundamentos históricos, epigráficos e históricos, simplemente se trata de una invención de su mente mercantilista que ha distorsionado símbolos y ha transfigurado a su conveniencia económica la realidad histórica maya que podemos leer en la escritura jeroglífica. Argüelles elaboró un imaginario religioso ajeno a la historia de los mayas.

En una de las conferencias que dicté en la Universidad de Montreal, tuve el privilegio de ser acompañado por el astrobiólogo Robert Lamontagne (director del observatorio Mont-Megantic de la provincia de Quebec Canadá), juntos analizamos los pormenores de los postulados sobre las catastróficas predicciones astronómicas para el 2012 que el arquitecto colombiano Fernando Malkún escribió en las 7 Profecías Mayas que circulan en Internet. El intercambio de conocimientos que tuve con el científico canadiense, dio pauta a un estudio astronómico que próximamente publicaré en el que también daré cuenta de mi propuesta del desarrollo epigráfico del advenimiento del Dios Bolom Ok Té, quien es nombrado en textos jeroglíficos escritos en los Vasos Ceremoniales Mayas que fueron utilizados para beber Chi’ (una bebida alcohólica elaborada con cacao y maíz) así como en el Monumento 6 de El Tortuguero, éste último texto, descifrado por el maestro Alfonso Arellano.

 

 

 Vaso de los 7 Dioses de la Creación

 

En el Vaso Cilíndrico de los 7 Dioses que refiere la Creación Maya --acontecida en el calendario Tzolk´in el 4 Ahau y en el calendario Haab el 8 Kumkú--, el Dios Bolom Ok Té aparece en la obscuridad junto a otros dioses como el Dios Remero Raya y el Dios Remero Jaguar, justo momentos antes de la Creación Humana registrada al inicio del doceavo ciclo de la Cuenta Larga que como apuntaba, ha sido “convencionalmente concebido” el 13 agosto 3113 a.C --sin que podamos afirmar con certeza absoluta que dicha fecha sea correcta--.

Los Dioses Mayas --como todos los Dioses creados por los seres humanos--, existieron antes del nacimiento de la humanidad, lo que torna únicos a los Dioses Mayas es que tuvieron fechas de nacimiento y algunos Dioses nacieron después de los seres humanos, lo cual, es realmente extraordinario, leemos en el Templo de las Inscripciones de Palenque, Chiapas, que el Dios Muwaan Mat nació el 2 de Enero de 3120 a.C., la Diosa Garza, el 16 de Noviembre de 3121 a.C. y Venus el 13 de agosto de 2350 a.C.

Las fechas de nacimiento de los Dioses Mayas fueron determinantes para la ascensión al trono de los ahauob’ (reyes mayas) y junto a las alineaciones planetarias de Júpiter y Saturno, condicionaron la inauguración y aniversarios de sus monumentos; las apariciones en el horizonte de Venus determinaron sus guerras y así, el engranaje celeste descifrado en calendarios rituales y la medida cíclica del tiempo, otorgaron sentido tanto a su religiosidad como a sus actividades. Los mayas no tuvieron una obsesión por el tiempo, simplemente lo entendieron de manera cíclica, le dieron un sentido divino y constataron sus creencias al contar con una Religión Matemática sustentada en precisas observaciones del tránsito de los astros sobre la bóveda celeste.

 

 

Templo de las Inscripciones, Palenque, Chiapas

 

 

 

 

 

 

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