Varios

El poeta argentino José Mármol, famoso por sus versos contra el tirano Rosas, es el autor de esta popular novela romántica americana. Sin ser propiamente una novela histórica, pues describe un ambiente contemporáneo del autor (la ciudad de Buenos Aires durante el terror de 1840), se la considera tal porque el autor mezcló en la acción narrativa una abundante, y quizá excesiva, crónica de los sucesos políticos y militares contemporáneos, y también por la gran sugestión que ejerce sobre el lector todo cuanto concierne a la época de Rosas, eminentemente histórica por su dramatismo.

Amalia es así un idilio acabado trágicamente y a la vez un cuadro político-social de la larga dictadura de veinte años derribada en 1852. Empezó a publicarse en folletín del periódico "La Semana" en 1851, en Montevideo, ciudad en donde vivió expatriado el autor; la edición completa, con supresiones y muchos agregados de carácter documental, apareció en Buenos Aires en 1855.

La acción novelesca comienza la noche del 4 de mayo de 1840. Cinco hombres intentan huir de Buenos Aires, para incorporarse al ejército libertador que se está formando en la Banda Oriental. Una ballenera debe esperarlos; pero, engañados y delatados por el guía, son asaltados por una partida de jinetes de la policía de Rosas. De los cinco, cuatro caen muertos en la lucha; uno, Eduardo Belgrano, alejándose del grupo, se defiende valientemente con la espada y cuando, malherido, está a punto de ser degollado, lo salva la providencial llegada de un nuevo personaje, Daniel Bello.


José Mármol

Éste lleva al herido a casa de Amalia, prima de Daniel. Amalia, natural de Tucumán, vive en una quinta apartada de la ciudad, cerca de la barranca donde se produjo la tragedia. Tiene poco más de veinte años, es viuda, rica, hermosa, inteligente y lee a Lamartine. Belgrano, sobrino del ilustre general de la Independencia, es joven, apuesto, culto, y traduce versos ingleses. Daniel Bello, también apuesto y elegante e hijo de un amigo de Rosas, está relacionado con todas las personas allegadas al tirano, a quien aborrece, pero del que se finge, para sus fines, adicto fervoroso. Espíritu travieso y alma generosa, es el "deus ex-machina" de la intriga, el que mueve todos los hilos y resuelve todas las dificultades, con astucia y valor extraordinarios, sacrificando escrúpulos.

Entre Amalia y Eduardo Belgrano, refugiado en la quinta, nace durante la convalecencia un amor apasionado y puro. Descubierto el paradero de Eduardo por la sagacidad de la cuñada de Rosas, María Josefa (mujer perversa que recibe las delaciones de la servidumbre de la ciudad), empiezan las zozobras de los dos amantes, a través de gran variedad de episodios en que el ingenio de Bello consigue desviar momentáneamente las sospechas que se ciernen sobre Belgrano y Amalia.

Los sucesos imaginarios se mezclan con acontecimientos reales, los personajes inventados con los históricos. Aparecen así el tirano y su círculo familiar, el ministro Arana, de Relaciones Exteriores, la ya nombrada María Josefa Ezcurra, el ministro inglés Mandeville, el sabio y abnegado médico Diego Alcorta, el sanguinario comandante Cuitiño (fusilado después de la caída del tirano), o Nicolás Mariño, gacetillero de Rosas y siniestro jefe del cuerpo de serenos, a quien el novelista finge poseído de una torpe pasión por Amalia. Y otros personajes como Salomón (bárbaro presidente de la Sociedad Popular Restauradora, más conocida por la Mazorca), el jefe de policía Victorica, y otros figuras de Buenos Aires y de Montevideo cuyo nombre está vinculado a aquella época.

Especial indulgencia muestra el autor por la bella hermana de Rosas, Agustina, joven esposa del general Mansilla, y muy particularmente por la hija del tirano, Manuelita. Ha sido el novelista uno de los que más han contribuido a rodearla de la legendaria fama de bondad, sacrificada a los caprichos del padre, de que ella goza todavía. Entre los personajes inventados, los principales son Florencia, novia de Bello, y dos figuras de abultados rasgos cómicos: doña Marcelina, una tercera, y don Cándido, viejo maestro de primeras letras, enfático y miedoso.

El autor hizo entrar en la ficción, disfrazados también, recuerdos de las vicisitudes personales pasadas antes de su destierro. El desenlace es trágico. En el mes de octubre, el terror se desencadena más violento que nunca sobre la ciudad, amenazando todos los hogares. Belgrano, después de encontrar cordial asilo en el consulado norteamericano, decide casarse con Amalia y fugarse la misma noche a Montevideo, donde se le reunirá su esposa.

Pero, celebrado secretamente el casamiento en la quinta, cuando está por partir, irrumpe en la casa una partida de mazorqueros; se entabla terrible lucha; muere el fiel y viejo criado de Amalia y muere Belgrano. En ese instante un anciano aparece gritando: "¡Alto, alto, en nombre del Restaurador!" Es el padre de Daniel. Su intervención suspende la lucha, pero Amalia ha doblado exánime la frente, quedando tendida junto al ensangrentado cadáver de su esposo, y Daniel ha caído también sin voz y sin fuerza en los brazos de su padre. El breve epílogo permite suponer que ni Amalia ni Daniel murieron esa noche.

La idealización romántica, exagerada, según las fórmulas de la escuela, en las prolijas descripciones y en los coloquios entre los dos amantes, se entrelaza con la crónica de costumbres; la escena trágica con el diálogo vivaz y con el apunte cómico y aun caricaturesco. Por su inspiración, Amalia deriva de las novelas folletinescas francesas entonces en boga; para los argentinos sigue siendo un documento, aunque parcial y polémico, sobre la tiranía de Rosas. A pesar de sus defectos de construcción, de estilo y de verdad psicológica en algunas situaciones, es un libro lleno de color, amenidad, interés, patetismo y emoción patriótica. Ha pasado con éxito al teatro y al cinematógrafo argentinos.

(fuente: http://www.biografiasyvidas.com/obra/amalia.htm)


COMBATE DE LAS PIEDRAS - 3 de septiembre de 1812                             

Manuel Belgrano.    

Manuel Belgrano

[...] La retaguardia había partido el 21 de agosto de Humahuaca y el 23 se encontraba en los arrabales de la ciudad de Jujuy. Desde allí marcharía cubriendo con sus guerrillas el "camino de Las Postas" hacia Campo Santo y luego por Cabeza del Buey enfilarían hacia Metán. Las tropas realistas al mando de los coroneles Llanos y Huici, asediaban permanentemente a la retaguardia, la que tenía ordenes de no comprometer un combate. Sin embargo, fueron alcanzados y se trabó un intenso tiroteo por ambos bandos. Reforzados los realistas pusieron en fuga la tropa patriota.

El Gral. Belgrano recibió la noticia el 3 de septiembre e inmediatamente hizo formar en batalla, con la colaboración de dos pequeñas piezas de artillería y contraatacó con dos columnas de infanterías a ordenes de los capitanes Carlos Forest y Miguel Aráoz; al centro formó la caballería al mando del Capitán Gregorio Aráoz de La Madrid; la reserva estaba a cargo de los Jefes Díaz Vélez y Juan Ramón Balcarce. Tras un breve pero intenso tiroteo los realistas huyeron tomándoseles 25 prisioneros, quedando 20 muertos en el campo. Este pequeño combate se conoce como "Combate de Las Piedras" y sirvió para levantar la moral de las tropas. El Coronel Huici que se había adelantado hasta la localidad de Trancas, cayó prisionero y fue de inmediato trasladado a Tucumán.

Gral.Gregorio A. de Lamadrid  

Gral.Lamadrid

Allí comenzaba a operarse el milagro. Un ejercito que volvía a sentir el orgullo de combatir bajo el mando de un jefe despojado de soberbia y conciente del sacrificio que la Revolución significaba para el pueblo. En el parte enviado a Buenos Aires se magnificaba el combate, sin ánimo de vanagloria, tan solo para infundir optimismo y recrear esperanzas. La idea de resistir iba tomando forma, pero la situación objetiva era extremadamente comprometida. Una nueva derrota, más allá de exponerlo al General a una grave sanción, dejaría las provincias del noroeste en manos enemigas, y ello, ponía en riesgo cierto al territorio. En comunicación al Gobierno le advertía:

"Vuestra Excelencia debe persuadirse que cuanto más nos alejemos más difícil ha de ser recuperar lo perdido, y también más trabajoso para contener la tropa sosteniendo la retirada con honor y no exponernos a una total dispersión y pérdida de esto que se llama ejército, pues debe saber cuanto cuesta y debe costar hacer una retirada con gente bisoña en la mayor parte hostilizada por el enemigo por dos días de diferencia". Mientras esto sucedía, ordenó abandonar el "Camino de Las Postas" para dirigirse por el "Camino de las Carretas" hacia Santiago del Estero y Córdoba. De esta forma seguía en cumplimiento de lo ordenado.

Tras consultar con sus oficiales y evaluar las posibilidades, el Gral. Belgrano le ordenó al Cnel. Juan Ramón Balcarce adelantarse hasta la ciudad de San Miguel de Tucumán y proceder a organizar su defensa. Todos estaban dispuestos a defender la posición hasta las últimas consecuencias. De proseguir la marcha la deserción, el desánimo y la insubordinación hubieran cundido. Por ello el Gral. Belgrano había enviado despachos a Buenos Aires considerando tal posibilidad, recibiendo las contestaciones siempre del mismo tenor: continuar con la retirada.
----------------------

Fuente: - Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina - Bartolomé Mitre. Ediciones Estrada. Tomo II. (http://www.lagazeta.com.ar/laspiedras.htm)

 

Daniel Schávelzon*

 

Europa y América Latina han formado, desde que la primera descubrió a la segunda, un duo conflictivo. América Latina ha tejido una historia simbiótica de dependencia, con el beneplácito europeo, que hasta el día de hoy sólo ha sufrido muy leves modificaciones. En la arquitectura se vivió idéntica situación: del otro lado del océano se gestaron los grandes modelos formales y funcionales que caracterizaron permanentemente nuestra arquitectura, y también allí mandamos nuestros edificios, para que los admirara el “viejo mundo”. Los pabellones que los países de nuestro continente erigieron en la gran exposición universal de París, muestran precisamente lo que éramos y lo que aspirábamos ser.

No es necesario hablar demasiado de esa exposición: simplemente con tener en cuenta la Torre Eiffel, símbolo central del acontecimiento, y la gran Sala de Máquinas, construida por Dutert, se tiene la pauta de su alcance y envergadura. Europa jugaba su prestigio; la gran industria del capitalismo central se mostraba en todo su esplendor, y América Latina no podía estar ausente, aunque, lógicamente, con sus limitaciones. Sin competir, sin lucirse demasiado, sin pretensiones grandilocuentes: somos un continente marginado, y eso se hizo evidente con lo que expusimos. Medianos edificios que albergaron muestras de materias primas y algunas curiosidades. Nada de arte, nada de tecnología. Eso estaba reservado para Estados Unidos, Francia, Inglaterra y los otros grandes del mundo.

Prácticamente todos los países latinoamericanos expusieron algo, en pabellones o vitrinas, agrupados cerca de los pilares de la Torre Eiffel y dispersos aquí y allá, sin un orden demasiado claro, en contraposición con los países europeos que se ubicaron a la orilla del Sena. Pero los jardines estuvieron bien ornamentados, y en los sitios de descanso ondearon banderas multicolores.

Quisiera destacar alguno de los pabellones por sus particularidades constructivas o decorativas. Los tres edificios que en aquel momento recibieron los mayores elogios fueron los de Argentina, Brasil y México, seguidos de los de Nicaragua, Chile y Venezuela. En tercer lugar, según la crítica del momento, estuvieron Ecuador, Bolivia, Guatemala y Uruguay. Los demás países, Paraguay, Costa Rica, Perú, El Salvador y Santo Domingo pasaron prácticamente desapercibidos. Honduras y Haiti sólo estuvieron representados por sendos escaparates o vitrinas con productos típicos de sus diferentes regiones. Recordemos que, salvo una excepción (México) todos los pabellones fueron construidos por arquitectos franceses.

El pabellón argentino fue obra de dos arquitectos de prestigio: Ballu y Chancel, y colaboraron con ellos doce artistas y un escultor para el trabajo de las fachadas y las decoraciones. No sólo fue el más importante en cuanto a costo y dimensiones, sino también el más aceptado por el gusto finisecular de la Exposición. Construido en hierro, con grandes paños de vidrios emplomados y coloreados, mosaicos policromos e importantes grupos escultóricos, presentaba la novedad de estar recubierto exteriormente por novecientas lámparas eléctricas, que al encenderse por las noches daban un aspecto único al edificio americano. De porte majestuoso, se levantaba airoso sobre un basamento con escaleras al frente, sobre las que el gigantesco pórtico de acceso remarcaba el eje de simetría del conjunto. Su interior constaba de dos pisos; los balcones del piso superior se proyectaban hacia el exterior, dándole movimiento a la fachada principal. Los grupos de esculturas ejecutados por Hughes, Barrais y Roll fueron magníficos, a tal grado que cuando el edificio se trasladó a Buenos Aires, fueron lo único que se conservó, y se los puede ver aún en diferentes sitios de la ciudad (1). Las dimensiones de su planta fueron de 65 metros por 16, con una altura de 30 metros y cinco cúpulas en la cubierta. En su interior se exhibieron los llamados frutos del país: carne congelada, mármoles, cueros y pieles, maderas, hierro y otros minerales, vinos, maíz, lino y trigo. Y algo más que causó estupor: ¡un cuadro comparativo del crecimiento poblacional de la ciudad de La Plata, fundada en 1882, y que para 1889 contaba con 50.000 habitantes!

 

 

Pabellón Argentino

Pabellón Argentino

El segundo gran edificio que mucho llamó la atención fue el de Brasil. François Dervy, en aquel entonces, lo describió así:

“Un pabellón bastante importante, pero desprovisto de todo estilo nacional. Construido por M. Dauvergne, arquitecto parisiense, tiene, si se quiere, cierta conexión con el antiguo estilo español. Es un cuerno de edificio con anchas ventanas rodeadas de azulejos, flanqueado de proas y estatuas que figuran los ríos del Brasil; dominado a la izquierda por una torre cuadrada muy alta que remata en una linterna y terminado a la derecha en un globo terráqueo, emblema oficial del Imperio” (2).

Al igual que en otros casos fue muy alabado el jardín que lo rodeaba, que quizás fuera lo mejor del pabellón. Hay que tener en mente que en Europa, la jardinería decimonónica era todo un arte. Dijo Dervy: “El pabellón brasileño está rodeado de un jardín lleno de flores exquisitas, con lindas grutas alfombradas de plantas exóticas , y la estufa más preciosa del mundo, orgullosa de sus palmeras, plátanos gigantescos y vistosas orquídeas”. Todo esto estuvo complementado con un estanque caldeado para que pudieran crecer en él plantas acuáticas tropicales (3), y que estaba cubierto por un invernadero de hierro y vidrio. En total fueron 400 metros cuadrados de construcción, más otros 800 de jardín.

Pabellón de Brasil

 

El pabellón más importante para la historia de la arquitectura de América Latina fue el de México. En su momento llamó la atención por sus rasgos “prehispánicos”, pero hoy se lo entiende como el mayor exponente de una corriente neoprehispánica que quiso rescatar y reutilizar los modelos formales del pasado para construir una verdadera arquitectura nacionalista. El intento fue importante y no se trató de un hecho aislado, puesto que formó parte de todo un movimiento mexicano que caracterizó los años de 1880 a 1910 (4).

El edificio constaba de un gran grupo central, formado por un alto basamento con su escalinata central, un pórtico sostenido por atlantes, una gran cornisa y la ornamentación que al igual que todo el pabellón, estaba basada en fragmentos de arquitecturas precolombinas. Dos alas laterales con ventanas altas completaban la construcción, que encerraba dos pisos por dentro con un gran patio central. En medio de dicho patio, una escalera doble permitía la circulación entre ambos pisos. Fue proyectado y construido por Antonio Peñafiel (5) y Antonio M. Anza, ambos interesados desde hacía tiempo en la arqueología. Habían resultado ganadores de un sonado concurso al cual se presentaron numerosos proyectos dentro de esa corriente estilística (6).

En realidad, al ver las fotografías existentes de este gran pabellón, vemos que la intención de reconstruir la arquitectura del pasado fracasó. En realidad se trató de un intento de hacer arquitectura nacional, pero para una élite. Fueron los proyectistas iluminados, quienes viendo más allá del presente, quisieron jugar un rol de ideólogos sociales, planteando las formas que debería tener un arte (porque todo esto se extendió a la pintura, la escultura, el teatro y la literatura) que representara de verdad a México (7).

Pabellón de México

Pabellón de México

 

Luego de describir estos llamativos pabellones, que representaban a los tres países más fuertes de América Latina, quisiera referirme a uno pequeño, pero que al igual que el de México, significó una búsqueda interesante y quizás más valiosa que la de otros edificios más imponentes o lujosos: se trata del pabellón de Ecuador. Ubicada junto al pilar sur de la Torre Eiffel, lo que le confería un aspecto de pigmea, se levantó una construcción sólida, casi cúbica, con una gran puerta central y pequeñas aberturas verticales estilizadas. Se buscaba reproducir un antiguo templo inca, lo cual no se logró, pero de todas formas significó una experiencia valiosa para la época. Realizada por el arquitecto M. Chédanne, en lo que se dio en llamar “style hieroglyphique”, fue de muy marcado eclecticismo. Tenía sobre la puerta una copia del tablero superior de la Puerta de Tiahuanaco (Bolivia), un relieve bajo la cornisa característico de Chan-Chan (Perú), y frente a la fachada seis “sillas manteñas” (Ecuador). Estas sillas, reproducidas a partir de esas tipicas esculturas prehispánicas de la provincia costeña de Manabí, fueron lo único verdaderamente ecuatoriano y original. Los remates del techo, en forma de almenas, fueron realmente fruto de la frondosa imaginación del arquitecto que hizo el proyecto (8).

Este pequeño edificio significó un aporte interesante de nuestro continente a ese monumento al eclecticismo que fue en su conjunto, toda la exposición. Quizá fue menos vistoso, aunque arquitectónicamente más interesante, que el pabellón que Ecuador hizo construir para la siguiente exposición en París en el año 1900 (9). En su interior hubo una nota simpática: algún ecuatoriano patriota, disgustado por el aspecto de miniatura del pabellón de su país, escribió en la pared: “la ciudad de Quito, situada a 3000 metros de altura, es diez veces más alta que la Torre Eiffel”.

Pabellón de Ecuador.

Pabellón de Ecuador.

El edificio que Chile construyó fue, en cambio, de gran envergadura, pero fue duramente criticado por la poca cantidad de objetos expuestos en su interior. Construido en acero y hormigón armado, estaba decorado con grandes ventanales, vistosos mosaicos policromados, banderas y balcones. Desde sus inicios se lo construyó pensando en trasladarlo a Santiago, para que formara parte de la Quinta Normal como museo. Como caso raro, se expusieron libros y cuadros, además de productos tradicionales. Al edificio se lo definió como un “bátiment rustique” (10).

 

Pabellón de Chile

La muestra de Bolivia fue instalada en una construcción llamativa pero totalmente provisional, realizada en madera y yeso, pintada de vivos colores y decorada con vistosas cornisas, torres y ornamentos de escayola. Al frente, un pequeño pórtico sostenido por columnas salomónicas daban el toque “colonial”. Por detrás, la salida tenía la forma del tunel de una mina de plata. En el interior, lo que más llamó la atención fue la escalera, también realizada con columnas barrocas de madera, todo ello obra del arquitecto francés P. Fouquian.

Pabellón de Bolivia

Pabellón de Bolivia

Otra construcción de tamaño mediano fue la de Venezuela, realizada en una mezcla de neocolonial abarrocado, con algún rasgo francés y detalles de otros varios estilos, totalmente pintada de blanco en el exterior y con una planta de 450 metros cuadrados. Alexander Georget la describió así:

Los Estados Unidos de Venezuela han instalado sus productos en un bonito pabellón barroco de estilo Luis XV, que descuella por su deslumbradora blancura entre 1as construcciones solidas y multicolores que lo rodean. Sin duda para romper esta unidad de coloración su arquitecto, Monsieur Paulin, ha levantado una pequeña galería con los colores nacionales, amarillo, encarnado y azul, adosada a su pabellón y en la cual se han colocado minerales de oro del Estado de Yuruary, en donde seis compañías explotan los terreno auríferos. De estas compañías las más rica son las tituladas del “Callao” y del “Callao bis”; un diagrama dorado, pirámide deslumbradora, figura su producción de 1871 a 1888 o sea 120 millones de francos.Muy cerca de allí, varios cráneos humanos de diferentes tipos de las tribus indias de las orillas del Orinoco guarnecen los escaparates de una salita estrecha, en la que se ve también un modelo de necrópolis neo-colombiana, un sarcófago de corteza, armas, pagaya o remos de indios guahibos, y hasta una corona de uñas de jaguar.

El centro del pabellón, con sus hamacas colgadas, es agradable de ver. Allí, junto a cacaos y cafés, hay maderas magníficas, azúcar de caña que parece exquisita, un plano en relieve del puerto de la Guaira, y dominándolo todo un modelo de la estatua erigida a Bolivar en el campo de batalla de Boyacá (11).

Pabellón de Venezuela

Pabellón de Venezuela

El pabellón de Nicaragua, realizado por Monsieur Sauvestre fue casi totalmente hecho de madera, con unos extraños techos cupuliformes rodeados de balaustradas y una escalera exterior que reproduce, a escala, la del castillo de Blois. El de Guatemala en cambio, diseñado por el arquitecto francés Gridaine, es un chalet mucho más sobrio y en el cual, el trabajo de carpintería se destaca por su calidad. El de Paraguay llamó la atención por estar formado de tres estructuras independientes pero unidas entre sí, superpuestas y fácilmente desarmables, y un alto mirador adosado a un lado. Su exhibición de trabajos de ñanduty causó estupor entre las damas europeas. Fue construido por Monsieur Moreau. El pabellón de Perú fue obra de René Sergent, que ya era famoso en América Latina.

Los demás pabellones, esto es, los de Uruguay, Costa Rica, Santo Domingo y El Salvador fueron obras pequeñas, casitas en su mayoría con tejas o balcones, Honduras y Haití sólo presentaron muestras en vidrieras a los lados del camino de entrada a la sección de los países extranjeros. El de El Salvador, construido por Monsieur Lequeux tuvo su llamativo toque exótico, donde no faltó lo morisco, lo colonial y los jeroglíficos mayas, todo ello en una planta de 104 metros cuadrados

Pabellón de Guatemala

Pabellón de Nicaragua

Pabellón de Nicaragua

 

Al margen de las exhibiciones oficiales de los países ya citados, Francia realizó, a través de su máximo arquitecto Charles Garnier -quien entre otras cosas había construido la Opera de París- , una muestra de casas históricas. Basándose en el libro de Eugène Viollet-le-Duc, Histoire de l’ habitation humaine, se hicieron réplicas de cada una de las viviendas de los pueblos antiguos del mundo. Infaltables fueron las casas mayas, aztecas e incas (12).

Es interesante observar que el conocimiento que los arquitectos e historiadores de la época tenían sobre las antigüedades americanas era reducido, y a veces incluso confuso. La casa azteca tenía un techo maya, y la casa maya un techo irreconocible. Es evidente que Garnier se basó en algunos libros disponibles en Francia en ese momento, como los de Désiré Charnay, Viollet-le-Duc, la Comisión Científica Francesa, el Conde Waldeck o John Lloyd Stephens, para sacar de todos ellos un potpourri en el cual campea gloriosa la fantasía. Un caso similar al de los pabellones de Ecador y México, de los que ya se habló.

De todas formas es notable que se hayan hecho viviendas, porque hasta ese entonces lo habitual era darle importancia solamente a las pirámides, templos y palacios, dejando de lado a la casa indígena. Aunque estas no fueron fiel reflejo de las reales, por lo menos evidencian una buena intención y nos ubican en la realidad de la visión del mundo prehispánico que imperaba en Europa durante el siglo XIX(13).

Pabellones de casas Incas y Mayas

Pabellones de casas Incas y Mayas

 

*Artículo publicado en la revista DANA, Documentos de Arquitectura Nacional y Americana, número 18, correspondiente al mes de diciembre de 1984, pps. 65 a 70, del Instituto Argentino de Investigaciones en Historia de la Arquitectura, ISSN 0326-8640, Resistencia (provincia de Chaco), República Argentina.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------

NOTAS

(1) Federico Ortiz y otros, La arquitectura del liberalismo en la Argentina, Sudamericana, Bueno Aires, 1968.
(2) Francois Derby, “Brasil”, Revista de la Exposición Internacional de París, Montaner y Simon, Barcelona, 1889.
(3) Idem, pág. 521.
(4) Daniel Schávelzon (coordinador), La polémica del arte nacional en México (antología), en prensa Fondo de Cultura Económica, México, 1983. En esta antología se incluyeron las descripciones de la época de este pabellón y las críticas postriores.
(5) Antonio Peñafiel, Explicación del edificio mexicano para la Exposición Internacional de París, México, 1889. Peñafiel fue un médico prestigiado que escribió gran cantidad de libros y artículos sobre arqueología mexicana durante el cambio de siglo.
(6) Manuel F. Alvarez, Las ruinas de Mitla y la arquitectura nacional, México, 1900.
(7) Ver nota 4.
(8) Daniel Schávelzon, Arquitectura y arqueología del Ecuador prehispánico, UNAM, México, 1981.
(9) Daniel Schávelzon, “El Pabellón de Ecuador en la Exposición Internacional de París 1900″, DANA No 11, pp. 57-58, Resistencia, 1981.
(10) Guide Illustrée de l’ Exposition Universelle de 1889, L. Danel, Paris, 1889; cita pág. 128.
(11) Alexander Georget, “Los pabellones de los nuevos mundos”, Revista de la Exposición Internacional de París, Montaner y Simón, Barcelona 1889, pags. 513-520.
(12) Eugéne Viollet-le-Duc, Histoire de l’ habitation humain depuis les temps préshistoriques jusqu´ a nos jours, Hetzel et Cie., Paris, 1884.
(13) Daniel Schávelzon, ”Viollet-le-Duc and the European vision of Maya archaeology during the XIX th. Century”

---------------------------------------------------------------------------------------------------------

(http://www.danielschavelzon.com.ar/?p=1032 )

 

La celebración de San Gil, los 1 de setiembre, congrega a miles de fieles promesantes de toda la provincia que se dan cita Sacha Pozo, norte del departamento Banda, para rendirle homenaje, tomar gracia y dar rienda suelta a su ánimo festivo. El patrono de los pobres y de los agricultores es llevado una semana antes a Santiago, en una peregrinación a pie y de a caballo que pasa por numerosos pequeños poblados, cuya gente espera la imagen con devoción y recogimiento.

San Egidio, san Gilberto o san Gil abad (636-720) significa “El Protegido o Defendido” en latín; o “cabrito” en griego. Conocido por su bondad y popularidad. Fue un ermitaño de origen griego que vivió entre los siglos VI y VII. Algunas leyendas piadosas lo consideraban un rico heredero emigrado de Marsella y establecido como anacoreta en un bosque, en la desembocadura del río Ródano. Con el tiempo edificó un monasterio. De Francia la devoción pasó a España y luego llega a América del Sur. Es considerado el patrono de mendigos, pastores y enfermos de cáncer.

San Gil fue siempre conocido por su popularidad y bondad. Durante la Edad Media y como consecuencia de los milagros brindados fue llamado el Abogado de los pecadores, por haber ayudado en su conversión al Rey Carlos; Protector de pobres, tullidos, arqueros, por haber sido herido por una flecha; Abogado contra el miedo y el íncubo, por ayudar a una cierva en peligro; y Defensor contra las enfermedades del cáncer y la epilepsia, llamada “mal de San Gil”. Se le consideró uno de los “14 santos auxiliares”. Se le representa como anacoreta, con varios atributos: cierva, lirio, flecha clavada en el brazo, dos puertas (regalo del Papa a su monasterio) y un mensaje celeste en una filacteria por haber descubierto un pecado oculto del Rey Carlos y hacérselo confesar.

La celebración en honor de nuestro Señor de San Gil se realiza los 1 de setiembre de cada año en Sacha Pozo, departamento Banda y es encabezada por la familia Hoyos de Cobacho.Esta manifestación popular y religiosa cuenta con más de cien años de antecedentes en nuestra provincia. Sus características son tan trascendentes que la fiesta fue declarada, el 4 de octubre del 2005, como de interés municipal por los ediles bandeños. El 24 de Agosto por la noche comienza el “velatorio del Santo”; los fieles o promesantes se acercan a la casa de la familia Hoyos de Cobacho para prepararse para la peregrinación del día siguiente (25 de agosto) que los llevará hacia la capital, distante unos 40 kilómetros de la parroquia de San Francisco, en Santiago del Estero, que espera la llegada de la imagen religiosa junto con miles de promesantes que se fueron sumando a lo largo de todo el camino recorrido a pie. Luego de pasar la noche en la iglesia de San Francisco, el 26 de agosto se celebra una misa y sale nuevamente San Gil para comenzar su camino de regreso a Sacha Pozo.

El 1 de setiembre San Gil recibe a sus devotos en la casa de la familia Hoyos, depositaria del Santo. La fiesta en su honor comienza a las 6 de la mañana con el sonido estruendoso de bombas, mientras predio de la familia se transforma paulatinamente en una feria donde se venden los más diversos productos. A las 4 de la tarde se efectúa una misa en honor del Santo, y a las 5 una corta procesión. Los festejos continúan hasta el 2 de setiembre a las 6 de mañana cuando las bombas dan por culminado los festejos.

(fuente: http://turismosantiago.gob.ar )

 

Extractos de sobre el nombre de la ciudad de Santa Fe de la vera Cruz


Por Prof. Catalina Pistone

(http://www.santafe.gob.ar/actascabildo/default/fundacion)

 

"Juan de Garay el 15 de noviembre de 1573, funda oficialmente la ciudad de Santa Fe. Aquel 15 de noviembre era domingo y al enarbolar el pendón real (que representaba en ese momento al rey) junto al tronco de árbol que simbolizaba el rollo de la Justicia. Juan de Garay cortó hierbas, dio mandobles en el aire con su espada y rayó la tierra en señal de dominio, tomando posesión en nombre del rey, mientras el Escribano Pedro de Espinosa daba fe del establecimiento de la ciudad, a la que se le asignaban los límites jurisdiccionales que comprendían las actuales provincias de Santa Fe, Entre Ríos, parte de Corrientes, de Brasil y del Uruguay, y nombraba, asimismo, las primeras autoridades del Cabildo."

 

Supuesto retrato de Juan de Garay

 

 

Supuesto retrato de Juan de Garay

"Había delineado Juan de Garay la planta urbana a "regla y cordel" y repartido la tierra entre los pobladores, asignándoles solares para las casas de los vecinos y las cuadras para quintas y dehezas, además de chacras y estancias, según el "pergamino" que tenía hecho de antemano. Y colocó bajo la advocación de "Todos los Santos" a la Iglesia Mayor." "La primera niña que nació "viniendo a estas conquistas" fue Isabel González, cuya madre vino en la escuadra de Ortiz de Zárate, ese mismo año de 1573. Ella fue la primera mujer santafesina, que con el correr de los años será la madre del Licenciado y Cura de Naturales, Antonio Tomás de Santuchos, de acuerdo con sus propias declaraciones."

Al estudiar detenidamente las Actas Capitulares de Santa Fe nos encontramos con que desde el 2 de mayo de 1575 hasta el 22 junio de 1576, anota el Escribano de Cabildo: "En la ciudad de Santa Fe de estas provincias de la Nueva Vizcaya"; y en 1577, desde el 17 de octubre hasta el 13 de diciembre, dice: "En la ciudad de Santa Fe del Río de la Plata nuevamente intitulada de la Nueva Vizcaya". Esta denominación es atribuible, naturalmente, a un vizcaíno. Debemos recordar que el Adelantado Juan Ortíz de Zárate lo era y bien pudo sugerir que a estas tierras se las denominara "de la Nueva Vizcaya".

Acta de fundación de Santa Fe

 

 

Fotografía del acta de fundación que posee el archivo de la provincia.

Con el aditamento de Santa Fe de Luyando aparece del 21 de octubre de 1576 hasta el 15 de marzo de 1577, y reaparece el 21 de mayo y el 17 de junio de 1578. Suponemos que ello fuera idea del Gobernador Diego Ortíz de Zárate Mendieta, sobrino del Adelantado, que gobernó en ausencia del tío entre los años 1576 y 1577. Cuando retomó al cargo el Tte. Gobernador Juan de Garay, puso las cosas en su lugar, llamándola a Santa Fe por su nombre, y al estuario, Río de la Plata.

Tanto los nombres "de la Nueva Vizcaya" y "Santa Fe de Luyando" fueron efímeros y al poco tiempo nadie los recordaría. La vida en Santa Fe, en los primeros años, fue dura y precaria; la principal preocupación fueron la provisión de víveres necesarios par la subsistencia. La moneda principal era el lienzo de algodón, a falta de la de metal, que se llamó "moneda de la tierra" y sirvió como patrón para tasar todos los materiales y obras artesanales de distintas especies y facturas.

Ochenta años duró la ciudad en el sitio viejo, en Cayastá. Los intereses comerciales, en primer término, el avance del río y los ataques continuados de los indios, motivaron el traslado. Y basados en el Acta de Fundación, donde Juan de Garay dejó planteada dicha posibilidad, pues el lugar que había elegido para la ciudad no era de su total convencimiento, como ya dijimos, Santa Fe se mudó a su actual emplazamiento, en el Rincón de la Estancia de don Juan de Lencinas, en el "Pago de la Vera Cruz". La mudanza fue larga y costosa. Diez años estuvieron los vecinos para trasladarse (1550-1560). Reacios al principio y convencidos luego, comenzaron el éxodo y poco a poco se fueron instalando en la nueva urbe, de tal modo que ninguno perdió sus derechos y a cada cual se le dio la tierra necesaria, igual a la que poseía en la ciudad vieja, y hasta en el repartimiento se les señaló la misma ubicación. El Cabildo se instaló el 3 de abril de 1660.

Santa Fe la Vieja quedará allá en Cayastá, hasta hace poco cubierta por la tierra y la espesura, "con el puñal del árbol -al decir del poeta- clavado en el pecho". Dormida estuvo Santa Fe la Vieja, esperando que el pico y la azada de D. Agustín Zapata Gollán la exhumaran en 1949 y volver a murmurar, entre el viento y las sombras, el arrullo de las aguas del San Javier, su nombre glorioso de ser la primera ciudad hispanoamericana fundada en el Río de la Plata, por el gran vizcaíno, Juan de Garay.

 

User Login