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SANTIAGO DEL ESTERO Y EL NOA,

 de la centralidad regional al puro límite (1550 – 1930)

 

 

 (…a quince años de su producción….2002-2017)

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La imagen verídica de Santiago

sería la de una persona con los brazos extendidos hacia algo que se venía derecho,

pero que luego resultaba pasando de largo.

 

Bernardo Canal Feijóo

 

 

María Cecilia Rossi

Universidad Nacional de Santiago del Estero

 Evaluadora: Dra. Noemí Girbal

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INDICE

 

  1. 1.Fundamentación.

 

  1. 2.Tratamiento teórico-metodológico de la problemática regional.

2.1.  Antecedentes de la problemática de los estudios regionales en el NOA.

 

  1. 3.Santiago del Estero y el NOA colonial.
  2.  

3.1.  Las fundaciones. El Tucumán como proyecto político-administrativo español. La “Madre de Ciudades”.

3.2.  Santiago del Estero y el Tucumán colonial. Producciones  Reestructuraciones borbónicas.  Circuitos económicos. Dependencia.

 

  1. 4.La provincia como unidad de análisis:
  2.  

4.1.  El Ibarrismo.

4.2.  El Taboadismo.

 

  1. 5.La industria azucarera tucumana en el marco del Estado oligárquico argentino.
  2.  

Azúcar y obraje en Santiago del Estero. Fracaso de establecer un polo de desarrollo santiagueño.

  1. 6.Consideraciones finales.

 

  1. 7.Bibliografía.

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A quince años de su producción…

 

Efectivamente. Este texto que ustedes van a leer, fue escrito en el año 2002…hace mucho tiempo… y nunca lo publiqué. Razones? Vaya a saber? Porque en realidad, fue un texto de uso cotidiano para mis estudiantes en la universidad, al que cuando comiencen a leer podrán reconocer rápidamente.

Después de mucho pensar si valía la pena su publicación, y de varias lecturas a un texto que consideraba “antiguo”, tal vez erróneamente, tal vez no, hoy decido darlo a conocer. Sin realizarle ninguna clase de arreglos, ni semánticos, ni conceptuales, ni siquiera ortográficos. Así lo escribí. Así está…bueno, no…le agregué algunas imágenes como ilustración.

Entiendo que quienes me leen tiene el derecho de saber cuál fue el cuerpo de preocupaciones básicas que orientó todo mi trabajo posterior que fui perfeccionando; las lecturas que fui ajustando al abrevar en nuevos autores; algunas cuestiones que me parecieron más que interesantes y las fui sosteniendo y profundizando. Me orientó en afanosas búsquedas documentales que me llevaron hacia extraordinarios resultados. Me permití apropiarme con mayor solidez de los conceptos que en sucesivos trabajos desarrollé. Y mucho intercambio con colegas de distintas universidades a los que les estaré infinitamente agradecida por sus lecturas, sus aportes, sus horas dedicadas.

Porque, finalmente, un historiador, en tanto escritor de historias, trabaja su oficio con mucha paciencia, como el panadero amasa su buen pan, con mucha perseverancia, con tiempo, aceptando sus errores y enmendándolos para seguir en camino, reafirmando aquellas cuestiones que aparecen desde los comienzos como más sólidas. Y continúa sin descanso. Y estas cuestiones, que hacen al oficio de historiar, y que los sociólogos llaman la cocina…y yo le agrego…. del autor, son las que nos constituyen en nuestra actualidad. Somos los que somos porque fuimos lo que fuimos.

Esa fue mi gran decisión con este trabajo.

Rescaten lo que hay que rescatar y sean bondadosos con el resto. Para eso paran los años y la profesionalización.

María Cecilia Rossi

Santiago del Estero, enero de 2017

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FUNDAMENTACIÓN DE LA PROPUESTA DE TRABAJO

 

Cuando comenzamos a escribir este texto, pensamos que por sobre los diferentes orígenes de los trabajos de investigación, en general resultan de la búsqueda de respuestas a determinadas hipótesis, ya se trate de problemáticas novedosas, de perspectivas diferentes o de hallar nuevas respuestas de clásicos problemas pero desde otras líneas metodológicas. Pero advertíamos como también subyacen motivos profundos, movilizadores, a veces de tales dimensiones que no logran satisfacción en el acotado marco de una investigación. Y así dinamizan una y otra, y otra más, siempre en la búsqueda de respuestas que dejan finales abiertos.

 ¿Qué buscamos?  Algunas respuestas que nos permitan explicar las razones de la dramática postración de Santiago del Estero –cualquiera sea el índice valorativo seleccionado- y un permanecer o perdurar de una sociedad anómica y desmovilizada, en un territorio donde señorea el clientelismo, el populismo escenifica movilizaciones populares que recrean los años ’40, una conducción política bifronte organiza la realidad desde el discurso metamorfoseando visualmente una marginalidad humillante, el 54% de padrón electoral es lisa y llanamente analfabeto y la educación es la más aceitada máquina reproductiva de las condiciones socioeconómicas. Esto, en el marco de una región que batalla, aunque desde relaciones asimétricas de poder, por contrarrestar las situaciones de adversidad por las que atraviesan las economías regionales argentinas.

 Estamos convencidos que las razones del presente hay que buscarlas en el pasado. Y no es esta para nosotros una búsqueda reciente. Pero es necesario señalar, además, que hay una cuestión de singular importancia y que emerge con una fuerza tal que nos impele a su abordaje. Y es advertir que el marco de la provincia, en el que por otra parte vinimos desarrollando todas nuestras anteriores investigaciones, limita sustancialmente el análisis y que la cuestión provincial debe ser superada porque solo cobra sentido en el marco mayor de la “cuestión regional”, que la contiene, le da sentido y la llena de contenidos significativos.

 El Tucumán, provincia del Tucumán, el Norte, el NOA, son variantes que se fueron acuñando a los largo de casi quinientos años del nombre de una región que se ubica en el ángulo noreste de la actual República Argentina. Ciudad del Barco y Ciudad del Nuevo Maestrazgo de Santiago del Estero, son las variantes respectivas de la primera fundación española que logró sobrevivir los conflictivos primeros años del asentamiento blanco en el mismo territorio. Diversos estudios coinciden en señalar que el NOA es la región argentina de mayor autenticidad por su “fisonomía históricocultural” y en ella comenzó el poblamiento territorial español a mediados del siglo XVI estableciendo una red de ciudades que se constituyeron en los ejes político-económicos de la llamada “matriz político-social de la Argentina” (Bazán, 1988).

 

 Conceptualizando al NOA como una región polarizada, en el presente trabajo nos proponemos abordar desde la historia social con una fuerte apoyatura en la perspectiva económica, algunas cuestiones que consideramos relevantes del funcionamiento de Santiago del Estero en el marco regional, las diferentes modalidades que adoptó el proceso desde sus históricos orígenes y marcar las instancias que se fueron dando en relación a la construcción nacional en un doble movimiento: ciudad–región y ciudad–nación. Es decir que nos paramos en Santiago del Estero en un intento de repensar lo micro desde lo macro y procurando ver como opera la única ciudad histórica que sobrevivió al primer poblamiento español del Tucumán, la única ciudad argentina que tuvo escudo real y que tiene presente un mítico pasado histórico como “Madre de Ciudades”, en el marco de la región de la que Canal Feijóo dijera “no hay en el grandioso país argentino región tan histológicamente integrada y unificada por encima o por debajo de los límites interiores formales o convencionales, como ésta del Norte”. Región que sufrió una fuerte segmentación en su dinámica, en opinión de Campi, a partir de la industrialización en gran escala del azúcar sobre finales del siglo XIX, determinando la existencia de en un antes y en un después del azúcar, con polarizaciones claras en Potosí y Buenos Aires/ Litoral.

 Pero en tanto consideramos que las micro-problemáticas requieren de una periodización particular, éste trabajo está organizado en tres segmentos presididos por un abordaje teórico-metodológico de la problemática regional. En un primer segmento plantearemos las relaciones fundacionales de Santiago del Estero, en tanto “madre de ciudades”, en el Tucumán y nos adentraremos en el largo espacio colonial y sus relaciones con el centro-polo potosino. En un segundo segmento la prioridad estará en analizar a la provincia como unidad menor de análisis (Chiaramonte) en el marco de una región que se reconfigura y pierde significación. Aquí tomaremos dos espacios constitutivos muy importantes para la historia santiagueña: el Ibarrismo y el Taboadismo como dos momentos diferentes del particularismo provincial, ambos recorridos por fuerte tensiones multidireccionales. Y por último, ya constituido el Estado Nacional como Estado oligárquico y capturado, abordaremos proceso de fragmentación espacial y marginalidad santiagueñas, con lo que llegaremos hasta los años treinta del presente siglo procurando también advertir como en este espacio temporal, las diferentes instancias de la construcción interoligárquica y la imposición de los intereses nacionales en Tucumán desplazan el polo regional del norte hacia esa provincia y marginan “por siempre” a Santiago del Estero. Provincia que no solamente nunca mostró intencionalidad política de crear un polo de desarrollo seriamente organizado, sino que en tanto fracasaban sistemáticamente los intentos de la clase dominante de incorporarse al proceso agroexportador como sus posibilidades de industrialización, estos mismos grupos optaron por la falsa industrialización de su única riqueza y no renovable a corto o mediano plazo, la forestal, que convirtió al territorio en un erial y a su población en masa marginal, “parias” en expresión de Di Lullo, creando las bases de su propia destrucción. Curiosamente, en la reapropiación que los santiagueños realizan de su espacio territorial resignifican su pertenencia a un mítico e histórico pasado norteño.

 El análisis que abordamos en ésta oportunidad aspira a tener un final abierto y seguramente nos deja con más preguntas que respuestas, quedaron muchos temas sin abordar, y existen investigaciones, textos y documentos que esperan por su lectura. Lejos de preocuparnos tal situación, aspiramos a ser una modesta contribución que de pie a futuras investigaciones que miren la problemática de la dinámica regional desde el estudio de casos y sea posible entonces abrir perspectivas novedosas e interesantes para el estudio de una región como el NOA tan llena de significados y de interrogantes.

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TRATAMIENTO TEÓRICO-METODOLÓGICO DE LA PROBLEMÁTICA REGIONAL

 

                          

Sobre el NOA como región

 

             Antecedentes de la problemática de los estudios regionales del NOA

,,

 

 TRATAMIENTO TEÓRICO-METODOLÓGICO DE LA

       PROBLEMÁTICA REGIONAL

En este apartado abordaremos brevemente el estudio de las diferentes perspectivas analíticas que han ido desarrollándose sobre la problemática de la región que nos permitan diferentes alternativas para analizar la dinámica del NOA a partir de la fundamentación.

 Advirtiendo sobre la complejidad y ambigüedad de los conceptos “región” y “cuestiones regionales” abordamos la perspectiva de Sergio Boisier (1993) quien relaciona lo regional con la forma de “la división social del trabajo” en el marco de “un proceso histórico, con agentes sociales concretos”. La región es un espacio geográfico en cuya configuración se articulan un conjunto de “factores sociales, naturales, históricos e institucionales, de voluntades y automatismos”. Atento a la capacidad humana de accionar tanto sobre la naturaleza como sobre el medio que lo rodea, la región es “supuesto” y es “resultado” particular de las diferentes formas de acumulación y acciones institucionales. En este sentido, la diferencias observables entre los diferentes espacios resultan del “proceso de desarrollo desigual y del alcance contradictorio que tiene la acumulación de capital en el territorio”.

 Además Boisier plantea que es un lugar común en las “cuestiones regionales” la espacialidad o territorialidad de relaciones de conflicto vinculando directamente las problemáticas a la existencia de las sociedades nacionales. Pero en tanto la institucionalidad precedió a la regionalidad en los países latinoamericanos desarrollado un conjunto de acciones deliberadas que permitieron organizar regiones desde una “racionalidad instrumental” sin la preexistencia de elementos que desde la historia, la sociología o la antropología permitan el “reconocimiento de pertenencias e identidades”, se refiere a regiones que “han nacido como objetos sin transformarse todavía en sujetos”.

 Boisier plantea tres tipos de regiones: las “pivotales”, las “asociativas” y las “virtuales”. De los tres grupos, a nosotros nos interesa el tratamiento de las “regiones pivotales” que son aquellas que mantienen un elevado tan alto nivel de autocontrucción social como deficitario en “su arquitectura política y administrativa”. Al momento de esquematizar sus propiedades dirá Boisier: las regiones pivotales tienen una configuración histórica, una estructura compleja, se autoconstruyen, tienen una planificación y un proyecto regional estratégica, de espacialidad continua, la motivación societal de autoafirmación, temporalidad permanente. De hecho se trata de “territorios organizados complejos identificables a escala de la división político administrativa histórica” que deben proyectarse como una unidad identitaria, reforzada y articulada con un “proyecto cultural” de su “hábitat regional”.

 También Jorge Balán relaciona el surgimiento de las cuestiones regionales con la formación de las sociedades nacionales latinoamericanas, las que si bien recorren caminos diversos, comparten algunas características comunes que repercutirán en las problemáticas regionales. Un ejemplo lo tenemos en el hecho de que los límites territoriales-administrativos surgieron en la colonia mientras que hacia el interior de estas naciones se mantuvieron los espacios político-administrativos ya existentes y fue un largo y conflictivo proceso el integrar a los grupos de poder asociados a estos espacios. Por otra parte, durante el neocolonialismo la integración de estos países en la economía capitalista internacional, se deriva en la formación de sociedades nacionales bajo condiciones externas tan diferenciadas como importantes cuyos ajustes generaron desequilibrios internos y “transformaciones políticas”. De todos modos, Balán sostiene que va a llegar un momento en que “la dimensión espacial de las relaciones sociopolíticas perderá mucha de su importancia como base para el surgimiento de conflictos”.

 Por su parte Héctor Capraro (1987) también considera que “la región es la expresión de la división del trabajo en la sociedad”. Por lo que las diferentes regiones de un espacio nacional deben ser entendidas como productos históricosociales. En una región se desarrollan relaciones sociales complejas y en tal sentido pensar en el espacio es aludir a un “campo de relaciones” de carácter social, en desequilibrio permanente por “tensiones y disfunciones” que le posibilitan adaptarse y lograr su propia dinámica.

 Considera que los estudios regionales tradicionales –descriptivos- acentúan el tratamiento de los “recursos naturales y la distribución del ingreso” sin abordar las particularidades regionales de inserción económica en el marco nacional y cómo la estructura económica nacional influye en la regional. Restando importancia al trabajo eliminan la faz eminentemente social y el conjunto de relaciones sociales. La “especialización productiva” se asocia a la posibilidad de producir ciertas “mercancías” en las mejores condiciones y/o relevar la situación ventajosa para utilizar determinados “recursos naturales o sociales”. Capraro retoma a Lipietz cuando sostiene que según el modo de conceptualizar el espacio organiza tres grupos de “teorías de la economía espacial”: las sistémicas, las de “localización y distancia” y las que tratan al espacio como superficie.

 Dentro de la concepción sistémica recoge las ideas de tres teóricos: Lösch, Christaller y Perroux advirtiendo diferencias entre ellos. Así, para Lösch y Christaller el núcleo de su tratamiento se encuentra en la desigual concentración humana en núcleos urbanos que “actúan como núcleo para una región complementaria suministrando bienes y servicios”. Se construyen sistemas o redes de centros de prestación de servicios y algunas redes jerarquizadas conforman sistemas de redes de “oferentes y demandantes que buscan los máximos beneficios posibles”. Las jerarquías regionales dependerán del “tamaño del mercado”.

 Perroux elabora el espacio de modo más sofisticado, pensándolo como un “conjunto de relaciones económicas entre elementos económicos”. En esta perspectiva habría “espacios homogéneos” y “espacios polarizados”. A nuestro estudio interesa particularmente este concepto en tanto implica la existencia de “focos o polos a partir de las cuales surgen fuerzas centrífugas y concurren fuerzas centrípetas”. La fuerza del polo estará dada por motivaciones económicas que dinamizan y motorizan la economía a partir de empresas cuyos ciclos determinan los “rasgos y modalidades”.

 El análisis de Setti y Würschmidt plantea metodológicamente la regionalización desde la múltiple interrelación de elementos en un área determinada. En tal sentido ya Federico Daus había sostenido que originariamente utilizada por geógrafos franceses, la metodología regional fue adoptada por diferentes disciplinas de las Ciencias Sociales. Por ejemplo desde la Sociología se sostiene que una “región sociológica” es un “espacio caracterizado por la formación de un sistema de relaciones sociales centrífugas y centrípetas, de naturaleza variable en el tiempo, que le aportan una especial fisonomía y dinámica a la estructura social”, caracterizan a la región y marcan los límites de su radio de influencia.

 En éste marco el CFI (Relevamiento de la Estructura Regional de la Ec. Argentina, T. I) define a la región como “unidad racional de la organización del espacio económico” y plantea tres posibles tipos de regiones: a- “región homogénea”, unidad de áreas que comparten características similares y la homogeneidad estaría dada por el ingreso per-cápita, estructura productiva, recursos naturales, etc.”; b- “región polarizada” se refiere a una organización económica del espacio y a la interacción que existe entre “núcleos centrales y áreas satélites” que en definición de Boudeville es “un conjunto heterogéneo donde las diferentes partes se complementan y mantiene entre ellas, y muy especialmente con un polo dominante, más intercambios que con la región vecina. La funcionalidad económica es dominante. También se habla de “región política” se trata de divisiones territoriales de un país en provincias, estados, departamentos, partidos o cualquier división administrativa menor. El estudio del origen de este tipo de regiones se acentuaría en el aspecto histórico y mantienen límites claros. También plantean la existencia de “regiones históricas” originadas, desarrolladas y transformadas durante tiempos prolongados en los que además adquieren “identificación y denominación, aunque, naturalmente, confusas en sus delimitaciones”.

 

 

SOBRE EL NOA COMO REGIÓN

 

 Armando Raúl Bazán advertía en 1988, al escribir su Historia del Noroeste Argentino, que el campo de las historias regionales que permitan comprender el proceso formativo de la historia nacional, no estaba muy explorado. Pero la reunión de congresos y jornadas ha estado actuando como un estímulo para el desarrollo de la investigación regional desde la perspectiva socioeconómica y con metodología actualizada. Y justamente la importancia de los análisis regionales radica en la ampliación del mero marco provincial, que de ninguna manera debe despreciarse, pero con los que no alcanza para comprender los grandes procesos nacionales, de las cuestiones que en común las afectaron en tanto formaban parte de una determinada región histórica. Para el autor catamarqueño, pensar en una región es definir “espacios geográficos de composición más o menos homogénea, donde la disposición objetiva de las cosas de la naturaleza ha contribuido, aliada con factores históricos, a la formación de comunidades con definidos rasgos identificatorios de orden cultural, social y económico” (Bazán, 1988).

 Juan A. Roccatagliata en “La Argentina. Geografía general y los marcos regionales” (1998) sostiene que el NOA es una “región funcional” o “nodal” en la que “funcionalidad, vivencia y comunidad de cultura se constituyen en los factores de cohesión regional”. El Noroeste argentino tiene “una personalidad regional enraizada en la historia y en los valores culturales que atesora su población”. Santillán y Ricci (1998) consideran que el NOA es “un espacio físico con fisonomía particular que surge de las relaciones entre las “condiciones naturales, las técnicas de transformación y los tipos de economía”. Ambito donde las interrelaciones tejen “tramas de flujos que se densifican absorbiendo toda la vida cultural, social y económica de la población”. En tal sentido es un “espacio organizado donde el conjunto tiene cierta unidad”, un contexto donde se aprecia la alianza hombre-naturaleza-hombre-territorio.

 En este espacio del NOA tres hechos resultan de la mayor relevancia: hay una vida económica variada, los paisajes son heterogéneos  y existe una herencia histórica cuya carga cultural dejó una fuerte impronta en la población regional. En el NOA se encuentran paisajes naturales complejos y contrastantes: existen montañas y llanuras, valles y altiplanicies, sierras y zonas semidesérticas, selvas y montes, arenales y salitrales. Tan variados contrastes posibilitaron la existencia de una “economía mixta” con lejanos antecedentes históricos. Paralelamente, diferentes modos de vida se desarrollaron en la región al mismo tiempo posibilitando, junto a la diversidad de producciones, generar un gran “tráfico e intercambio” con lo que colaboró activamente el sistema de valles y quebradas regionales. Se generó un “espacio funcional organizado”, surgido de la acción cohesionadora de centros, en el que son menos relevantes los límites que las relaciones que en su interioridad se desarrollan. Y este espacio funcional se ha ido desarrollando a partir de los “centros” o “polos”, cuyo crecimiento reconoce antecedentes históricos, y que en tanto van apareciendo nuevos, modifica la cohesión regional o la va llevando hacia otros centros extra-regionales.

 Por otra parte, está la situación particular de Santiago del Estero en este espectro regional. Porque está aceptado por los geógrafos que se trata de un espacio transicional entre dos grandes bloques: el Noreste y el Noroeste. Y en tal sentido nos explican Santillán y Ricci (1998) que “la fuerza expansiva de la región Noroeste declina paulatinamente hacia la planicie santiagueña, hasta pocos kilómetros más allá de la población de Villa San Martín (Loreto), la zona de Salinas Grandes marca el rompimiento relativo de esta influencia para en el extremo opuesto, es una realidad concreta que se expresa en el mayor número de relaciones que mantiene con la ciudad de Córdoba”. También esta situación particular santiagueña hará jugar tensiones difíciles de resolver y no solamente en el ámbito geográfico. Pero veamos como se fue dando esta difícil vida de relación entre Santiago del Estero y el NOA durante los diferente procesos sociohistóricos.

 

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 PRIMER SEGMENTO:

 

SANTIAGO DEL ESTERO Y EL TUCUMÁN COLONIAL

 

1.1.            La “madre de ciudades” en el ciclo fundacional

 

 

 

1.2.            Santiago del Estero y el Tucumán Colonial.

 

 

 

 

 

Santiago del Estero se proyectó desde lo más remoto

de nuestro pasado histórico

como un cofre que guarda las puras esencias

del alma tradicional argentina.

 

Luis C. Alen Lascano

 

                            

 

                   

 

Escudo de la Muy Noble y Leal ciudad de Santiago del Estero, entregado por el rey Felipe II

 

 

 

Sosteniendo la idea de que el espacio es un “campo de relaciones sociales, en donde se despliega un conjunto de regulaciones que permiten la articulación, cohesión y desarrollo del sistema productivo. Y que es un sistema en desequilibrio y autorreproducción en tanto sus componentes guardan relaciones conflictivas sustentadas en una diversidad de intereses opuestos” (Boisier, 1993), abordaremos el análisis de las relaciones que se fueron desarrollando entre Santiago del Estero y el NOA, desde su conformación originaria en la etapa de las fundaciones españolas, entendiendo que fue en esa época cuando comenzaron a articularse las relaciones sociales de referencia en el marco de un sistema en desequilibrio.

“No hay en el grandioso país argentino –dice Canal Feijóo- región tan histológicamente integrada y unificada por encima o por debajo de los límites interiores formales o convencionales como esta del Norte”. Así comienza el relato de la Historia del Noroeste argentino el historiador Armando Raúl Bazán (1988). Y es que no se puede hablar de Santiago del Estero sin remitirse a los históricos y mitológicos orígenes de la Región del Tucumán. Sin coincidencias en la raíz del vocablo, el Tucumán fue el corazón político y económico de la futura Argentina por una extensión muy considerable de tiempo. Diversas fueron las razones de su pérdida de principalidad, razones que iremos abordando a medida que nuestro relato sobre las relaciones establecidas por Santiago del Estero en el marco de la construcción y desarrollo de la región NOA vaya tomando forma. Pero hay un dato que no debe pasarnos por alto en el relato de Bazán, y es la interpenetración histórico-geográfica del NOA. Porque el Tucumán era a la vez que un territorio político, un territorio económico y un territorio geográfico. Y nuestro NOA actual fue, entonces, el Tucumán en la época de las fundaciones y de la Colonia, el Norte durante la Independencia y el Noroeste a principios del siglo XX.

   El Noroeste fue visualizado por los conquistadores como un gran “espacio vacío“  (perspectiva en consonancia con las consideraciones continentales) y desde 1542 comenzó a ser incorporado en propiedad a España con el ingreso de Diego de Rojas. En 1550 apareció en la historia regional la ciudad de Barco, que tras sucesivos traslados e infortunios que parecerían haber marcado su suerte, se convertirá en Santiago del Estero. El traslado a territorio de Tucumán, luego al de Salta y posteriormente a orillas del río del Estero de la ciudad primigenia, marcan una línea demarcatoria imaginaria de la futura región. Imaginario que crea para Santiago del Estero un destino de grandezas y centralidad, y a la vez de despojo sangrante en pos del engrandecimiento de la región por ella engendrada.

Pero debe considerarse que la concesión realizada a Núñez del Prado –sin demarcatoria de límites precisos- no llevaba implícita la noción de crear una gobernación, sino de fundar. Lo interesante de este caso, sostienen Santillán y Ricci (1998), es que la posible delimitación territorial entregada en concesión abarcaba un territorio tan parecido a la actual región del NOA que solo tenía de más a Córdoba. Y también que esta futura región contenía los más importantes caminos: hacia Perú, el Río de  la Plata y Chile.

La Ciudad del Barco y del Nuevo Maestrazgo de Santiago del Estero, la futura “madre de ciudades”, creció y desarrolló el poblamiento al impulso del Perú y de las teorías colonizadoras del oidor Matienzo y del virrey Toledo, que formatearían la región tras un óptimo aprovechando de sus recursos. Tucumán, Córdoba, Salta, La Rioja, Jujuy y Catamarca, conforma su espectro fundacional emergente. El proceso insumió un total de cuarenta años en el que se integró “un sólido sistema político, social y económico, con fluida comunicación entre sus partes, pese a las distancias y con las demás provincias dependientes del Virreinato de Lima y la Audiencia de Charcas”. Pero muy pronto se advirtió que su mediterraneidad se convertía en una desventaja al no tener en sus cercanías un puerto que les permitiera comunicare con España, el corazón del imperio. Pero, también tempranamente en la historia del Tucumán aparecería el puerto de Buenos Aires como la vía de comunicación más rápida, con ubicación muy ventajosa en comparación con las lentas travesías por Panamá y Perú. A pesar de todo, los intereses peruanos coartarían estas “ventajas” por largo tiempo y favoreciendo con ello la acción del contrabando (Bazán, 1988).

Las ciudades fundadas a partir de Santiago del Estero durante los siglos XVI y XVII fueron “verdaderos focos para afirmar la dominación y ocupación definitiva de esta región, en una cadena coherente y armónica de mutuo apoyo”. Por ejemplo, los estratégicos asientos del Tucumán tenían por objetivo defender a Santiago del Estero del ataque de los indígenas y también para que las comunicaciones y el comercio entre el Chaco y Chile se viera facilitado, así surgieron Londres, Córdoba del Calchaquí y Cañete conformado los llamados triángulos poblacionales. Por otra parte la línea de fundaciones entre Copiapó y Buenos Aires respondía a la ideología de Francisco de Aguirre quien sostenía la idea de realizar una serie de fundaciones en territorio tucumano que, uniendo los dos océanos, permitieran la “entrada de mercaderías y ayudas por los puertos del Paraná y del Río de la Plata” con lo que se evitaría navegar por Panamá y Portobello. (Santillán-Ricci, 1998).

“Santiago del Estero merece con justicia ser considerada “madre de ciudades” pues de su seno salieron los hombres, enseres, bienes y expediciones fundadoras de las poblaciones y ciudades del interior mediterráneo argentino. En una sangría ininterrumpida que duró un siglo, entregó sus mejores hijos al afán civilizador y es ofrenda continua de vida sirvió para afianzar la estructura institucional del país. Con sobrada razón el benemérito historiador la llamó en el siglo XVIII “seminario de las colonias españolas”, y Levillier pudo afirmar que “cuando Francisco de Aguirre funda en 1553 la ciudad de Santiago del Estero, inicia nuestra patria su vida política”. Hemos transcripto la cita textual de Luis C. Alen Lascano (1992) porque es la configuración más acabada del aporte santiagueño a la configuración regional del NOA que recoge el imaginario colectivo provincial. Pasados los siglos, este imaginario servirá para justificar la situación de postración de la que nunca salió la provincia. De todos modos en esta red de ciudades que se fue conformando paulatinamente en el norte, Santiago del Estero funcionó como “polo” político y militar de las huestes fundadoras de las ciudades que sellaron su permanencia (Santillán-Ricci, 1998).

Un panorama sobre el modo de vida de las poblaciones nativas del Tucumán, nos la da el padre Alonso de Barzana cuando escribe: “El modo de vivir de todas estas naciones es ser labradores. Sus ordinarias comidas son maíz, lo cual siembran en mucha abundancia; también se sustentan de grandísima suma de algarroba, la cual cogen por los campos todos [los] años al tiempo que madura y hacen de ella grandes depósitos; y cuando no llueve para coger maíz [o] el río no sale de madre para poder regar la tierra, pasas sus necesidades con esta algarroba la cual no solo les es comida, mas también hacen de ella bebida, tan fuertes que nunca hay más muertes ni guerras entre ellos que mientras dura el tiempo de la algarroba...también tiene esta provincia otras muchas comidas y muchos ríos muy grandes con mucho pescado. Tienen mucha caza de venados, puercos del monte; hay también vicuñas y huanacos como en el Perú”. Esta carta del padrea Barzana fue remitida a su Provincial padre Juan Sebastián en setiembre de 1594 (Di Lullo, 1937).

Respecto de la primigenia economía de la región del Tucumán con centro-polo en Potosí y su economía minera, tenemos numerosos relatos de cronistas y gobernantes, historiadores o religiosos que, por diversos motivos, recrearon el cuadro económico regional a la llegada de los españoles y durante los primeros años de la experiencia conquistadora. Roberto Levillier, por ejemplo, recoge los relatos de los primos ingresos de los conquistadores que hablan de la existencia de no menos de 800.000 indios que llevaban ropas de algodón a los que se conocía como “gentes de manta y camiseta” como así también la existencia de fábricas de paño en la que trabajaban los indígenas. El gobernador Alonso de Ribera escribirá al Rey explicando que “había telares donde se tejía el algodón y la lana, que una vez beneficiados iban al Perú, constituyendo la riqueza principal de Santiago. Aprovechaban para las industrias o exportaban grandes cantidades de añil  y cochinilla, recogían cera y miel, tenían un molino y algunas atahonas”. La obra del padre Acosta, escrita por el 1590, también trae a colación las importantes producciones tucumanas de algodón cuando dice: “Es uno de los mayores beneficios que tienen las indias porque les sirve en lugar de hilo y de lana para ropas: dase en tierras calientes, en los valles y costas del Perú mucho ... y mucho más que en parte, que yo sepa, en la provincia del Tucumán ...” (Di Lullo, 1937).

Mientras se tejen estas historias, la coacción y la violencia conforman el sustrato de la convivencia política, la lejanía de la ley articula una sociedad laxa y sin controles y la miseria impera en un territorio donde el trabajo no es un bien preciado por los españoles y los indios escasean rápidamente. Porque si bien Santiago del Estero fue el corazón militar de las fundaciones del Tucumán, no fue nunca su centro económico, centro que rápidamente se ubicaría en Potosí, cuyas minas de plata convertirían a la ciudad en un escenario de lujos y placeres en medio de la desolación de las montañas. Veremos como incide esta situación en la vida de la “muy noble y leal ciudad” y su relación con la región del Tucumán.

 

1.1.            SANTIAGO DEL ESTERO Y EL TUCUMÁN COLONIAL

 

Terminado el período de las fundaciones, paulatinamente se consolidó la vida económica y social del Tucumán, sobre todo bajo la gobernación de Ramírez de Velazco, un hombre progresista que impuso algunas medidas de protección. Y mientras las ciudades se afianzaban  como “pequeñas células regionales” (Santillán-Ricci, 1998), la economía de la gobernación se orientaba al autoabastecimiento, produciendo lo que necesitaba para la manutención de sus habitantes, maíz, poroto, trigo, vinos y harinas, zapallo, ropas tejidas, etc. La población tenía “hábitos frugales”, expresión que todavía hoy es utilizada para justificar que el santiagueño vive con poco y se conforma con menos. Pero aceptando que los hábitos hayan sido “frugales”, les permitían un abastecimiento con las producciones locales.

El funcionario de Correos Concolocorvo, que supo recorrer estos lares, no parece estar tan convencido de tal romántica frugalidad cuando dice en 1772: “no conoce esta miserable gente, en tierra tan abundante, más regalo que la yerba del Paraguay, y tabaco, azúcar y aguardiente, y así piden estos, especie de limosna, como para socorrer enfermos, no rehusando dar por ellos sus gallinas, pollos y terneros, mejor que por plata sellada”. Bazán acota que salvo yerba y azúcar que se importaban, tanto el tabaco como el aguardiente eran producciones regionales. Y, por otra parte, quien tenía requerimientos que se escapaban a la posibilidad de abastecimiento local, era la clase principal, mucho más exigente en cuanto a la calidad de sus insumos (Bazán 1988).

Cuando llegaba a su fin el siglo XVI, la agricultura, el pastoreo y las pequeñas industrias eran habituales; pero con el tiempo, la agricultura pasará a ser un complemento de las otras actividades, ya que la falta de riego no le permitirá un desarrollo acorde a las necesidades. Necesidades que por otra parte, seguían siendo muy bien abastecidas naturalmente por el bosque y la selva “depósitos naturales donde encontraba sustento sin trabajo alguno” (Di Lullo, 1937). Las cosechas de cera y miel que prodigalmente ofrecían los bosques generaban ventas en el territorio tucumano; la grana para teñir telas parecía de inmejorable calidad y muy apreciada (Bazán, 1988), “se preparaba en tortas y una vez seca tenía consistencia para ser transportada. La cosechaban mujeres y niños que la recogían de los cactus en que se producía y la lb. se vendía a 1$ en 1780” (Dargoltz, 1991).

Podría decirse con un relativo margen de certeza que los santiagueños nativos eran pródigos en el marco de una naturaleza que les ofrecía un medio de vida relativamente fácil. Esto creaba una suerte de “laxitud”, de no adscripción al trabajo. A pesar de ello, eran considerados los mejores soldados del territorio tucumano. Fama bien conquistada en sus luchas contra los indígenas chaqueños que hostigaban a las poblaciones fronterizas blancas. “En tiempos de guerra tenían continuamente colgado del arzón de la silla, un costalillo de maíz tostado con sus chifles de agua ... y con esta sola prevención eran los primeros que se presentaban en campaña a cualquier rumor de los enemigos” (Bazán, 1988).

Una ciudad acechada por las crecientes del río Dulce y el salitre que corroía lo que el río no se llevaba, no parecen ser las mejores aliadas de una ciudad que se manifiesta, a ojos vistas, como pequeña y ruinosa, con escasa población que “hacía poco atractivo vivir en el lugar”, tal es así que Francisco de Paula Sanz le describirá como un pueblo “bastante miserable”. Las casas con techos de tejas, símbolo de distinción social por esos tiempos, escaseaban notablemente. La mayoría eran ranchos, vivienda que por otra parte era muy funcional a la geografía y la disponibilidad de los habitantes. La antigua residencia de los jesuitas aparecía como el único edificio digno de mención especial y, según Concolocorvo, en circunstancias especiales podían alojarse en él todos los habitantes de la ciudad. 

 Cuando comenzaba el siglo XVII Santiago del Estero contaba en su haber: 100 vecinos, casi 7000 indios, necesidades económicas acuciantes y una fuerte preocupación eclesial por la construcción de la Iglesia Catedral y la apertura del Seminario. La solicitud del gobernador Rivera en 1607 al Rey, pidiendo autorización para exportar por el puerto de Buenos Aires harina, cesina y sebo –entre otros productos-, estaba marcando por una parte la manifiesta urgencia por solucionar cuestiones de ahogo económico, y por otra parte, la continuidad de la política exportadora por el puerto de Buenos Aires, que preconfigurara Francisco de Aguirre y marcara el Obispo Victoria (Alen Lascano, 1992).

 

Todo un acontecimiento fue la creación , en 1570, del Obispado de Tucumán con sede episcopal en Santiago del Estero, ciudad en la que permaneció hasta 1699, en que el obispo Mercadillo decide su traslado a Córdoba porque Santiago estaba en ruinas. Siendo como fue, la base operacional de la mayoría de las órdenes religiosas que desarrollaron su actividad misional en el NOA, fue tan brutal el golpe que acusó la sociedad ante la pérdida de la silla episcopal, que lucharía denodadamente hasta el presente siglo para recuperarla. Estamos entonces en presencia de una pequeña sociedad que se debate ante problemas de supervivencia, pero que enfatiza fuertemente su perfil religioso y la realización de obras en tal dirección. Y que continuaba aportando al afianzamiento territorial español, tal como lo prueba el haber participado durante todo el siglo XVII con el envío de hombres y pertrechos al puerto de Buenos Aires para consolidar la dominación española acechada por ingleses, portugueses y holandeses. Tales aportes el valieron “el renombre de protectora, defensora y amparadora de todas las de este reyno” (Alen Lascano, 1992).

 

Analizando los circuitos comerciales del Tucumán, advertimos como, poblaciones que hoy padecen de una seria incomunicación, mantenían relaciones de proximidad y relaciones comerciales importantes. Recordemos que en esta disposición del comercio regional, Santiago proveía cera, miel, añil y tejidos de lana. Por su parte, las otras ciudades fueron organizando sus producciones artesanales para comercializar, aunque no sin grandes dificultades. Como Catamarca, que vendía lienzo, pabilo de algodón, ají y aguardiente; La Rioja comerciaba vinos, pasas y pelones; Tucumán hacía lo propio con el ganado, el tabaco, las maderas y carretas; Salta era una importante y próspera ciudad ubicada en el corazón del comercio con el Alto y el Bajo Perú (Bazán, 1988). Es muy descriptivo el relato de Concolocorvo sobre la importancia comercial de Salta. Decía: "el principal comercio consiste en las utilidades que reportan en la invernada de las mulas, por lo que toca a los dueños de los potreros, y respecto de los comerciantes, en las compras particulares que cada uno hace y habilitación de su salida para el Perú en la gran feria que se abre en el mes de febrero y dura hasta todo marzo, y esta es la asamblea mayor de mulas que hay en todo el mundo, porque en el valle de Lerma, pegado a la ciudad se juntan en número de sesenta mil y más de cuatro mil caballos...”. Agrega Bazán, de quien hemos tomado la cita, que la feria de mulas era una actividad que movilizaba a toda la región a raíz de sus diferentes etapas –“cría, inverne, transporte, internación”-. Se trataba entonces de una poderosa red comercial con epicentro en Salta, en expresión de Florencia Cornejo. 

 

LAS PRODUCCIONES DE ALGODÓN

 

Las primeras semillas de algodón fueron introducidas en 1556 por Hernán Mejía de Mirabal desde Chile y la fabricación de ropa –conocida como “ropas de la tierra” o “ropas del Tucumán”- abastecía a las poblaciones mineras potosinas, alcanzando las ventas del Tucumán a Potosí un valor de $100.000 sobre finales del siglo XVI (Dargoltz, 1991). El Padre Reginaldo de Lizárraga escribió en la “Descripción Colonial”: “es toda la provincia ... abundante de trigo, maíz y algodón, cuando no se les yela, siémbranlo como cosa importante, es la riqueza de la tierra; con ellos se hace mucho lienzo de algodón tan ancho como holanda, uno más delgado que otro, y cantidad de pavilo, medias de puncto, alpargatas, sobrecamas, y otras cosas por las cuales de Potosí les traen reales” (Di Lullo, 1937). Emilio Coni sostiene que  “no circulando en el Tucumán del siglo XVI ni plata ni oro, el lienzo de algodón hacía a las veces de moneda, tasado por lo general en 4 reales la vara ... y hasta el salario del gobernador se abonaba en lienzo”. Lo que llevó al gobernador Ramírez de Velazco a expresar que “el algodón es la plata desta tierra” (A. Lascano, 1992).

 

En general los historiadores rescatan las producciones de algodón en Tucumán como un bien muy preciado y porque, además, habría dado inicio al comercio internacional desde Santiago del Estero, emprendimiento del que participó activamente el obispo Victoria y por el que se celebra el 2 de setiembre el “día nacional de la industria”, recordando la primera venta al exterior efectuada a través del puerto de Buenos Aires. Veamos como relata Alen Lascano esta primera exportación: “... el algodón santiagueño fue la piedra inicial del comercio internacional argentino. Y al obispo Victoria cupo la gloria de inaugurar el intercambio con el extranjero mediante la exportación de productos de la gobernación enviados en carros y carretones al puerto de Buenos Aires. Este cargamento constituyó la primera exportación de artesanías nativas al exterior. De esta manera se habilitó el Libro de la Tesorería del Puerto, comúnmente llamado de la Aduana porteña. Su salida se hizo en navíos fletados al Brasil el 2 de setiembre de 1587...fue valuada en 77.368 reales, consecuencia del envío de 30 carretadas de lana, cordobanes, frazadas, sobrecamas, artículos de cuero y maderas. Se trajeron en retorno ropas finas, campanas, calderas y objetos de cobre, hierro y bronce para el culto y las necesidades diarias. La expedición se hizo en la nave San Antonio, pero a despecho de críticas y diatribas, el obispo perdió lo invertido, pues a más de un naufragio e incendio, las autoridades porteñas requisaron todo lo importado. Y de otra forma no habría podido subsistir dada la pobreza de la diócesis, y sus afanes impulsivos por edificar templos y dar progreso a su iglesia, y al hospital santiagueño. Baste decir por último, que después de su muerte, su sucesor Trejo y Sanabria aún invertía lo que dejara Victoria, en las obras de reconstrucción y mantenimiento de la Catedral de Santiago”. “Lo real es que esta acción  molestaba al comercio limeño porque abría una nueva ruta marítima desde el Tucumán y lo vinculaba al Río de la Plata y, en lo social, por las resistencias despertadas a raíz de la prédica antiencomiendas que hacían los jesuitas, traídos  a costa exclusiva de Victoria” (A. Lascano, 1992).

FUNCIONAMIENTO DEL OBRAJE DE PAÑOS

 

El algodón fue, para el Tucumán y especialmente para Santiago del Estero, lo que el oro y la plata para el Perú. En función de ello, prontamente se instalaron “lugares de explotación” llamados “obrajes” (Di Lullo, 1937) “repartimiento de indios dedicados al tejido, hilado y teñido de los paños de algodón ... lugares sombríos, techados de ramas, cercados de muros de adobes ...” en los que la mano de obra era básica y principalmente femenina, a pesar de que allí vivieran hombres, mujeres y niños. La producción diaria –promedio- de una india era de una onza de hilado, o 60 varas de lienzo al año que costaban treinta pesos. Eran verdaderas fábricas de tejidos de la producción precapitalista (A. Lascano, 1992).

Una carta que enviara el licenciado Padilla al rey Felipe IV nos permite acercarnos a la comprensión de lo que ingresar a trabajar en un obraje de paño significaba para los nativos y como las políticas de seducción pasaban por adelantarles ropa, dinero y un poco de vino. De todos modos, Di Lullo (1937) sospecha que el trabajo debía ser demasiado y pocas las ganancias, lo que explicaría que recurrentemente, los nativos procuraran huir de los obrajes. Para esos casos, estaban montado verdaderos operativos de caza de los prófugos a cargo de los “guatacos”, personajes especializados en esta tarea que, si no volvían con los  escapados en calidad de prisioneros, tomaban a cualquier familiar que encontraran y lo llevaban al obraje. La “Memorias Secretas” de Julián Ulloa, relatan los sufrimientos de los que los indígenas no podían escapar y como se veían obligados a aceptar cualquier cosa que el encomendero le quisiera dar. Por ejemplo, la comida con que los alimentaban, generalmente formaban parte de lo que para el encomendero eran desechos (“reses que se mueren infestada, maíz o cebada que se les ha dañado...)” (Di Lullo, 1937).

Los Cabildos enviaban visitadores a los obrajes para tratar de controlar los abusos y en 1622, el Consejo de Indias recomendaba no dejar las visitas en el puro formalismo ni ejecutar alianzas con los obrajeros, lo que nos lleva a suponer que las recomendaciones del Consejo no solo no eran cumplidas sino que los dueños de los obrajes compensaban satisfactoriamente a los inspectores. Por lo que se hace necesario sancionar la ordenanza de obrajes en julio de 1664, reglamentando jornales, horarios de trabajo, tiempo libre para atender sus animales, salarios en dinero, etc.

 

SEGUNDA ZONA

 

Por sus producciones y sus relaciones económicas intra y extraregionales, Santiago entraría dentro de lo que Halperin Donghi (1998) señala como “segunda zona” en el marco de la economía colonial americana. Esto es, un espacio económico que dependía de una zona principal “mercantil y minera”. Su falta de principalidad no impedía organizar su propio desarrollo bajo los parámetros del autoabastecimiento mientras proveía de mano de obra, alimentos, tejidos y animales de carga direccionado hacia Potosí.

Por la ubicación de Santiago del Estero, no tardaría en confrontar con su vecina ciudad de Tucumán, problemas que con el correr del tiempo desembocarían en la declaración de la Autonomía en 1820. Pero, sobre mediados del siglo XVII Tucumán ya mostraba sus molestias por los costos que le ocasionaba el tránsito por Santiago del Estero en la ruta Buenos Aires-Perú. Así lo expresa Alen Lascano (1992): “... Tucumán volvía a insistir en sus propósitos de marginar a Santiago del Estero de la ruta real desde Buenos Aires al Perú y la inhabilitación del camino oficial que pasaba por la ciudad. Se obligaba a que los transportes no hicieran escala en Santiago del Estero. El cabildo santiagueño argumentó que esta pretensión vulneraba las Leyes de Indias y siendo esta ciudad la “garganta de la provincia”, pedían al gobernador “se sirva mandar que libremente trafiquen con sus carretas y recuas los vecinos de la ciudad y los comerciantes que pasan por ella”.

La mediterraneidad territorial perfilaba lo que Canal Feijóo conceptualizara en 1948 como los dos problemas santiagueños “graves y de inevitable consideración: el tamaño de la provincia y su ubicación en el mapa”. Esta condición de masa enorme “interpuesta” entre dos zonas/regiones económicamente poderosas –lo que por contrario imperio puede leerse como debilidad local-, ya se perfilaba a mediados del siglo XVII cuando esas regiones eran Buenos Aires y Perú. Dice Canal: “la importancia de éstas regiones no podrá dejar de ser relativa mientras no puedan dejar de prescindir de Santiago, el problema consiste en que por sus masas y ubicación, Santiago es para estas dos regiones imprescindible o inevitable”. Dejará de serlo con la llegada del ferrocarril.

Santiago denunciaba que la falta de comercio marcaba su retraso económico “pues teniendo todas las demás ciudades de esta provincia frutos y conveniencias para poder mantenerse por sí en sus términos y jurisdicciones, carece ésta de todo lo expresado por lo árido y estéril de su territorio, por lo cual desde los principios fue declarado por Su Majestad que Dios guarde, por puerto seco para que supliese por este camino la falta  que por sí ofrecen la jurisdicción”. La lucha de la ciudad pasaba por un pago de peaje para el cruce del río Dulce y este pleito se llevó por medio siglo (Alen Lascano, 1992).

Cien años después del asentamiento de las ciudades del NOA, Santiago del Estero se encontraba en ruinas y el gobernador Mate de Luna decidió trasladar su asiento a la ciudad de Córdoba, sin lugar a dudas la más floreciente. Los cien vecinos que habitaban la ciudad raída por el salitre decidieron casi en su mayoría radicarse en sus propiedades interiores escapando de los estragos de las inundaciones del río Dulce. La ruina era económica y social. Perdida la silla episcopal y el asiento de la gobernación, la “madre de ciudades” quedó aletargada y se dedicó a sobrevivir. Desconectada de la región que le dio origen, resentida y humillada, mantendrá como norte la recuperación del obispado.

 

 

LAS REESTRUCTURACIONES BORBÓNICAS

Cuando el mundo presenciaba los cambios generados por la revolución norteamericana y la revolución francesa, en el marco de la revolución industrial, las colonias americanas presentaban un cuadro de recuperación de sus industrias artesanales, veían crecer el comercio de las regiones periféricas, surgían grupos beneficiarios y un fuerte corrimiento hacia el Atlántico. Sobre este marco y en la segunda mitad del siglo XVIII operaron las reformas borbónicas como un gigantesco operativo de recuperación de los beneficios americanos para la corona española. De modo que la incorporación de los mercados latinoamericanos al comercio mundial fue, más que todo, “un legado de los reajustes imperiales del siglo XVIII” y en ella participaron activamente los grupos beneficiarios del proceso dieciochesco interesados en crecer aumentando las exportaciones (C. y Pérez Brignoli, 1979).

Políticamente asistimos a la centralización del poder imperial a partir de la fragmentación de las antiguas unidades político-administrativas. El sistema colonial español se reorientó rápidamente hacia el Atlántico con la creación del Virreinato del Río de la Plata, cuya en capital Buenos Aires reflejaba la propia reorientación de la política exterior de la corona española ante el avance de Portugal e Inglaterra en el Atlántico Sur. A la creación de los virreinatos le siguió la imposición de un modelo de origen francés a partir de la fragmentación de los territorios de las gobernaciones: las Intendencias. En manos de verdaderos agentes de la corona, los intendentes de ejército y hacienda unificaron instancias de distribución anterior desiguales, con mayores requisitos para su designación y, paralelamente mayores poderes. El objetivo de morigerar los índices de corrupción y los conflictos institucionales, no fue alcanzado por la corona (H. Donghi y C./ Pérez Brignoli).

Por su parte, la visión centralista y fiscalista de la Real Ordenanza de Intendentes de 1782, cambió la organización que se mantenía en el Tucumán desde 1563 (Bazán, 1988). La división de la gobernación fue sostenida por el virrey Pedro de Ceballos y por Vértiz, su sucesor, aunque también adscribieron Mestre y el exgobernador Martínez de Tineo. La Ordenanza instaló en San Miguel de Tucumán la capital de la Intendencia, situación que rápidamente fue advertida por Vértiz y el intendente Manuel Ignacio Fernández al rey de España como poco ventajosa, sugiriendo que sea Salta y desde allí extendiera su jurisdicción a Santiago del Estero, Catamarca, San Miguel y Jujuy. Lizondo Borda considera que al ser aceptada esta propuesta, “por primera vez la vieja gobernación del Tucumán queda políticamente desmembrada” (C. Páez de la Torre, 1987).

La manifiesta bipolaridad de la economía virreinal (Alto Perú/Buenos Aires) comenzaba a mostrar también el corrimiento Atlántico. Mientras la producción de minerales altoperuanos mermaban progresivamente, la ciudad-puerto incrementaba sus actividades. Por su parte, el interior se dedicaba a sus actividades tradicionales de artesanías, agricultura y animales de transporte. Pero tan delicado equilibrio económico quebró al desarrollarse como polo hegemónico el puerto (C./ Pérez Brignoli, 1979). Estamos, entonces, ante un cuadro de alta “complejidad” socioeconómica y étnica profundamente modificado con la incorporación de población negra que se sumaba a un mestizaje creciente y bolsones indígenas importantes en el extremo norte (Halperin Donghi, 1998).

Carlos Páez de la Torre (1987) en su “Historia del Tucumán” observa la fragmentación que hacia 1778 tenía la región: “el gobernador estaba en Salta, el obispo, la universidad y las principales ordenes religiosas en Córdoba y las Cajas de la Real Hacienda en Jujuy”. Esto que llama “general desorden” se apoya en un informe del gobernador Andrés Mestre quien señalaba que sólo existían 6000 pesos en las Reales Cajas, las deudas ascienden a 20.000 pesos que prácticamente resultan incobrables, los presidios no tienen armas ni municiones, las misiones se encuentran en estado deplorable y el vecindario enredado “en continuos pleitos y partidos”.

 

 

EL TUCUMÁN PRE-REVOLUCIONARIO

 

Habría que advertir que las creaciones administrativas a las que hicimos referencia no conllevaron la ruptura de las relaciones sociales tradicional espacio tucumano. “Los vínculos sociales, culturales y comerciales cimentados durante más de dos siglos siguieron teniendo vigencia por encima de las disposiciones administrativas fundadas en los intereses de la Corona” sostiene Bazán (1988). Y agrega más adelante: “si Potosí fue el polo económico del sistema colonial español, cabe a Chuquisaca o Charcas el importante papel de eje administrativo y cultural. La abundante documentación colonial patentiza con elocuencia la función rectora que tuvo la Audiencia de Charcas e los negocios públicos del Tucumán tanto civiles como eclesiásticos. Y lo propio sucede con la universidad de San Francisco Javier, donde se formaron los abogados y eclesiásticos insignes que fueron los dirigentes de la Revolución. Es un lugar común decir que esta fue promovida por la burguesía ilustrada de Buenos Aires. Pero el juicio debe ser revisado no bien se considere que la mayoría de esos hombres definidos por las nuevas ideas políticas que atacaban la raíz dogmática del absolutismo pasaron por las aulas de Chuquisaca y allí obtuvieron sus grados doctorales”. Nosotros podríamos agregar que no hay datos que permitan aseverar que hombres de Santiago del Estero hubieran pasado por las aulas chuquisaquenses. Los pocos que estudiaban lo hacían en Córdoba, lo que les dará un sesgo de definido dogmatismo en consonancia con los postulados tradicionalmente coloniales de esta universidad. De todos modos las ciudades y los gobiernos locales fueron cobrando autonomía lo que conllevó la formación de un “espíritu regional y estimuló e desarrollo de las ciudades que constituían el centro de la región” (Romero, 1997).

 

 

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SEGUNDO SEGMENTO:

 

 

 

LA PROVINCIA COMO UNIDAD DE ANÁLISIS

 

 

 

2.1. El Ibarrismo.

 

2.2. El Taboadismo.

 

 

 

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LA PROVINCIA COMO UNIDAD DE ANÁLISIS

 

 

Al comenzar el siglo XIX, el derrumbe de la estructura colonial dio paso a la independencia de los nuevos países americanos señalando la existencia de “un nuevo pacto colonial” en el marco de un largo proceso de transición por el que se pasa de una situación de dependencia a otra y en el que se van generando paulatinos reajustes mientras comienzan a acumularse “contradicciones difíciles de resolver” (H. Donghi 1995, Cardoso y Pérez Brignoli 1979, Romero, 1997). “Vacío de poder” y “fragmentación política” fueron las consecuencias inmediatas al derrumbe de la estructura colonial, proceso que se inició con la creación de las Intendencias, continuó con la Liga de los Pueblos Libres y culminó con la provincialización del territorio. De modo que el panorama de la primera mitad del siglo XIX muestra un ordenamiento colonial que se desploma, la “provincia” como nueva entidad emergente y una región que se orienta claramente hacia el exterior.

 

Se plantea la idea de “provincia” como unidad menor derivada de las Intendencias. Y en lo que interesa a nuestro estudio la aparición de: Salta (1815), Tucumán (1819), Santiago del Estero, La Rioja y Catamarca (1820) y Jujuy (1834). Hablar de “provincia” es pensar en la dimensión más sólida de lo que podríamos llamar “región”, por mucho tiempo será la unidad sociopolítica más estable, con un “status” diferente y más complejo que lo regional. Son las unidades continuadoras de los procesos productivos y comerciales históricos en tanto articularon una organización social capaz de mantener un “orden”. Un territorio en el que se revierte al mínimo posible la coerción política y ante el fracaso de los sectores tradicionales de “garantizar un espacio para el juego de los intereses sociales”. Apareció la figura del “caudillo” y subsistió un deteriorado “régimen de instituciones representativas” subordinadas. Las “ciudades” serán, entonces, la realidad política fundamental del posible nuevo país y las protagonistas de las primeras etapas de vida independiente” y su bien su realidad se complejiza progresivamente, se mantiene la problemática de su cuasi-autonomía en tanto remite “a una característica de la estructura social de la colonia que refleja un rasgo fundamental de su conformación económica” (Chiaramonte).

 

2.1. EL IBARRISMO

 

La etapa de la organización política del estado santiagueño revistió caracteres de verdadera conflictividad. Cuando el Cabildo local recibió la comunicación del hecho revolucionario se pronunció por la independencia de España, gesto único en el territorio rioplatense. Inmediatamente, la ciudad se movilizó tras las guerras de la Independencia, en la cual forjaron sus espadas los hombres que constituirán la futura historia provincial. 1815 se inició luchando por la Autonomía de un territorio casi agotado. “Santiago está exangüe de la sangre de sus hijos –escribió Orestes Di Lullo- ha dado todo su dolor, todas sus lágrimas y todo su sudor en la causa de la libertad como antes lo dio por la conquista y la pacificación. Y ahora se prepara para la lucha por la autonomía” (Rossi, 1994).

Los hombres se fueron a la guerra. El campo quedó sin brazos que lo trabajaran y el territorio poblado de viudas y huérfanos. El panorama era desolador. Demasiado sombrío. Si apenas se podía mantener al indio fronterizo que presionaba desde el Chaco, y los límites de la ya casi provincia –más/menos- los que en la época de los primeros asentamientos españoles. La declinación económica alcanzó un punto tal que no resulta temerario sostener la idea de que se había convertido en una ciudad fantasmal, que cada tanto sacudía sus decepciones y realizaba algunos intentos, aislados, espasmódicos, para mejorar su presencia. “Todo habla de un rico estado floreciente que fue” dirá el capitán Andrews que estuviera de visita por aquellos tiempos. El capitán miró mucho y habló de todo, sobre todo se quejó de los altos peajes que había que pagar para entrar o salir del territorio provincial: “parece que las principales rentas del gobierno se obtienen por los derechos de tránsito sobre las mercaderías que pasan por la provincia del Alto Perú, que suelen a veces confiscarse de la forma más arbitraria ... existe también un fuerte peaje pagadero por  atravesar un rústico puente sobre el río...” y terminaría diciendo algo muy significativo: “...este estado normal de cosas ha llegado a imprimir un sello muy especial al carácter de la gente y aún el mismo gobernador revela cierta indiferencia ...” (Rossi, 1994).

Pero quien quedó impactado con Santiago del Estero fue Juan H. Scrivener, un viajero inglés de paso en 1826. Le dieron la bienvenida ríos crecido, calor sofocante y un enorme bosque de cactus. Arribando desde Córdoba se sintió conmovido ante el fantasmagórico paisaje de las salinas: “...ni un pájaro, ni un animal, tan solo la quietud sepulcral agravada por las cruces de madera que se veían aquí y allá marcando el lugar de alguna tumba extemporánea...”. Habiéndole llamado la atención la faena permanente de las mujeres, pensó por el contrario que “...los campesinos son en extremo perezosos se ven dormidos por el suelo, fumando sus cigarrillos o bebiendo algarroba la mayor parte del día”. Recordemos este concepto porque más adelante, cuando tratemos el problema del obraje, va a volver a aparecer. Finalmente Scrivener relató la forma curiosa en que los nativos construían las basas de cuero para cruzar el río y el servicio importante que prestaban los indígenas que transportaban los equipajes a nado hasta la orilla opuesta del río Dulce (Rossi, 1994). Pero veamos como se va estructurando esta “provincia” de Santiago del Estero.

 

 

 

SANTIAGO DEL ESTERO EN LA REPÚBLICA DEL TUCUMÁN

Resulta interesante observar como, al afirmar su autonomía, las provincias mantenían entre sí relaciones contradictorias pero no desarticulaban  totalmente la base de sus relaciones, lo que servirá de base a la unidad nacional. Y por momentos coexiste con otra realidad, la “región” que aparece geográficamente más clara pero desdibujada bajo el peso económico-social de la provincia. Ciudad, provincia y región forman parte de un proceso que termina con la formación del Estado Nacional argentino (Chiaramonte).

Sobre la base de la nueva configuración planteada, en 1820 surgió una nueva conformación política en el espacio tucumano, desprendimiento de la Intendencia de Salta del Tucumán. El 22 de marzo de 1820 una proclama a los “pueblos interiores” advierte que “Tucumán es y será a toda costa una República libre e independiente, hermana, sí y federada, con vínculos tan estrechos que jamás se dispensará sacrificio alguno, hasta no ver a sus pies rotos y deshechos los últimos eslabones de la cadena que subyugue a la más pequeña de sus hermanas...”. El emisario era Benjamín Aráoz quien unificaba en su República como ente jurídico a la propia Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero. En 1820 la idea de una República era equivalente a la de Provincia. Pero que en definitiva no eran las voces lo importante sino la idea común de “no querer ser gobernados por los porteños”. (C. Páez de la Torre, 1987). Por otra parte se advierte como era importante en ese momento el tamaño de la región, en tanto se sostenía que tenía mayores chances de afrontar crisis económicas y mayor peso político (Boisier, 1993).

Con esta idea, Aráoz convocó a reunión a un Congreso, pero el problema se inició en Santiago del Estero cuando en 1819 se anularon las elecciones de regidores y que, al reiterarse, dejaron el Cabildo en manos de los opositores de Aráoz, el que “ocupó” el territorio santiagueño con una fuerza militar y forzó la designación de personas adictas. De tal modo que el grupo opositor buscó respaldo militar en Juan Felipe Ibarra, para ese entonces comandante de la frontera de Abipones. Avanzando sobre la ciudad se hizo nombrar Teniente de Gobernador interino que por vacancia estaba en manos del Cabildo. Sostiene Carlos Páez de la Torre que “Aráoz advierte que ya Santiago se le ha escapado de las manos, no acaba de elegir diputados y, aunque los eligiese, ha hecho reserva de lo económico y gubernativo que limita totalmente sus mandatos. Lanza entonces la proclama del 10 de abril que precipitará los acontecimientos. Les dice que “el uso libre de vuestros derechos” los “deslumbra y alucina” hasta el extremo de creerse “capaz de entrar por vosotros mismos en un gobierno federal a pesar de vuestra minoridad e impotencia”. Ibarra y el Cabildo se considerarán profundamente ofendidos y, pocos días más tarde, el 27 de abril, Santiago se proclamará autónoma. El gobernador será Ibarra “por pocos días pero permanecerá en el mando exactamente por 31 años...”.

Respecto a la situación de Catamarca en el marco de la República de Tucumán, también estuvo cerca de no participar en el Congreso de Aráoz. Cisneros, Teniente de Gobernador, consultó con Bustos la problemática de la autonomía, y si le resultaría conveniente el envío de diputados al Congreso. El gobernador de Córdoba advirtió que Catamarca no estaba en condiciones ni económicas ni militares de autonomizarse. “La libertad de los pequeños distritos –escribe- me parece una farsa. Léase la historia y se verá que ni aún ni antes del Imperio de los Incas no se encontraron en esta América tribus tan reducidas como en el día se pretenden”.

Pero, aunque la separación de Santiago del Estero restó fuerzas al proyecto tucumano, la República fue constituida y el Estatuto muestra que El modelo a seguir fue la Constitución de 1819 y en ese marco se eliminaban los Cabildos y en su reemplazo se constituyó la Corte Primer de Justicia. Por su parte, el gobernador Bustos trabajaba para reunir otro congreso federativo en Córdoba, pero tenía serios problemas para organizarlo que no eran sino el reflejo del “estado de convulsión que vivieron la mayoría de las provincias después del proceso de las autonomías. Espíritu faccioso, autoritarismo, viejas rivalidades, ambición de poder, inexperiencia política, de todo esto hay un poco para entender las convulsiones internas que ocurrieron en el Noroeste durante los años que siguen a la disolución del gobierno nacional” (Bazán, 1988).

Bernardo Canal Feijóo (1934) analiza la nueva situación desde el punto de vista del vacío administrativo y legal imperante. De modo tal que “los primeros gobiernos propios se encontraban sin principios o normas con que regir los actos de la existencia pública. Y como ya no podía contarse con la providencialidad de las reales órdenes o los dictados eclesiásticos para el gobierno social, todo quedaba librado a la buena o mala inspiración personal de los ciudadanos llevados al mando”. Esta situación se puede advertir en la forma de resolver los conflictos, en base a la improvisación, al procedimiento acierto-error, llevando a que los gobiernos se mostraran arbitrarios en épocas en las que necesariamente  debía recurrirse a militares que caían “en la mandonería”.

 

 

IBARRA Y LA AUTONOMÍA SANTIAGUEÑA

 

Cuando se firma el Tratado del Pilar se clausura el proceso llamado de las Provincias Unidas, sostiene Romero (1997), “durante la cual pareció que la unión era compatible con la subsistencia de la estructura del antiguo Virreinato”. Con los procesos autonómicos llegará una nueva época signada por “la desunión de las provincias durante la cual los grupos regionales, los grupos económicos y los grupos ideológicos opondrían sus puntos de vista para encontrar una nueva fórmula para la unidad nacional”.

El Santiago del Estero el proceso autonomista tuvo mucha fuerza, desde que la ciudad guardaba un verdadero recelo contra el centralismo porteño y no accedió a la dependencia tucumana. Una situación nacional confusa y la actitud de Bernabé Aráoz dieron los toques finales al proceso. Apareció en esos momentos el único hombre que parecía ser el único capaz de resolver la situación exitosamente para la “madre de ciudades”. Era el comandante de Abipones, Juan Felipe Ibarra. Ganando la escena urbana un caudillo proveniente de la zona rural, llegaba con prestigio y poder, conociendo que la base de su poder no estaba en los grupos de elite de la ciudad sino en el mismo campesinado que le era incondicional. Fue elegido Gobernador Propietario. Sólo faltaba concretar la formal declaración de la Autonomía (Rossi, 1989). Vamos a ver ahora como se leyó la problemática autonómica desde la visión de los santiagueños.

Bernabé Aráoz reaccionó violentamente frente a estos acontecimientos santiagueños y publicó un manifiesto que resultó ofensivo, llamándolo “pueblo limítrofe” a quien el orden jerárquico subordinó a la provincia a su mando, para terminar vaticinando que su incapacidad y minoridad política no le permitirían su autogobierno. La respuesta pondrá sobre el tapete el acuerdo de la obediencia y la libertad, manifestando el deseo que entre Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca se firmasen acuerdos y/o tratados pero en el más absoluto pie de igualdad, siendo en adelante, Santiago del Estero, una provincia libre y autónoma. La Asamblea reunida el 27 de abril, emitió un documento fundante, que junto al pronunciamiento del Cabildo de 1810 constituyen a nuestro entender, dos de los más importantes de la historia santiagueña del siglo, en tanto marcan las líneas directrices de su política. El de 1810 porque se pronunció por la independencia de España y el del 27 de abril porque manifestó su voluntad de ser autónoma y libre comenzando a regir su propia vida independiente. Y la figura de la Autonomía fue Felipe Ibarra. Los autores consultados coinciden en señalar que ella se produce con la llegada del “saladino” al poder y que militarmente fue obra suya. En adelante será líder y caudillo y su imagen será imborrable y casi indestructible para los campesinos (Rossi, 1989).

Durante su largo gobierno de treinta y un años, Ibarra dictará una serie de decretos que regularon la organización interna del nuevo estado provincial y que respondían al concepto de orden y organización que como militar el tenía. Dispuso el régimen de entrada y salida de la provincia con su correspondiente pasaporte, cuya violación sería reprimida con multa de dos meses de servicios en obras públicas. Combatió el vicio y la vagancia, el juego de cartas, dados, tabas, los que fueron permitidos solo a la clase decente que se suponía tenían una cierta conducta social. Pero si la gente del común transgredía esas normas tendrían dos años de servicios forzados. El robo de hacienda era castigado con cien azotes al ser sorprendidos por primera vez y cuatro años de servicio militar si reincidían. La venta de bebidas alcohólicas, aguardiente y alhoja fue prohibida en las calles limitando su expendio solo a las pulperías (Rossi, 1989).

En materia económica todo parece indicar que manejó las exiguas finanzas provinciales entre el cuidado y la arbitrariedad, creó aduanas interiores y algunos impuestos con los que se suponía defendía la producción local y evitaba el drenaje de divisas y por las cuales hubo muchos inconvenientes con los gobernadores tucumanos, por los altos impuestos que cobraba y el encarecimiento lógico y consecuente de los productos que pasaban por la provincia. Y los productos ingleses tenían altísimos impuestos (Rossi, 1989).

Durante el Ibarrismo se produjeron acuñaciones de monedas locales. La primera en 1823 era de plata con una liga del 25%. Esta moneda fue conocida como “plata ibarrista” y en opinión de Alfredo Gargaro, causó serios perjuicios a la economía provincial, cesando su circulación a los tres años. En 1831 la Legislatura aprobó la circulación de la moneda riojana de buena ley  mientras que en 1836 una nueva acuñación de una proporción levemente mayor de plata. Estas monedas circularon hasta 1846 pero fracasaron en el intento de recuperación económica y empobrecieron la economía provincial. Con frecuencia se aplicaban contribuciones forzosas y en ocasiones confiscó bienes a sus enemigos políticos. Los últimos años del Ibarrismo transcurrieron en medio de una aguda crisis económica. En 1847 una terrible sequía asoló el campo y desoló a los campesinos. Ibarra recurrió a su amigo Juan Manuel de Rosas quien decidió el envío de 30.000 cabezas de ganado, convertidas finalmente en dinero. No tenía esto otro objeto que sacar, circunstancialmente, a Santiago del Estero de la miseria (Rossi, 1989).

En realidad, todo el accionar del caudillo santiagueño estuvo dirigido hacia el interior de la provincia, y cuando necesitaba salir de sus límites era porque tenía que participar en algunas batallas en defensa del “federalismo” rosista del que se convirtió en su baluarte en el norte. Aunque respetando las tradiciones santiagueñas, parece que hasta a las batallas llegaba tarde, por lo menos así lo hacen saber documentos de época y cartas de sus amigos, también norteños. Políticamente Santiago del Estero hizo sentir, en éste proceso, y muy fuertemente su condición de mediterraneidad. De ser esa masa que se interponía entre el norte y el noreste, que no sólo era difícil de atravesar sino casi imposible entrar. A pesar de lo cual sufrió algunas invasiones sobre todo del ejército de Paz asentado en Córdoba. Pero ciertamente, Santiago del Estero e Ibarra se interpusieron en los planes unitarios y jugó un rol preponderante en el mantenimiento de Rosas en el poder por un tiempo equivalente al suyo. La geografía  también jugaba su partida.

 

 LA ECONOMÍA DEL “INTERIOR” EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

 

El llamado “interior mediterráneo” (H. Donghi, 1995) estaba constituido por las provincias de Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán, tres provincias con un desarrollo ganadero que se extendía a Chile y a los llanos riojanos y Tucumán comienza a orientarse hacia las exportaciones. Con las guerras independentistas, en éste “interior” quebró el sector comercial pero se recuperó la producción primaria y Buenos Aires perdió dos mercados muy importantes para la colocación de mercaderías importadas: Chile y el Alto Perú. Así desaparece la calidad de intermediación del interior pasando a ser el “principal sostén de este sector” y si bien hizo frente a los cambios que la revolución conllevaba, no logró recuperar su importancia pre-revolucionaria y sobrevivió adhiriendo a soluciones económicas sucesivas y de corta duración (Chiaramonte). Tulio Halperin Donghi (1998) expresa al respecto: “la vasta zona en la que una vez estuvo el núcleo económico del futuro país es incapaz de incorporarse de modo estable a la nueva economía marcada por la relación más íntima con las metrópolis industriales y financieras de Europa”.

El nuevo panorama está determinado por la reorientación económica que van mostrando muchas provincias, el perfilamiento de nuevas regiones y de “tendencias centrífugas”: la orientación Atlántico-Pacífico es compartida por Córdoba, Santiago y Tucumán; hacia Chile y el mercado alto y bajo peruano se inclina Salta; la producción de ganado para Chile y en la satisfacción de los requerimientos de sus mercados se encuentran Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, San Luis, Córdoba, Santiago del Estero (Chiaramonte).

Esta aparente prosperidad del interior alarmó a Buenos Aires en tanto “amenaza las bases del sistema político que las victorias militares de Buenos Aires en 1840/41 han impuesto en esas provincia” (H. Donghi, 1998). Chiaramonte advierte que el poder “escapar al control de Buenos Aires” estaba en directa relación con esta limitada prosperidad. De tal modo que esta prosperidad interior sobre el final del período conmovió otra vez la posible unidad nacional al disgregar la base económica en tanto se progresa en directa relación con las “áreas limítrofes extranjeras”. Visto desde las pretensiones de Buenos Aires, son tantos los peligros que muchos piensan “que para afrontarlos es necesario reemplazar el sistema que se asienta sobre la hegemonía porteña por otro que signifique una real unificación política, suprima las barreras anteriores y elimine las ventajas que B.A, ha conservado celosamente” (H. Donghi, 1995).

Sobre la orientación que hacia el final de la primera mitad del siglo XIX mostraban Córdoba y Santiago del Estero en la colocación de vacunos y mulares: Atlántico/Pacífico. Sirva como ejemplo el hecho de que en Santiago del Estero eran la familia Taboada una de las que, teniendo en sus estancias ribereñas al Salado un número muy importante de vacunos, traían mulas del Litoral y las vendían a Bolivia y al Perú (Dargoltz, 1991). Chiaramonte observa que había quienes consideraban peligrosa la posible dependencia “con el país transandino”, porque su relación no solo se basaba con las exportaciones sino que también traen de ese mercado los insumos necesarios, muy a pesar de las infructuosas trabas que les pone Buenos Aires. Las producciones del interior no son absorbidas por Buenos Aires en su totalidad y éstas provincias rechazan el papel moneda bonaerense. Obviamente les convenía mucho más el retorno de metálico chileno/Alto/Bajo peruano.

 

 CÓMO JUEGA EL “CAPITAL COMERCIAL EN LA EXPANSIÓN GANADERA”

 

La pos-independencia generó tensiones muy fuertes que pueden apreciarse en el modo de reconfiguración regional. Y apreciábamos como el Norte va cambiando de configuración al compás de las cuestiones políticas y económicas mientras tensionaba sus relaciones con Buenos Aires. La estructuración provincial es en la perspectiva de Chiaramonte, una cuestión de “debilidad de la organización social”. Autonomía equivale a “debilidad”. Recordemos en éste punto la postura de Catamarca ante la posibilidad de una autonomía  de Tucumán y cuáles son las razones que desde Córdoba se esgrimen para no acatarla.

La perspectiva que el mismo autor adopta sobre lo que considera los fundamentos de los estados provinciales, nos permite analizar la situación de Santiago del Estero: existía, en principio una presencia muy fuerte de lo que llama “binomio ciudad- provincia”, desarrollaba una estructura económica básicamente de subsistencia a pesar de que eventualmente accedían al mercado, se mantenía el nivel artesanal en las producciones mercantiles, existía un sector dominante compuesto por mercaderes y sector mercantil que tenía en sus manos el comercio y las producciones. Para ese sector dominante, que en este contexto comienza a cambiar de fisonomía, comienza a resultar atractivo el mercado exterior para la colocación de las producciones pecuarias, que son ahora unidades de mayor envergadura y propiedad de familias. En cuanto a la ganadería propiamente dicha, predominaba el tipo “mercader” junto al cual existían un número variable de productores subordinados. Deberíamos decir sobre este punto que en Santiago del Estero este núcleo de pequeños y medianos productores actuando en función del sector dominante operando en otras partes de la región, no se conformó. Existía claramente identificado este sector dominante conformado por un importante número de familias como los Iramaín, los Gorostiaga, los Taboada, los Paz y Figueroa, etc. entroncados con los conquistadores y las primeras familias afincadas en el territorio, y el resto eran campesinos en calidad de “ocupantes”, el mismo amplio sector subalterno que luego pasará a servir en el ejército cuando la guerra del Paraguay, luego se convertirá en hachero o peón que trabaje en la tala del bosque.

Chiaramonte considera a esta etapa como una suerte de interregno en la que no puede hablarse todavía de “capital mercantil” y sí se da una transición en la que operan algunas innovaciones generadas por el capital comercial -y que van a prefigurar la “estancia de la segunda mitad del siglo XIX”-, que sigue ocupando el lugar de dominación “en los espacios económicos”, heredado desde aquella colonia en el que actuando como intermediario entre la metrópoli y las ciudades americanas era el “último factor de dominación económica”. En la etapa posterior abordaremos el funcionamiento de la estancia santiagueña que ya aparece con su fisonomía bien marcada y la nueva situación de una “relación social más compleja” entre el patrón y el peón o propietario-perón.

 

EL PARTICULARISMO PROVINCIAL

 

Miron Burgin señala que este fue un proceso en el que se iba perfilando la división del trabajo entre el Litoral y el interior. Pero no puede pensarse todavía en una verdadera integración regional, ni en un mercado nacional y por lo tanto tampoco de mercados regionales. Se observa la orientación hacia el mercado exterior que va “bosquejando” las futuras regiones del futuro país. Expresa Chiaramonte: “... de la misma manera que el país en bosquejo, las futuras regiones son aún esbozos, en los que parte de la economía fuerza en una dirección y la estructura social en otra. Porque el modo de la cuestión consiste en que son la estructura social y sus expresiones políticas las que imponen, a través del fuerte particularismo provincial, otra realidad ceñida a los límites de los estados provinciales, aunque la conformación económica que le dio origen estuviese en proceso de transformación”.

 

Durante la primera mitad del siglo XX, la vieja estructura económica tenía su correlato con las características de la vida social. Ahora bien, cuando ésta comienza a ruralizarse también se modifican, lentamente, algunas pautas de fuerte arraigo, en estas direcciones: el espacio de lo público comienza a manifestarse como un campo de disputas con un fuerte perfil de ruralidad, el rol del caudillo aparece teñido de duplicidad, porque mientras aseguran la “hegemonía de los sectores populares” -sobre la que basa toda su fortaleza y legitimidad- no interfiere con la “preeminencia de los grandes propietarios” y lo programático aún no encuentra espacio frente a la fuerza de las “solidaridades personales o familiares”.

 

Y las burguesías mercantiles de las provincias resignan la posibilidad de poner en funcionamiento sistemas representativos “ante el poder del caudillo” que se apoya en los sectores rurales fuertemente movilizados y armados. En tal sentido resulta muy ilustrativo el ejemplo de “resignación” de la burguesía santiagueña cuando decide llamar a Felipe Ibarra para sostener la autonomía y pasar a desempeñar lugares secundarios en las próximas tres décadas. Aunque cuando se analiza más de cerca el proceso ibarrista y puede verse a un Manuel Taboada, sobrino de Ibarra y miembro de la burguesía urbano-rural que había recurrido al “saladino” en los años ’20, por ejemplo, actuando durante mucho años como secretario privado de su tío. O a quien era el supuesto enemigo político, Antonino Taboada, hermano de Manuel, que supuestamente huyendo del poder rosista se había refugiado en sus estancias del Salado, pasearse tranquilamente a caballo por el centro de Santiago con un poncho celeste y blanco, por mencionar solamente dos ejemplos de los muchos que existen,  la supuesta resignación no aparece tan claramente definida. No coincidimos con  Alen Lascano cuando sostiene que “ésta dúplice familia no fue objeto de ninguna persecución en aquellos tiempos de odios y violencias. Ni incurrieron en las iras de Ibarra, a quienes tantas jugarretas le hicieron. ¡Y eso que por menos, otros fueron a parar al cepo y la azotaína!. Es que a mas de primos, los Taboada eran una de las debilidades afectivas del Caudillo”. La situación no se alcanza a entender por una simple cuestión de debilidad por parentesco, parece una afirmación muy débil de sostener. Más bien se dan un conjunto de matices que presuponen la existencia de un caudillo rural que cuida los intereses de los grandes propietarios y los “convida” con espacios de poder más o menos importantes. En el fondo, y tal vez no tanto, Ibarra era un igual a los Taboada, que advertimos una vez más son sólo un ejemplo de otras familias santiagueñas que actuaban en la época, ya que la mirada del caudillo de las supuestas bondades del campesinado que le era fiel era desde un lugar desde el lugar del superior. Recordar las medidas de buenas costumbres y las prohibiciones que realiza y a quien las realiza. En el marco de una economía que comienza a orientarse hacia el exterior pero que aún no es capitalista, Chiaramonte plantea esta situación como la expresión política de una nueva relación entre los grupos mercantiles y los grandes propietarios. En Santiago no aparece muy clara esta segmentación entre “grupos mercantiles” y “grandes propietarios”, más bien aparece como un entrecruzamiento de las dos condiciones en un mismo grupo.

 

Respecto del fenómeno del caudillismo la ruralización de las bases del poder, debemos recordar lo que ocurrió al momento de luchar en las guerras de la Independencia, cuando las masas rurales fueron sacadas de su medio laboral para pelear ellas. Allí absorbieron la ideología igualitaria y la situación se complica, una vez terminado el proceso independentista, cuando se busca reinsertar a esas masas en el mundo de la producción. Sus efectos políticos son una de las situaciones más complicadas para controlar cuando el capital comercial se está orientando (débilmente)  al “mercado mundial capitalista de desarrollo. Es interesante ver como el historiador santiagueño Alen Lascano (1992) piensa al ibarrismo como “un proceso de cambio en el intento de rectificar la economía liberal y volver a un régimen protector capaz de asegurar mínimas garantías sociales”. Deberíamos considerar si la manifiesta decisión de incorporar a la Argentina en el mercado capitalista internacional guarda relación con las acciones de intento de exterminio del caudillismo y poder controlar su efecto político entorpecedor. Y en tal sentido ver como durante el siglo XIX en Santiago del Estero van desarrollándose estas conflictivas relaciones.

 

Otro analista santiagueño, Bernardo Canal Feijóo (1934) advierte claramente esta idea de provincianidad cuando sostiene que “Ibarra fue la unidad terráquea, el paisaje y el alma del paisaje. En su programa táctico de gobierno contaban el río Dulce, los esteros del Bracho y las Salinas”. Luego, confirma esta idea en lo que es casi una sentencia: “Ibarra, sin principios ni leyes, tenía una bandera: Santiago”. Pero también observa el agotamiento del sistema y el paso a una nueva situación transicional en que la provincia comienza a desvanecerse en pos de un abstracto: la nación: “Cuando muere hacia mediados del siglo, el objeto histórico de su existencia estaba cumplido, agotado. El era el problema de límites y de la autonomía: “la provincia”. Al morir ya estaba planteado un nuevo problema mayor pero que no se puede comprender sin la resolución previa del primero: “la nación”. Ahora había que elevarse a la unidad mayúscula de la nación argentina”.

 

2.2. EL TABOADISMO

 

En consonancia con los cambios mundiales, pero desde un lugar signado por la dependencia, Argentina inició un rápido proceso construcción del Estado Nacional y de modernización social direccionado por una clase dirigente –“clara minoría tenaz y convencida de la bondad de su proyecto, que supo y pudo imponer al resto”(Chianelli, 1992)- dispuesta a generar un proceso similar al europeo organizando un conjunto de transformaciones que“harían de la Argentina un país civilizado” (A. Puigrós) . Este proyecto nacional encontró fuertes adhesiones entre los grupos dominantes y también una severa resistencia popular.

 

El fin del rosismo posibilitó la llegada al poder de hombres dispuestos a generar estas transformaciones radicales que mientras participaban activamente en la creencia de un progreso indefinido, ajustaban sus producciones a los requerimientos del mercado agroexportador señalados por el capitalismo internacional. Este fue el marco del proceso que señala el dominio de la familia Taboada en la provincia de Santiago del Estero, miembros de la oligarquía local que reconoce antecedentes significativos ligados a la dirección de la vida política pre-republicana y en la primera mitad del siglo XIX formaron parte “de la elite” queo bien apoyó directamente al federalismo ibarriano-rosista o bien convivió medianamente bien con él o hizo“el papel de guía político de  una facción cuya indigencia ideológica le hacía necesitar urgentemente de ellos”(H. Donghi, 1995). Los Taboada formaron parte de esos grupos interiores que actuaron en consonancia con la política nacional del posrosismo y como operarios de ella, enrolados en el Liberalismo, coadyuvaron a la resolución de los conflictos derivados de la imposición del nuevo orden y hacia el interior provincial comenzaron con el desarrollo de formas capitalistas de producción.

 

El poder que el Taboadismo impuso en Santiago del Estero entre 1851 y 1875, sentó en el mismo espacio las bases de la organización institucional y de la modernización y buscó preparar a la provincia para ingresar en un orden mundial capitalista y en una Argentina que optó por una política económica de extraversión, en el marco de la formación del Estado Nacional que da sus primeros pasos hacia el Estado oligárquico como Estado capturado (Ansaldi, Falleti, 1992). Para concretar su proyecto, se articularon complejas redes de relaciones de poder que homogeneizaron las estructuras sociales mediante una política de exclusión modificando las relaciones de fuerza del bloque histórico precedente y estableciendo un anclaje en Santiago del Estero, buscaron extenderlo sobre la región del NOA. Claro que para ello deberán realizar importantes compromisos con la burguesía comercial y la elite burocrática central tras lo cual sobrevino la utilización del nepotismo, de políticas de seducción, el uso de la violencia legítima, la dominación y la doble representación (Saguier, Luna 1991). Podríamos decir entonces que el Taboadismo representa el espacio constitutivo del Estado-Nación en Santiago del Estero a partir de la resolución -altamente conflictiva- de tres componentes: el inicio de una economía nacional y la centralización del poder en un sistema de dominación a nivel nacional. Dicho de otro modo, fue el principio de resolución de los tres términos antagónicos, resueltos finalmente en el marco del desarrollo económico internacional (Oszlak, 1997).

 

 PRIMERA ETAPA EN LA ORGANIZACIÓN DEL ESTADO NACIONAL E INTENTO DE ALIANZA INTEROLIGÁRQUICA

 

Oscar Oszlak (1997) sostiene que los grupos dominantes porteños lograron nacionalizar el Liberalismo y organizar el Estado-Nación a partir de la derrota de la Confederación Argentina, el intento más orgánico para establecer las bases de un Estado Nacional desde 1810. Su fracaso debe llevar a incorporar al análisis los significados alternativos que tuvo la llamada “cuestión nacional” para las diferentes regiones y los intereses en pugna a la luz de la actividad económica; el sentido que adquiriría la cuestión del orden y su desagregación en los distintos planos de la relación social; los recursos administrativos y fiscales disponibles para construir la base material del aparato institucional del Estado y su debilidad frente a las exigencias del proceso de transformación social y la correlación de fuerzas políticas existente; el juego de alianzas que permitió finalmente sentar las bases políticas e institucionales de un Estado Nacional.

 

Con Caseros y la guerra civil que le sucede, se enfrentaron dos propuestas de organización nacional en consonancia con los respectivos “intereses económicos”. Para Oszlak, la victoria aliada sobre Rosas debe ser leída como el primer paso para que los grupos dominantes del interior articulen sus intereses económicos con los del puerto de Buenos Aires, el sentido último de la Organización Nacional. En tanto que las dificultades que los grupos dominantes encuentran para operativizar la articulación mercado internacional / factores de producción locales, ponen distancia entre la “constitución formal de la Nación y la efectiva existencia de un Estado Nacional”, imponiendo adecuar el funcionamiento social acorde al “nuevo perfil del sistema productivo y las relaciones de dominación”.

 

Había entonces urgencia por resolver la problemática del Orden y en este nuevo escenario, el Estado aparece como el único elemento en condiciones de clausurar el largo período de “des-orden” articulando la sociedad civil sobre la base de una “alianza de sectores sociales que pueden movilizar los recursos suficientes para instituir un pacto de dominación”. Oszlak (1997) interpreta que el Estado Nacional fracasa en su establecimiento en el marco de la Confederación Argentina porque no están dadas aún las condiciones para articular un pacto de dominación.

 

El punto es que al momento de producirse Caseros todavía no puede hablarse de la existencia de una “clase dirigente” de amplitud nacional, con lazos solidarios y mancomunión de intereses de los que se pensaba como “la nación posible”. De hecho ya está planteado un nuevo mapa de realidades cuyas posibilidades de éxito son mayores en la idea de organización nacional pero falta bastante tiempo para lograr exitosamente estas tentativas. Existen, sí, diversos grupos dominantes del interior, sean “burguesías mercantiles o mercantil-rurales, que controlan la producción y comercios locales en la que los lazos de parentesco predominan en la construcción de las empresas” (Chiaramonte).

 

Existen en éstos momentos en algunos acuerdos básicos tras la necesidad de unión, habiendo comprendido que la euforia autonomista sumió en la más profunda miseria a varias provincias mediterráneas -de hecho fue lo que pasó con Santiago del Estero-. Los distintos niveles de desarrollo regionales aparecería como un serio obstáculo para planificar la unidad nacional. En las provincias las oligarquías que monopolizando el poder político se había aferrado in eternum a él también se apoderaron de las mejores tierras consolidando enormes latifundios, mientras que las clases subalternas perdieron toda “significación política y hasta los sectores urbanos carecían de influencia a causa del escaso desarrollo económico”. Debía ser entonces, a nivel de las oligarquías provinciales por donde la situación debería ajustarse, pero aún entre ellas había serias diferencias ocasionadas por los enormes desniveles de recursos entre Buenos Aires, interior y litoral (Romero, 1997).

 

Chiaramonte dirá que las burguesías provinciales veían dificultadas sus relaciones recíprocas por su mentalidad precapitalista impidiendo la organización de una clase nacional. Las dificultades económicas provinciales eran razones muy fuertes para el establecimiento de relaciones centrífugas y eso hacía peligrar el proyecto de organización nacional, constituyéndose en factores de tensiones políticas internas. Y que en el proceso de organización de la nación no triunfó la oligarquía porteña, sino la unión de parte de aquellos viejos grupos que en el proceso fueron transformándose “paulatinamente”  integrando conciliatoriamente sus perspectivas para disfrutar de las ventajosas oportunidades en ciernes. La conjunción de intereses terminó en el 80, donde apareció bien perfilada la conformación de una clase nacional y la desaparición de expresiones particularistas.

 

En esta dirección, y refiriéndonos al caso de Santiago del Estero, podríamos sugerir que los Taboada, que aparecen ante la derrota de Urquiza como aliados incondicionales del mitrismo, están representando todavía este juego de intereses oligárquicos provinciales  particularistas. Y que su tremenda desaparición del escenario nacional en 1875 podría leerse como que su particularismo implicaba un obstáculo muy serio para la conformación de la nación argentina y los intereses nacionales advirtieron que no lograrían de ellos una integración con el juego de intereses nacionales para alcanzar la alianza interoligárquica, sino solamente con su desaparición.

 

                                                                   LA EXPLORACIÓN DEL SALADO NORTE

 

                                                      Frontera y capitalismo en la historia santiagueña

 

 Santiago del Estero es un amplio espacio transicional entre la Argentina montañosa y la Argentina llana y tiene dos ríos que la atraviesan en diagonal hacia el sureste. Son el río Dulce y el río Salado, éste último conocido en el siglo XIX como Salado Norte. Pues bien, el Salado entra a Santiago desde Salta y penetrando en Santa Fe va a desembocar en el río Paraná. “En partes corre por un lecho encajonado y en otras se abre en un ancho y dilatado estuario, formando grandes lagos durante las crecidas. Es en este trayecto de playas anchas, donde el cauce se vuelve voluble y tornadizo, donde las aguas cambian de curso, alejándose algunas veces de las poblaciones”(Di Lullo, 1949).

 

Históricamente, el territorio santiagueño desarrolló su vida económicosocial en el marco de la llamada Mesopotamia Santiagueña, esa franja tan angosta como disputada de tierra que se extiende entre ambos ríos marcando una suerte de corredor que servía de puente para comunicar al Alto Perú con la región del Plata.

 

Observando atentamente los procesos que venían desarrollándose en otros países que llevaban adelante experiencias progresistas desencadenadas a partir de la Segunda Revolución Industrial, los Taboada en tanto grupo dominante se movilizan y elaboran propuestas “tras las posibilidades de recrearlas”localmente con orientaciones europeas y norteamericanas. Buscan la legitimación de tales experiencias recuperando el ideario de Mayo y colocando en el centro mismo de sus propuestas la filosofía del progreso, en su visión “la condición de la existencia misma de la sociedad” y el “fundamento mismo de la nacionalidad” al erigirse como una “idea integradora”. La “tierra, el trabajo y el capital”son los elementos encargados de enderezar exitosamente el progreso que parece arrollador e incontenible (Oszlak, 1997).

 

En éste amplio espacio de ruralidad, los santiagueños dependían para su subsistencia de lo que ocurriera en y con la tierra, y el cultivo de algodón y la cría de ovejas aparecían en la década del ’60 como las “dos fuentes inagotables en que se cifra el provenir, el bienestar y la riqueza de éstos pueblos” (Varela, 1866). Cuestiones ligadas a consideraciones económicas, técnicas y demográficas que operaban en diversas escalas (local, regional y mundial) y cada vez estaban mas directamente relacionadas con un mercado mundial en frenética construcción, a través del ferrocarril y el vapor. Ese mercado demandaba productos agrícolas y generó, por consiguiente, una fuerte expansión de aquellas tierras destinadas a la agricultura.

 

Este es el marco en que se desarrolló el proyecto de navegabilidad del río Salado del Norte, proyecto que pretende convertirse en una “empresa importante, por cuanto ella conduce a imprimir un gran movimiento comercial e industrial a las ricas provincias que este río atraviesa en su largo curso” (Rams y Rubert, 1860), Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. El corazón mediterráneo argentino cuyas históricas relaciones económicas se habían dado con Chile y el Alto Perú.

 

De tal modo que el proyecto del Salado es un proyecto de desarrollo estratégico regional y atlántico, con una fuerte apoyatura en Santiago del Estero, sus hombres y sus recursos, pensando en su activa incorporación al naciente Estado Nacional argentino y en la inserción en una economía de exportación, como productora de materias primas que serían extraídas del territorio por medios fluviales. Esto es, por el río Salado a Europa vía río Paraná. Y que tendría como soportes complementarios la navegación del río Bermejo y la extensión del ferrocarril.

 

Ahora bien. La historia del Salado se asocia históricamente con la línea fronteriza norte de Santiago del Estero, con las antiguas haciendas coloniales que operaban como espacios de alto nivel de conflictividad al ser la última línea de asentamientos blancos y al mismo tiempo actuando como línea de avanzada hacia el territorio indígena. Un espacio históricamente estratégico pero cuyos intentos de desarrollo fueron espaciados y espasmódicos, terminando las más de las veces en rotundos fracasos.

 

Lo cierto es que los territorios ubicados en la margen norte del Salado fueron históricamente para los pobladores blancos una suerte de frontera caliente con los indígenas del Chaco Gualamba, parcialidades guerreras cuya hostilidad hizo que los pobladores españoles prefirieran recostar sus vidas y posesiones territoriales sobre las orillas del Dulce, área que, evidentemente, les ofrecía mayor tranquilidad y que generó un proceso de poblamiento en dirección opuesta al río Salado. No debemos olvidar que el Gran Chaco fue el último territorio incorporado al Estado argentino y sobre los primeros años del siglo XX. De modo que, no digamos ya la habitabilidad de la ribera derecha del Salado sino la misma ribera izquierda fue un territorio poblado y despoblado alternativa y espasmódicamente. Ritmo que marca también las vicisitudes de la historia santiagueña. Esto nos lleva a tener que considerar junto con el proyecto de navegabilidad, el cierre económico de la frontera del Salado, en un proceso de reapropiación territorial por parte de la red social y de familias del taboadismo, que anticipó lo que acontecería en la provincia de Buenos Aires en la llamada “conquista del desierto”.

 

                                                                            LA HISTORIA DE UN PROYECTO

 

 Para 1852 tenemos los primeros documentos que nos señalan que el proyecto de hacer navegable el río Salado con fines comerciales estaba ya en la mente del taboadismo. Para ese mismo año, Manuel Taboada expresa la idea de desviar las aguas del río Dulce a la altura de lo que se conoce como el Saladillo  para aliviar el caudal del río Salado. Con esto se esperaba eliminar un problema de inundaciones, desbordes cíclicos, entorpecimiento del tránsito de mercaderías y personas demorándolas innecesariamente y exponiéndolas a los ataques de los indígenas que aprovechaban estas coyunturas para atacar.

 

En una primera circular fechada el 10 de agosto de 1855 Santiago Derqui como Presidente de la Confederación Argentina se dirige al gobernador de Santiago del Estero para ponerlo en conocimiento de que el gobierno nacional  ha aceptado el estudio que el norteamericano Comandante M. Page realizará de los ríos argentinos en su calidad de Director en Jefe de la Expedición Exploradora de América. De tal forma que como en el caso en cuestión el río atraviesa la provincia de Santiago del Estero de norte a sur, solicita al gobernador, Manuel Taboada, que auxilie a Page en todo lo que este necesite. En la respuesta del mandatario santiagueño se refleja la situación: es el gobierno nacional el que contrata con la casa Smith Hnos. y Cía. (ver Apéndice) para verificar la posibilidad de navegación a vapor de los ríos santiagueños  Dulce y Salado. Taboada advierte las ventajas que la acción traería para el comercio y la industria no solamente para Santiago sino para todas las provincias del NOA en su comunicación con el Litoral, que ya se avizoraba como de un futuro prometedor. Y afirma que “hará todo cuanto esté a sus alcances para facilitar los hombres de que precisa el empresario...”.

 

En octubre del mismo año Taboada comunica que las fuerzas militares santiagueñas marcharían por la costa del Salado custodiando a Luis Belbey –baqueano designado por Rams y Rubert- quien haría el recorrido en bote. Partirán desde Matará –lugar de origen de la familia Taboada- donde esperará Antonino Taboada y llegarán hasta Palo Negro o Higuerillas llevando “banderolas blancas” para que no los confunda’n con indígenas que anduvieran merodeando la zona. Antonino Taboada es designado Jefe de la Expedición Exploradora del “Río Juramento” y el gobierno de la confederación envía refuerzos comandados por el comandante Crespo quien se encontrará con las fuerzas de Taboada en Palo Negro. Para el gobierno de la provincia la navegación del Juramento “es una bella y halagadora esperanza”.

 

La navegación del Salado aparece, reiteradamente, como importantísima para el futuro económico de Santiago y las demás provincias del NOA, pero también para la Confederación cuyo provenir “venturoso” estaba en manos de la concreción del proyecto, entre otras cuestiones. La circulación de hombres y mercancías aparecía como el requerimiento para que las poblaciones no quedaran marginadas de las prescripciones establecidas por el mercado capitalista, en lo que se presenta como un serio intento de desarrollo de sistemas de transporte fluviales, a través de los ríos del Gran Chaco. Los santiagueños son condecorados por el emprendimiento y a Antonino Taboada el gobierno de la Confederación lo premia con una medalla de oro. A pesar de todo, la expedición santiagueña no parece haber estado muy bien equipada, “pequeños medios” es la expresión que utiliza el Ministerio de Guerra y Marina al referirse al estado de situación, pero también se advierte que suplieron las dificultades con el valor, la destreza y la perseverancia.

 

Desde El Bracho, el 7 de diciembre de 1857, Antonino Taboada renuncia al cargo provincial de comandante General de Armas y Guardias Nacionales, para aceptar un cargo nacional de las fronteras sobre el río Salado. Con la firma del Vicepresidente de la Confederación Argentina se había remitido al gobierno de Santiago del Estero –y a otras interesadas- el siguiente Decreto relativo al proyecto de navegación del río Salado y la necesidad de organizar una nueva línea de fronteras(Taboada, 1933).

 

Comenzaba un proceso ininterrumpido aunque lento, de avance permanente sobre las tierras del Chaco que va a concluir con la llamada Conquista del Chaco, punto cúlmine de la ocupación efectiva del territorio argentino por parte del Estado Nacional. Doña Lorenza, Añatuya, Aguará, Jumi Isla, Monte Caseros, Fuerte Viejo y La Isla son algunos de los fuertes y fortines levantados por Antonino Taboada en ésta nueva línea. Son una mezcla de puntos de contención de las parcialidades indígenas del Chaco-Santiagueño y colonias agrícologanaderas en donde existió un importante esfuerzo personal de Antonino Taboada por “distribuir útiles de labranza y semillas, llevar sacerdotes que los evangelizaran [a los soldados] y erigido templos”. Ya en 1859 Antonino Taboada había expresado a su hermano Manuel “la esperanza de ver pronto un pueblo floreciente como el Bracho defendido por soldados industriosos que busquen sus subsistencias con el arado antes de ir a tantear las arcas vacías de la provincia o de la Nación” (Di Lullo, 1953).

 

Pero en tanto las obras necesitan prosecución ¿de dónde saldrían los obreros necesarios para un emprendimiento de tal envergadura? La colaboración taboadista es de suma importancia, de tal manera que el Ministro del Interior solicita al gobernador santiagueño que aporte los soldados que necesitara Rams para emprender los trabajos en una obra que, por otra parte, resulta de interés nacional. Y que luego de terminadas las obras, se los licencie por otro tiempo equivalente. Agregando que no duda que Antonino Taboada hará toda clase de sacrificios en pos de la obra que también interesa particularmente a Santiago del Estero. Los soldados en la obra de Rams son mezcla de militares y obreros realizando una doble tarea.

 

Urge hacer navegable el río y por ello hay necesidad de impulsar a otras provincias del NOA. El gobierno nacional entiende que desde la gobernación provincial se hizo todo lo solicitado y se proyecta una nueva entrada al Salado. Pero Rams y Rubert no espera la creciente, tal cual se le indicara y debe regresar , dejando a Antonino Taboada esperándolo. Con lo que lo que no se hace esperar es la reacción del gobierno santiagueño que se presenta en queja ante Derqui deplorando la actitud del empresario y recordando que goza de una cantidad de privilegios a los que les está dando un mal uso, y en tal sentido quita la posibilidad de realizar el ofrecimiento a otros. Advierte entonces en cuanto perjudica a la provincia de Santiago del Estero la mala disposición en las expediciones, no solamente porque la creciente de ese año (1858) es extraordinaria sino porque las esperanzas puestas en tal emprendimiento se esfuman.

 

Por otra parte, siempre en la misma carta, el gobernador considera que es muy poco factible la construcción de diques y esclusas para facilitar la navegación, tal como estaba proyectado, que las obras serían inútiles, irrealizables y poco después de iniciadas serían abandonadas. Solicita que las obras no se ejecuten apoyándose en la idea, que aparece como bastante cierta, de que ningún miembro del equipo de Rams y Rubert conocen bien el río y que “esterilizan los esfuerzos y sacrificios de la provincia” y en tanto que “la empresa no puede llevar a cabo de manera segura y racional el compromiso contraído, sea retirado el privilegio que viene a servir de estorbo y que se ofrezca a todos los que navegaren el Salado las ventajas que el Gobierno Nacional acordó al Sr. Rams sobre la rebaja de derechos de aduana”.

 

En una nueva nota de noviembre de 1959 Rams se dirige al gobernador Borges anunciándole la formación de la Asociación para la Empresa del Río Salado, una vez que hubo quedado “garantizada la tranquilidad de la República por el Convenio de Paz celebrado...me he resuelto formar la Asociación...”. A continuación Rams y Rubert ratifica la idea de hacer trabajar el canal del Bracho y abrir los diques y esclusas. Se puede advertir con claridad como recurrentemente se alude al “patriotismo” de Taboada para lograr la navegabilidad del río Salado, esto es no haciendo ver un negocio como particular sino en beneficio de una entidad abstracta que, por otra parte, estaba en pleno proceso de reconfiguración. Pero mientras recuerda al gobernador santiagueño lo patriota que es, le requiere los costos posibles y hombres que garanticen su trabajo. Rams y Rubert se pregunta “si en esa encontrarán hombres capaces que puedan contratarse pata este trabajo y si ellos tendrán suficiente garantía para responder a lo que ellos contrataren”.

 

Apenas un  mes y medio más tarde aparecen, en una nueva carta de el empresario, capitales británicos a los que el mismo acude, poniendo condiciones para aprobar el préstamo “a medida que se haga la obra”. Al mismo tiempo explica como los financistas británicos no mostraron  gran interés en una obra a la que consideraron especulativa, por lo que contrató con la Casa Gil de París 1.200.000 de pesos fuertes para abrir la navegación del Salado desde Salta y de que todos los pueblos costeros tengan la posibilidad de tener puertos. De paso le recuerda los enormes beneficios económicos que obtendrían las provincias del NOA. Por otra parte, el empresario da por segura la navegación por el Salado y recuerda todos los sacrificios que se hicieron hasta el presente para lograrla.

 

La Legislatura provincial, por ley del 2 de noviembre de 1859 concede 100 leguas cuadradas a la empresa de Rams (A.G.P. Carpeta 4), con prórroga hasta el 31 de diciembre de 1866. El gobernador Borges reitera que la provincia está dispuesta a hacer cualquier sacrificio para proseguir con la empresa “que tantos beneficios traerá”. ¿Está convencido de lo que expresa? ¿Qué había recibido la provincia hasta ése momento, además de medalla de oro?. En una notificación fechada en noviembre 25 de 1862, el gobernador Borges comunica a Rams y Rubert la decisión de la concesión territorial y comenta que “está persuadido de que los acontecimientos políticos que se han sucedido en la República han sido los únicos inconvenientes con que ha tropezado la empresa para llevar a cabo sus propósitos ... con la especial recomendación de que cualquier sacrificio que en beneficio de la empresa pudiera  hacer la provincia de Santiago del Estero, sería muy insignificante ante las inmensas ventajas que ha de conseguir...”.

 

Al día siguiente una misiva del empresario comunica al gobernador que está pronto a iniciar una nueva exploración para ratificar lo anteriormente verificado. Es notable como de a poco van apareciendo los personajes de esta historia: el gobierno británico, el Cónsul británico con sede en Rosario Tomas Hutchinson y la intención del mismo de verificar la adaptabilidad de las costas del Salado para plantaciones de algodón que necesita Gran Bretaña. ¿Qué problemas tiene Inglaterra con sus proveedores de materia prima para que ponga sus ojos en Santiago del Estero?: la Guerra Civil norteamericana los ha dejado sin la necesaria provisión de algodón para sus industrias textiles. El gobierno nacional se encarga de asegurar el tráfico de mercancías a través del establecimiento de una línea fronteriza. Por otra parte la misiva expresa con tanta claridad la conjunción de intereses en la empresa: el de Gran Bretaña, el del gobierno nacional y el del propio Rams (lo que no dice son los intereses de los propios dirigentes santiagueños, pero sus intereses particulares, no os provinciales, lo público y lo privado no reconocen límites claros, ni siquiera medianamente claros) ... todo ... pensando en la prosperidad de la provincia de Santiago del Estero y de las del NOA.

 

Rams sugiere al gobierno de Santiago  que para cuando presenten al Cónsul británico le muestre las producciones locales como atracción de capitales y población, de paso le recuerda que la empresa cuenta con el apoyo del gobierno nacional. En una carta inmediatamente posterior, Rams y Rubert mantiene al gobernador provincial informado sobre la marcha exitosa de los trabajos de ingeniería y le recuerda que el general Antonino Taboada anduvo llevando al Cónsul británico por las orillas del Salado hasta Tucumán, y que pronto él mismo llegará con el Cónsul, para que tenga preparadas las muestras para enviar el “viejo mundo”.

 

Para diciembre de 1863 nuevamente está como gobernador de la provincia Manuel Taboada y Rams y Rubert le comunica que se van a comenzar los trabajos más importantes  por lo que propone una gran inauguración con la presencia de las autoridades y personajes más importantes, que se llevará a cabo en las inmediaciones del Fortín Bracho. En otra carta fechada el mismo día le solicita información sobre el peso que podrían tener la totalidad de las mercaderías y materias primas exportables. Evidentemente el empresario necesita justificar la compra de los vapores y –tenerlos para el acto inaugural, y también que el propio gobernador exprese las potencialidades de la producción local. Las obras se inauguran el 25 de diciembre de ese año y Rams y Rubert le enviará posteriormente, la pala y el hacha que Manuel Taboada utilizara “para dar principio a dichos trabajos”, para conservarlos en la provincia para “la memoria”.

 

Pero en tanto las obras necesitan prosecución, se suscita una problemática muy importante: la necesidad de obreros para realizar las obras previstas y en ejecución. Había que construir, entre otras cosas, canales, diques y esclusas. El elemento técnico y profesional del emprendimiento era cubierto por profesionales extranjeros y algunos nacionales, pero: ¿de dónde saldrían los obreros necesarios para un emprendimiento de tal envergadura? Los santiagueños eran campesinos, también reconocidos como buenos soldados, pero no obreros con la connotación que se estaba dando a las necesidades de la obra, de obreros asalariados. Por otra parte, la colaboración taboadista es de suma importancia, de tal manera que el Ministro del Interior solicita al gobernador santiagueño que aporte los soldados que necesitara Rams para emprender los trabajos en una obra que resulta de interés nacional. Y además le dice que luego de terminadas las obras, se los licencie por otro tiempo equivalente. Los soldados son nuevamente una curiosa mezcla de militares fortineros, agricultores  y obreros cuasi-industriales.

 

El fracaso de una nueva entrada al Salado por no esperar la creciente hizo reaccionar de manera furibunda al gobierno santiagueño en una extensa carta al Ministro del Interior, Santiago Derqui, deplorando la actitud del empresario quien gozaba de una cantidad de privilegios a los que les estaba dando un mal uso, quitando la posibilidad de realizar el ofrecimiento a otros. Advierte entonces en cuanto perjudica a la provincia de Santiago del Estero la mala disposición en las expediciones porque las esperanzas puestas en tal emprendimiento se esfumaban. Y además el gobernador considera que es muy poco factible la construcción de diques y esclusas para facilitar la navegación, tal como estaba proyectado, que las obras serían inútiles, irrealizables y poco después de iniciadas serían abandonadas. Apoyándose en la idea de que ningún miembro del equipo del Rams conoce bien el río, solicita la no ejecución de las obras ya que “esterilizan los esfuerzos y sacrificios de la provincia y en tanto que la empresa no puede llevar a cabo de manera segura y racional el compromiso contraído, sea retirado el privilegio que viene a servir de estorbo y que se ofrezca a todos los que navegaren el Salado las ventajas que el Gobierno Nacional acordó al Sr. Rams sobre la rebaja de derechos de aduana”.

 

En noviembre de 1959 Rams dirige una nota al gobernador santiagueño Borges anunciando la formación de la Asociación para la Empresa del Río Salado, había tomado la resolución de formar la Asociación una vez que hubo quedado “garantizada la tranquilidad de la República por el Convenio de Paz celebrado” ratificando la idea de hacer trabajar el canal del Bracho y abrir los diques y esclusas. Se puede advertir como recurrentemente se alude al “patriotismo” de Taboada para alcanzar la navegabilidad del río Salado, esto es no haciendo ver un negocio como particular sino en beneficio de una entidad abstracta que, por otra parte, estaba en pleno proceso de reconfiguración. Pero mientras recuerda al gobernador santiagueño lo patriota que era, le requería los costos posibles y hombres que garanticen su trabajo. Está lleno de dudas y las traslada con mucha elegancia. Se pregunta “si en esa encontrarán hombres capaces que puedan contratarse para este trabajo y si ellos tendrán suficiente garantía para responder a lo que ellos contrataren”.

 

Los capitales británicos que habían sido tentados por el empresario ponían condiciones para aprobar el préstamo, consideraron especulativa a la obra y no pusieron gran interés. Descartado este aporte, se contactó con la Casa Gil de París 1.200.000 de pesos fuertes para abrir la navegación del Salado desde Salta y hacer, de este modo, que todos los pueblos costeros tengan la posibilidad de tener puertos. Dando por segura la navegación del Salado, el empresario recordaba al gobernador santiagueño los enormes beneficios económicos que obtendrían las provincias del NOA con la obra en ciernes.

 

La Legislatura provincial, por ley del 2 de noviembre de 1859 concedió 100 leguas cuadradas a la empresa de Rams, con prórroga hasta el 31 de diciembre de 1866. El gobernador Borges reiteraba la disposición provincial a cualquier sacrificio para proseguir con la empresa “que tantos beneficios traerá”. ¿Estaba convencido de sus dichos? En una notificación inmediatamente posterior comunicó al empresario la decisión de la concesión territorial y su persuasión “de que los acontecimientos políticos que se han sucedido en la República han sido los únicos inconvenientes con que ha tropezado la empresa para llevar a cabo sus propósitos ... con la especial recomendación de que cualquier sacrificio que en beneficio de la empresa pudiera  hacer la provincia de Santiago del Estero, sería muy insignificante ante las inmensas ventajas que ha de conseguir...”.

 

Al día siguiente el empresario comunicaba al gobernador el inicio de una nueva exploración con vistas a ratificar los conocimientos adquiridos. Resulta notable como de a poco van apareciendo los personajes de esta historia: el gobierno británico, el Cónsul británico con sede en Rosario Tomas Hutchinson y la intención del mismo de verificar la adaptabilidad de las costas del Salado para plantaciones de algodón que necesitaba Gran Bretaña (“había sido invitado a realizar una expedición que integraron el coronel José Antonio Alvarez Condarco, el Rvdo. Pedro Vigneiro, el teniente de navío Felipe Ceteura, Rodolfo Zavalía, Jo´se Luis Navarreto y Manuel A. Acosta”) (Di Lullo, 1953), el gobierno nacional que se encargaba de asegurar el tráfico de mercancías a través del establecimiento de una línea fronteriza ... todo ... pensando en la prosperidad de la provincia de Santiago del Estero y de las del NOA.

 

Ante la llegada del Cónsul británico -movilizada por Rams- le sugiere al gobierno santiagueño poner muestras de las producciones locales como atracción de capitales y población, mientras mantiene al gobernador informado sobre la marcha exitosa de los trabajos de ingeniería y le recuerda que el general Antonino Taboada acompañó –por pedido del Gral. Mitre- al Cónsul británico por las orillas del Salado hasta Tucumán –según relata Orestes Di Lullo, el Cónsul “desea explorar el Valle del Río Salado para el cultivo del algodón”-, y que pronto será él mismo quien llegue acompañando al Cónsul, y que no se olvide de tener preparadas las muestras para enviar el “viejo mundo”.

 

En diciembre de 1863 Rams comunicaba el inicio de las tareas más importantes y, siendo  nuevamente gobernador de Santiago del Estero Manuel Taboada, le propone realizar una gran inauguración con la presencia de las autoridades y de las personalidades más destacadas, acto que, según su propia sugerencia, podría realizarse en las inmediaciones del Fortín Bracho. También le hace conocer la necesidad de conocer el volumen y pesos aproximados de las mercaderías y materias primas posibles de exportar por el Salado. Da la impresión que el empresario necesitara justificar la compra de los vapores y –tenerlos para el acto inaugural-, y también que el propio gobernador expresara las potencialidades de la producción local. Las obras fueron inauguradas con bombos y platillos el 25 de diciembre de ese mismo año con la presencia de los integrantes de la burguesía urbano-rural santiagueña. Rams se encargará de enviar la pala y el hacha que el gobernador utilizara “para dar principio a dichos trabajos”, con la idea de que sean conservados para “la memoria” de la provincia.

 

Dos meses más adelante la Legislatura santiagueña expedía el decreto de excepción de la milicia de los futuros obreros del Salado, pero exigía como contrapartida, que el Director de Obra entregase una “papeleta” que constate la actividad de los mismos. Nuevamente aparece la idea de evitar fugas. El empresario contestará desde Paraná con alabanzas para el gobierno de Santiago, lo llamará “gobierno patriótico”, “abnegado”, “felicidad de la nación” y anuncia un “futuro grande y fuerte de la República” con gobernantes de este tipo. Evidentemente esas alabanzas tenían para la provincia un costo: custodiar las expediciones, ceder territorios, aportar la mano de obra, custodiar las fronteras. ¿Todo por puro patriotismo?.

 

En enero de 1865 el empresario lamentaba comunicar la suspensión de las obras. No había logrado la formación de Compañía en Gran Bretaña y agradecía la ayuda de la provincia informando el estado en que dejaba la obra, la que aún incompleta traería numerosos beneficios a Santiago del Estero. Pero inesperadamente, seis meses más tarde, comunicaba al gobierno provincial que el Congreso de la Nación había aprobado una prórroga de su concesión por tres años más y calculaba que en 1868 navegaría con su “vaporcito” a Matará y Sepulturas.

 

No estamos de acuerdo con Di Lullo cuando afirma que Antonino Taboada veía frustrados sus esfuerzos de hacer del Salado un río navegable porque “se estrella contra los intereses políticos que tratan de cercenarle toda ayuda efectiva”. Cierto es que las correspondencias analizadas “culpan” a problemas internos nacionales por las dificultades que había tenido la prosecución de la obra. Y que en este sentido también hay aseveraciones de tal carácter en cartas de los empresarios. Con la información que disponemos hasta el momento, nos parece que nos sean justamente los “interese políticos” y en tal caso, menos los nacionales, los que obstaculizan la obra, sino problemas de capitales financieros extranjeros. Y en el mismo sentido de nuestro análisis, sostiene Canal Feijóo (1948) que se había demostrado palmariamente la posibilidad de navegar al río Salado y los beneficios que ello traería. Pero que también hacían falta trabajos permanentes y barcos que lo navegaran, la regulación de las corrientes de agua que no eran parejas durante el año, lo que en definitiva suponía disponer de lo único que el país no tenía: capitales. Por otra parte, el proceso de unificación mundial que se verificaba no representaba para el país justamente una gran ventaja, en tanto la interdependencia de la economía mundial hacía que cualquier corrimiento de intereses económicos hacia zonas más estratégicas implicara el consecuente desplazamiento de los capitales (Hobsbawm, 1998). En realidad la única fuente posible de financiamiento de una obra de tal envergadura eran los capitales europeos y habían tomado otra dirección, señalada por la vorágine de la expansión ferroviaria y su “sueño imperial”. Tras esto se abandonó para siempre la idea de hacer comercializable el gran río argentino “y la economía social e individual mediterránea comenzó a viajar en ferrocarril”. Pero Canal Feijóo (1948) va mucho más allá con sus observaciones cuando dice: “Lo que se había abandonado era algo más que el término de una opción entre dos usos capitalistas equivalentes. La opción tenía un trasfondo terrible”. Se había abandonado el proyecto de desarrollo de la estructura interior regional argentina.

 

 

 

 ENAJENACIÓN DE TIERRAS Y FORMACIÓN DE NUEVOS ATIFUNDIOS

 

En 1947, Ricardo Díaz publicó un artículo titulado sugestivamente: “Los gobiernos no cuidaron el patrimonio del Estado, y algunos gobernantes enajenaron las tierras fiscales en beneficio personal. Antecedentes sobre la venta de grandes extensiones de tierras públicas” en la “Revista de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero”, dirigida por el Dr. Mariano Juan Paz. De perfil sumamente crítico respecto al uso y abuso de la tierra pública en Santiago del Estero, aborda la problemática de los negociados de las tierras con denuncias que no eran nuevas y centrando su atención en el período que nosotros analizamos. Son muy interesantes las consideraciones previas al cuerpo central del artículo, donde vuelca su preocupación por el problema de los latifundios en un momento en que los santiagueños están abandonando masivamente el campo para radicarse en las grandes ciudades con la falsa promesa de un futuro mejor porque no tenían trabajo en su propio suelo. Ríos plantea claramente que es un problema de los gobernantes el analizar y garantizar los mecanismos de arraigo de los campesinos, y llega a plantear una suerte de reforma agraria en base al parcelamiento, el riego, las represas, baños para hacienda, etc. como mecanismos de estabilización de la población. Luego, entonces sí, avanza sobre su análisis de los modos en que los gobernantes provinciales usaron la tierra pública para beneficio propio -¿para pagar deudas provinciales?-.

 

Los primeros datos que aporta se refieren directamente a la Empresa de Navegación del río Salado, que generó una ola especulativa –a escala provincial, por supuesto- sobre las tierras situadas a orillas del mencionado río. Los mecanismos de apropiación siempre giraban en torno a algún vecino que denunciaba la existencia de tierras fiscales que resultaría de su interés obtener, el gobierno se las vendía y luego éste las transfería, a la familia dominante y a los grupos subordinados. De tal forma que a modo ilustrativo, nos limitaremos a mencionar alguno de los registros de Ríos :

 

  1. 1.En 1856 el P.E. enajenó 85 leguas en el Dto. Matará sobre el río Salado, a un promedio de 10$ la legua cuadrada, siendo los adquirentes: Juan Bautista Taboada, Amadeo Jaques, Evaristo Etchecopar, Benjamín Poucel, Fortunato Poucel, Manuel Taboada, Hilario Poucel, Laura Gide, María Ana Giraro, Berta Gide, Juan Bautista Gustavo Beausset Imbers, Justa Carolina Escudero de Etchecopar, Antonino Taboada, Absalón Ibarra y Danis Fagalde.
  2. 2.En 1857 se vendieron sobre la misma margen del río Salado a Absalón Ibarra, Gaspar Taboada, Antonino Taboada y Andrés Salto, 4 leguas al primero y 6 leguas a cada uno de los demás, a razón de 6$ la legua.
  3. 3.En 1858 se enajenaron 63 leguas situadas en el Dto. Matará y en su mayoría con frente al río Salado, a un promedio de 35$ la legua, a 15 personas, siete de las cuales transfirieron al entonces gobernador Juan Francisco Borges las 33 leguas que adquirieron. En esa época las transferencias se realizaban mediante un simple trámite y por decreto, entregándose el original o copia a los interesados para que les sirviera de título.
  4. 4.En 1859 se enajenaron 142 leguas situadas en los Dtos. Matará, Salavina y Copo a un precio de 35$ la legua cuadrada a “x” personas, tres de las cuales transfirieron al entonces gobernador Borges las 16 leguas que adquirieron y 60 leguas adquirió Saturnino San Miguel.
  5. 5.Juan Francisco Borjes enajenó las tierras adquiridas en la forma del documento transcripto, las que le transfirieron en las mismas condiciones Gerónimo Palacio, María Antonia Gastañaduy de Palacio y Juan Bautista Paz en 1856, y la adquirida directamente del P.E. por las siguientes escrituras: en abril de 1864 vende a Esteban Rams y Rubert 20 leguas, el 2 de diciembre del mismo año vende a Rams y Rubert y a Juan Lestey 20 leguas, el 3 de diciembre a los mismos 30 leguas cuadradas.
  6. 6.En mayo de 1870 el P.E. vendió a Agustín Cánepa y Cía 100 leguas cuadradas de tierras fiscales, por lo cual se formaron 25 expedientes siguiendo el mismo trámite. Esas mismas 100 leguas son vendidas por Cánepa a terceras personas en julio de 1872.
  7. 7.Por decretos del P.E. de noviembre 16 y 17 y diciembre 31 de 1870 y 19 de enero de 1871, se transfiere a Adolfo Carranza 680 leguas de tierras fiscales, mediante trámite administrativo con un expediente por cada cuatro leguas, tierras ubicadas en el llamado Chaco Chico, parte del Chaco Grande, en el camino abierto desde el Garabato (Fortín de la frontera en Córdoba) tocando el lugar de los Morteros hasta Monte Aguará (Fortín Unión).
  8. 8.Adolfo Carranza vende el 10 de enero de 1873 las 4/6 partes de las 680 leguas adquiridas, y el 29 dede 1881 el resto.
  9. 9.Por ley de 2 de noviembre de 1859 se concedía a una sociedad anónima que se formó bajo la dirección de Esteban Rams para la empresa de navegación del Salado, 100 leguas de tierras de propiedad fiscal. Esta concesión solo tendía efecto si la sociedad tuviese, a juicio del ejecutivo, capital suficiente para emprender y llevar a cabo los trabajos necesarios para hacer navegable el río y la propiedad de esos terrenos quedaría definitivamente adquirida por la empresa, sino luego que después de obtenida la navegabilidad del Salado y antes de tres años de la citada fecha, haya llegado el primer vapor hasta Navicha y se hayan empezado a colonizar por la empresa. La ley fue prorrogada por otra dictada en 1862, hasta el 31 de diciembre de 1866, la que no hizo efectiva.
  10. 10.Por ley del 20 de enero de 1873 se acordaba un premio de 2000$ fuertes y 10 leguas de tierras fiscales al que descubriese el mesón de fierro existente en el Chaco. Esta ley fue derogada en 1938. Juan Francisco Borges adquirió mediante trámite administrativo el 14 de diciembre de 1860, cuatro leguas de tierras fiscales, una cada viento, en el lugar denominado “Mesón de fierro”.
  11. 11.Entre los años 1865 a 1870 Antonino Taboada adquirió por diversos títulos 33 leguas de tierras fiscales.
  12. 12.El 12 de agosto de 1871, en ejecución de la ley del 29 de octubre de 1870, el gobernador Luis Frías transfiere a Nicolás Cánepa 100 leguas superficiales situadas en el chaco chico por $22.500 que se imputa al contrato de construcción de la Iglesia Matriz.

 

Reprodujimos esta cantidad de datos porque demuestran cabalmente las maniobras especulativas que generaba la empresa del Salado, la apropiación de tierras estatales nos aportan una interesante cantidad de apellidos que son casi la radiografía de los grupos dominantes. Este grupo –y por cierto otros del clero y la docencia, grupos auxiliares que aquí no figuran- aseguraba a la familia Taboada el ejercicio de su hegemonía. Y también, nos pone frente a  diversos gobernantes, todos directamente vinculados al sector, cuando no frente a los miembros de la propia familia Taboada, que van apropiándose paulatinamente de aquellas tierras potencialmente favorables para los negocios de agricultura o ganadería, en principio directamente vinculados con la Empresa de Navegación del río Salado, de Rams y Rubert que hemos venido analizando anteriormente y a medida que estas mismas tierras empezaban a ser importantes. En principio por enajenación directa y más adelante por interpósitas personas que finalmente se las cedían. Otra forma adoptada fue el pago con tierras fiscales de obras de urbanización, como es el caso de los constructores de la Matriz santiagueña, los italianos Cánepa. y el otro gran negocio, que obviamente escapa al límite del presente trabajo, que fue el Mesón de Fierro, en cuya exploración territorial también aparecen directamente vinculados Antonino Taboada con el ejército y que curiosamente enajena Juan Francisco Borges. Esto es, la utilización del bien público como si fuera privado, la apropiación lisa y llana de territorios con las prácticas de las antiguas Mercedes coloniales, lo que revela la continuidad de las prácticas económicas precapitalistas en un territorio que aspiraba a incorporarse al capitalismo mundial.

 

El cuadro descripto anteriormente nos remite a un fenómeno generalizado en el espacio latinoamericano, la consolidación de los latifundios como una de las características en los inicios de la etapa independiente y que, como podemos observar, en muchos lugares prosiguió su desarrollo aparentemente sin mayores inconvenientes. Resulta claro la fortaleza de los poderes locales, los terratenientes, dueños y adueñados de inmensas extensiones y que tenían en sus manos de los medios para proveer – o no- de trabajo a los habitantes rurales, y por lo tanto, el ejercicio de dominación sobre los grupos subalternos.

 

Y respecto a todo el proceso santiagueño aparece clara la idea alberdiana sobre la organización del Estado y la Nación: “el problema no era crear una base social para un orden liberal, sino el reemplazo gradual de las cliques que en la colonia rivalizaban entre sí desde sus fortalezas institucionales por una auténtica clase propietaria que sólo necesita ahora ser esclarecida sobre sus propios intereses para unificarse tras un proyecto de expansión económica acelerada, cuya tarea será imponer la nación a través del Estado” (H. Donghi, 1995).

 

 

 

                                           SITUACIÓN DEL NOROESTE EN EL INFORME GRANILLO

 

Para explicar en pocas palabras el cuadro de situación del noroeste argentino cuando finalizaba la década del ’70 –a la caída de los Taboada-, podríamos decir que se estaba cerrando el ciclo de las guerras civiles, los últimos alzamientos federales habían sido sofocados tanto en el NOA como en Cuyo y el indio había sido prácticamente aniquilado. Cuando se levantó el primer Censo Nacional, en 1869, el NOA tenía 500.000 habitantes sobre un total de 1.800.000 de la totalidad del país. Santiago del Estero encabezaba la lista de las ciudades más pobladas de la región -132.898 habitantes- y estaba ubicada en cuarto lugar general, precedida por Buenos Aires, Córdoba y Entre Ríos.

 

La sociedad norteña se componía de una clase principal heredera de los feudatarios de la colonia y una próspera burguesía emergente con el control de las principales tierras y del comercio. Entre los grupos subalternos se encontraban peones, arrieros, labradores, empleados de tiendas, artesanos, etc. Profesionales y sacerdotes pertenecían a los grupos dominantes pero había un interesante número de técnicos y profesionales europeos, como por ejemplo arquitectos e ingenieros. Otro dato interesante es que los grupos económicos locales habían retenido el control de las empresas, cosa que no estaba ocurriendo en pampa húmeda y litoral. “En Catamarca, la más importante casa de negocios pertenecía a la firma Molina  Hermanos, que vinculó su nombre con iniciativas fundamentales como la instalación de la primera librería, la introducción de la imprenta en 1857 y el desarrollo de la industria minera en sociedad con Adolfo Esteban Carranza, pionero de las comunicaciones argentinas y promotor de empresas públicas y especialmente en Catamarca, su tierra de adopción. Funciones similares cumplía en La Rioja la Casa Bazán y Luna, sociedad de antiguas familias riojana, que era a la vez tienda, almacén de ramos generales, banco, agencia financiera del gobierno provincial y en los procesos eleccionarios también club político. Ese fenómeno de participación de la clase tradicional en la actividad económica se registraba también en Salta aunque en forma más excluyente. La ganadería y la industria  del cuero, la más importante de esa época, se hallaba en manos de unas pocas familias cuyos intereses entraba en colisión con razonables y justos requerimientos fiscales. De esto resultaba que el presupuesto provincial era exiguo en proporción a la riqueza existente y al número de habitantes. Salta era la provincia que menos impuestos pagaba y no había forma de aumentar la recaudación fiscal por los ocultamientos y los avalúos defectuosos e inequetativos. En Tucumán se advertía la presencia de una  emprendedora burguesía de origen español y francés cuya radicación era reciente o datada a lo sumo de dos o tres generaciones”.

 

Bazán retoma el informe elevado por Arsenio Granillo de 1872 para recrear la situación del NOA antes que el ferrocarril Central Argentino llegara hasta Tucumán. Estructuralmente diversificada y regularmente eficiente, la economía regional abastecía el mercado interno y también producía excedentes exportables a Bolivia, Chile y Perú, mientras ocupaba mano de obra nativa en una época donde la administración pública era reducida y pequeños los presupuestos fiscales. Pero bajando a la situación particular de cada provincia, las diferencias comenzaban a ser notorias. Así mientras Salta y Catamarca disfrutaban de una prosperidad relativa y la ocupación era plena, Santiago del Estero y La Rioja ya soportaban bastante mal sus críticas situaciones económicas, con producciones deficitarias.

 

La ganadería tucumana giraba en torno a la cría de vacunos y mulares. Sus producciones más importantes eran arroz, tabaco, azúcar y maderas. El informe pone especial énfasis en la producción azucarera y como va creciendo visiblemente el área sembrada, se abren ingenios –había contabilizados 45 un tanto primitivos- y ocupa mucha mano de obra familiar. La producción anual giraba alrededor de 1.200 toneladas, además de la respectiva producción de aguardiente de caña que generaba interesantes ingresos. Respecto al tabaco, el otro cultivo importante tenía la contradicción de poseer una muy alta calidad pero procedimientos de cultivo primitivos. Con una producción anual de 2000 toneladas y un ingreso calculado alrededor de 450.000$ anuales, se diferenciaba de la caña porque “el área sembrada estaba en manos del pueblo”.

 

El informe Granillo advierte que la curtiembre tucumana era la producción de mayores ventajas, con uno 50 establecimientos que adquirían sus materias primas en provincias vecinas –como Santiago, Catamarca y Salta- y también localmente. Era una buena fuerte de ocupación, abastecía el mercado local y tenía un excedente exportable de 60.000 suelas. Los bosques daban buena provisión de maderas, sobre todo de cedro, lapacho y pacará. Una importante cantidad de hacheros proveían de materias primas a 12 aserraderos, que contaban con la desventaja de los altos costos de transporte. Respecto de la producción de quesos, los de Tafí tenían buena colocación en Buenos Aires y países limítrofes.

 

Con Salta ocurría una situación curiosa. Dueña de un importantísimo plantel ganadero, no lo revelaban así las cifras oficiales ni de ello daban cuenta los impuestos recaudados. Por lógica, la industria del cuero era muy relevante y en los establecimientos capitalinos se elaboraban alrededor de 40.000 suelas con abastecimiento local de materias primas y una ganancia que oscilaba cerca de 500.000$. Seguía funcionando un considerable comercio de ganado en pie y si bien había mermado demasiado las exportaciones previas a la revolución, comercializaban un importante número de cabezas con Perú y Bolivia y también con Santiago y Tucumán. Cerca de 12.000 mulas eran ocupadas en el tráfico comercial de plata boliviana y azúcar jujeña, la provisión de productos alimenticios –chrarqui, máis, harina. Grasa, queso y sal- a Bolivia, así como también indumentaria, calzados y “vicios”.

 

La prosperidad de Jujuy, como puerto seco entre el Alto Perú y Buenos Aires, fue notable hasta la revolución, con la que quedó arruinada, se paralizó el comercio, aportó hombres a la guerra y sufrió reiteradas invasiones realistas. Su rehabilitación demandó mucho tiempo. Para los ’70, tenía poco más de 40.000 habitantes y su comercio se desarrollaba básicamente con Bolivia y Salta, girando en tono a la producción ganadera aunque el negocio estaba en baja. Por otra parte, sus producciones de azúcar eran importantes en los ingenios  de Ledesma y San Pedro y alcanzaban para abastecer el mercado interno y vender sus excedentes a Salta. También a ese mercado vendía cueros y suelas, alguna cantidad de oro. Además tenía otros rubros exportables como el maíz, el charqui, el aguardiente de caña y las naranjas.

 

En 1870 se inauguró el ferrocarril Central Argentino, uniendo Rosario, Córdoba y Tucumán, tomando forma un pretensioso proyecto de un costo muy elevado intelectualizado por de Sarmiento y Avellaneda. “Desde el punto de vista de los beneficios de una empresa económica - apunta Ferns- el ferrocarril a Tucumán era un acto rayano en la locura ; pero como contribución a construir la Nación Argentina y darle al carácter de una comunidad pacífica y en desarrollo, era una empresa heroica”. En el acto inaugural el presidente Avellaneda dijo que el ferrocarril llevaba “el progreso para los pueblos y la unidad para la República”. Una idea de generalizado optimismo impidió advertir los costos sociales de la empresa: crear una nueva línea de progreso a costa del aislamiento de históricas comarcas. Pero los efectos no fueron inmediatos e interín se generaron grandes expectativas sobre los cambios beneficiosos por venir. Uno de los costos sería el largo aislamiento santiagueño.

 

 

 

SANTIAGO DEL ESTERO A PRINCIPIOS DE LOS ’70

 

 

 

Habiendo desarrollado la problemática santiagueña desde la perspectiva de una elite que procuraba la incorporación de la provincia y del norte al sistema capitalista internacional, avancemos ahora sobre un estudio muy interesante de las provincias del Noroeste argentino antes de la llegada del ferrocarril, de Armando Raúl Bazán, abordando también la situación santiagueña desde la problemática de los grupos dominados. Étnicamente mostraba un cuadro tradicional y era prácticamente nula la influencia de las corrientes migratorias que ya para esa época estaban empezando a cambiar la fisonomía litoraleña y bonaerense. Si algunos inmigrantes habían llegado, se ubicaban en el interior y formaban parte de la primera camada inmigratoria. Era muy importante la impronta negra sobre todo en el interior, y la sociedad urbana estaba en ciernes. Lo que sí estaba perfectamente articulada era la red de familias que detentaban el poder político y económico y que no había sufrido modificaciones con el correr de los años y las vicisitudes políticas por las que el país había atravesado.

 

Las familias principales proveían los miembros de las profesiones liberales y también del clero. Algunas líneas técnicas, como arquitectura, ingeniería agrimensura y minería, estaban cubiertas por profesionales extranjeros. Más abajo en la escala social, en los grupos subalternos o dominados y con menores posibilidades de participación, encontramos a los peones del campo, labradores y arrieros, empleados de tiendas, artesanos y pulperos.

 

La situación de pobreza histórica de la población se mantenía al no poder desarrollar su economía acorde a sus necesidades y los recursos. Fracasados los intentos de navegación del Salado y de desviación del Dulce en la zona del Saladillo, la irregularidad en las lluvias y las extendidas sequías comprometían seriamente su situación y no permitía más que el desarrollo de una economía de subsistencia para los campesinos, pequeños labriegos y ocupantes de tierras fiscales. Será recién después de la caída de los Taboada cuando comiencen las obras de regulación y desvío, de aperturas de canales y riego. Es relativamente fácil advertir las dificultades enormes que tenían intentando desarrollar el agro frente a las bonanzas de la pampa húmeda y el litoral. Majadas de cabras que abastecían primariamente de carne y venta de cueros, constituían la base de una rudimentaria ganadería, mientras las ovejas criollas proveían de lana a las tejedoras artesanales ubicadas en los antiguos poblados a orillas del Dulce. Colchas, ponchos, jergas, eran vendidos en los mercados litoraleños y con su producido se compraban caballos y mulas, cuyo comercio continuaba girando por otro circuito histórico hacia el norte.

 

Otra vez vuelve a aparecer la idea del sacrificado santiagueño común que sobrellevaba su pobreza y a veces su miseria, gracias a su frugalidad. Alejandro Gancedo explica que su dieta alimentaria consistía en algarroba, mistol y maíz. La algarroba le daba harina para fabricar el patay, alimento muy nutritivo, y bebida en forma de aloja. Al maíz lo comía tostado, en mazamorra, en locro o hervido en estado tierno como choclo. Ese autóctono –folclórico se diría hoy- menú se completaba con zapallo y melones de estación que se cultivaban en las chacras y huertas familiares.

 

Mientras tanto, el sector dominante de la provincia participaba activamente en la Exposición Internacional de Filadelfia, mereciendo numerosos premios entregados en nuestra ciudad. El 11 de noviembre de 1877 se le entregaron a la firma Santillán Hnos. diplomas, medallas y certificados. También participó la provincia en el mismo año de la Exposición Industrial, siendo premiada dicha firma por los cueros desollados, becerros, cabras carneadas, marroquinería y cueros de potros. Don Cesáreo García obtuvo un premio estímulo y don Gregorio Santillán una medalla otorgada por el gobierno nacional por las suelas y pieles curtidas presentadas. Como se ve, nuestros productos lograban éxito en los mercados nacional el internacional (Achával, 1988).

 

  

LA “MATRIZ SOCIAL” SANTIAGUEÑA

 

Los análisis de Irene Widuczinsky (1992) sobre el funcionamiento de la hacienda en Latinoamérica nos da algunas pistas sobre lo que considera la “matriz social” y una de las claves fundamentales para comprender el funcionamiento de los mecanismos de dominación sociopolíticos. En líneas generales observa a que en la hacienda [o estancia] se desarrolla un particular sistema de producción, una modalidad específica de dominación social y política constituyendo un fenómeno de larga duración de las sociedades latinoamericanas. Este enfoque nos ayuda a comprender el funcionamiento interno de una provincia rural, y no solo ayuda sino que es casi prototípico, en tanto se recrean las características fundamentales que la autora aporta. En estos particulares sistemas productivos se desarrollan dos niveles económicos: el del hacendado y la del campesino. El hacendado mediatiza y controla los vínculos (sociales, económicos, políticos y culturales) hacia el interior del sistema, administra los servicios y brindando la imagen del “buen patrón” reafirma su dominio social e ideológico;  hacia el exterior efectiviza la vinculación social, política y económica. El campesino en Santiago del Estero aparece bajo la figura de ocupante. La relaciones de producción son eminentemente pecapitalistas y la estructura social totalmente jerarquizada.

 

En el marco conceptual dado, a nuestro trabajo interesa particularmente rescatar el perfil del estanciero santiagueño en tanto configuración simbólica del perfil político con una mediatización en la figura del obrajero. Orestes Di Lullo (1953) nos lleva con sus relatos a la vida interior de la estancia santiagueña decimonónica y centra su atención en las estancias de la familia Taboada. Comienza su trabajo sobre Antonino Taboada diciendo que “nació en una estancia del Salado, Matará...” frase con la que determina la importancia del espacio físico de lo que era una estancia o hacienda. Y resulta por demás interesando analizar como describe al estanciero del Salado: “...al adquirir sus bienes, adquiría un derecho, pero también un deber. El derecho del dueño, el derecho del amo, de disponer a su arbitrio de los seres y cosas de su campo, derecho que iba a veces hasta el abuso y que hacía del estanciero un señor feudal dueño de vidas y haciendas, como si todo lo existente dentro del área de sus dominios le perteneciera por derecho natural”. Y como para aliviar la dureza del relato aclara que “todo ello a condición de que el estanciero supiera corresponder con responsabilidad a ese derecho tácitamente concedido por lo que se sometían a su tutela o vasallaje. Había de ser el jefe, es decir el primero en compartir y sufrir las consecuencias del rango conferido, ejerciendo el mando, pero cumpliendo también el deber del que manda. Ser el primero en las horas aciagas, ir al frente de sus peones y agregados en los momentos de peligro, ser el refugio de todo dolor y de toda necesidad, ordenar, cumpliendo antes sus propias órdenes, tutelar con equidad todos los intereses y demostrar que era el mejor en cada una de las distintas faenas del campo, el más diestro, el más inteligente, el más osado. El estanciero debía ser el peón, agregado, capataz, amigo, señor y caudillo a la vez”. El mundo de la estancia “era un mundo de trabajo, pero también de odios, rencores, de fatigas, de dichas y alegrías ...  el régimen que las gobernaba tenía sus leyes ...”.

 

 

CONSIDERACIONES FINALES

 

 

 

Luego de los análisis precedentes en el que procuramos avanzar sobre las relaciones de Santiago del Estero –ciudad y provincia- con la región del NOA, sostendremos la idea  del NOA como una región histórica, funcional y polarizada. Ahora bien, sin aspirar a encontrar todas las respuestas, desde Santiago del Estero vamos abordar algunas de las conclusiones a las que hemos arribado en torno a las relaciones establecidas con el NOA en los procesos sociohistóricos considerados.

 

En la historia santiagueña hay dos celebraciones fundantes y fundamentales que hacen referencia directa a la cuestión de la región NOA:el cumpleaños de la ciudad y el día de la autonomía. Esto es, el 25 de julio  y el 20 de abril. Y decimos que son fundantes porque el 25 de julio se celebra la fundación de la ciudad madre del noroeste argentino y el 20 de abril se celebra la instauración de la provincianidad con toda su impronta de cualidad autonómica. Y cuando observamos, por ejemplo, que las autoridades municipales no concurren a la celebración provincial y las autoridades provinciales hacen lo propio con la celebración municipal, pensamos que ambas fechas tienen perfiles definidos por la situación de pertenencia con altos niveles de conflictividad, a una región también fundante del espacio nacional. Y que se produce una reapropiación significativa y diferenciadora, de su cualidad y calidad de santiagueños, la que en ninguno de los dos casos es puesta en cuestión.

 

No estamos totalmente convencidos de que tenga importancia para los santiagueños que la fecha fundacional esté dibujada en el calendario, ni tampoco que el fundador de la ciudad no sea quien tiene las estatuas que lo acreditan como tal, muy a pesar de que estas cuestiones dividieron a la elite intelectual de la pequeña ciudad generando divisiones hasta familiares que se mantuvieron a través de las generaciones. Nos preguntamos  entonces: si no es importante que el 25 de julio haya sido el 25 de julio, y si tampoco parece cuestionador que Francisco de Aguirre o Nuñez del Prado hayan fundado la ciudad: ¿qué celebran con tanto fervor los santiagueños cada 25 de julio?  La respuesta no solo no puede ser unidireccional sino que está contenida en la conflictiva construcción de las bases estructurales del NOA y la participación de Santiago del Estero en ella, además de las no menos conflictivas relaciones subsiguientes. Carteles, pasacalles, anuncios y discursos oficiales, celebran cada 25 de julio el origen de un pasado mítico, en festejos que duran todo el mes y que concluye con una gigantesca procesión por las calles céntricas sacando la imagen de San Santiago Apóstol, el patrono de la ciudad, desde la Catedral  y en una ceremonia emotiva y de alto nivel de participación popular. Entonces pensamos que así como Roma tiene en su historia una loba para alimentar a Rómulo y Remo, el símbolo de Santiago del Estero para alzarse en la historia nacional argentina, es el de una madre fecunda que desgarrando sus entrañas dio vida a todas las ciudades del Tucumán. De ella nacieron San Miguel de Tucumán, San Salvador de Jujuy, Córdoba, Todos los Santos de la Nueva Rioja, San Fernando del Valle de Catamarca y Salta. Santiago del Estero se levanta cada 25 de julio y celebra ser la madre de la región, la madre que dio la vida hasta de sus hijos tras el engrandecimiento regional del NOA, y que tanto dio, que quedó así, postrada y viviendo de su mítico orgulloso pasado.

 

Los 20 de abril tienen el carácter de una celebración de neto perfil político. Poco público –al menos capitalino- y muchas autoridades, enmarcan una simbólica pertenencia a un pasado pre-estatal erigido como aquel tiempo mágico en que un caudillo rural luchó por dar el autogobierno a un territorio lleno de historia y visiones portentosas del porvenir y cargado de esperanzas que nunca dejan de ser tales, en el marco de un federalismo municipalista de fuerte arraigo en tanto condecía con la idea de una histórica ciudad y su territorio circundante. Son ceremonias muy simbólicas y con una fuerte carga de pertenencia a lo local, a lo terráqueo, al espacio constitutivo originario recreado, idealizada y vivamente, como el ejemplo a seguir, desde las prácticas y los discursos de una dirigencia gubernamental en el poder –directo o indirecto- desde hace 53 años y con una manifiesta vocación de continuidad y que, todavía, mantiene la esperanza como norte permanente. Existe una manifiesta intencionalidad de identificación con todo el universo simbólico del período "ibarrista". Las constantes alusiones al caudillo, su verbalizada identificación y admiración, la creación de una bandera provincial que contienen el rojo y la cruz del "federalismo ibarriano", la creación y el sostenimiento del Centro Ibarriano, la modificación del escudo de la provincia y la permanente  recreación de Ibarra como una suerte de "ángel tutelar" del territorio y de los santiagueños. O también cuando el gobernador arenga a sus seguidores con expresiones como: "como lo hubiera querido Felipe Ibarra", "lo hago en nombre de ...", "porque así hubiera pensado...", "éste caudillo sigue los pasos de...", etc. que podría ser analizadas bajo el concepto de performance y de la construcción de la sociodicea de su propio lugar (Auyero, 1997).

 

Ambas celebraciones santiagueñas entrarían dentro de lo que Shumway denomina “ficciones orientadoras”, aquellas que junto con los “paradigmas retóricos argentinos” se estructuraron antes de 1880, y “que son necesarias para darle a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común nacional” y que consolidan sentimientos colectivos de identidad, objetivos y comunidad. Pero analicemos cada una en el marco de nuestro trabajo.

 

La celebración del 25 de julio se enmarca en la historia del proceso fundacional y de la colonia temprana, etapa en la que la ciudad opera como polo político-administrativo-militar de la región del Tucumán. De los tres poderes, el que más relevancia cobra en relación a sus funciones de consolidación de la conquista y colonización del Tucumán, es el militar, a pesar de que la consolidación de la conquista espiritual encontró en tierra santiagueña un fuerte enraizamiento. Económicamente, actúa como “segunda zona” del centro-polo minero potosino pero existe la autopercepción de haber sido un importante centro regional. Al mismo tiempo, ingresa en la red de ciudades [que] debían crear una América hispánica, europea, católica ... un mundo dependiente y sin expresión propia, periferia del mundo metropolitano al que debía reflejar y seguir en todas sus acciones y reacciones (Romero, 1986). Pero se ve a sí misma como el centro misional por excelencia de la región fundacional del territorio argentino y que guarda sus más rica tradiciones. Acordamos con Boisier (1993) que se trata es de una historicidad que precede a la institucionalidad regional, quien "recoge, formaliza e institucionaliza las percepciones colectivas de pertenencia e identidad a ciertos territorios y prácticas sociales". La idea de región aparece en este proceso como un "territorio que conlleva la idea de poder político".

 

Si tenemos que evaluar lo que Santiago más sintió de todas sus pérdidas, demos por seguro que fue perder su silla episcopal. No hubo emprendimiento económico ni político que se aproximara siquiera al esfuerzo por la recuperación del episcopado. Y si bien esta tenacidad no merece una sola lectura, nos ofrece indicios bastante claros sobre cuales fueron los principales objetivos del proyecto societal al que aspiraron los santiagueños en relación su vida regional. La "pérdida" de la silla episcopal y de la sede de la gobernación fueron dos hitos que marcaron fuertemente la historia local y, aunque recuperadas largo tiempo después, crearán una suerte de "vacío de poder" que operará desde la práctica y desde la percepción de los santiagueños.

 

Sostendremos entonces que habiendo estado en el corazón fundacional del Tucumán, más o menos rápidamente pierde su centralidad dejando paso a otras ciudades que como Córdoba o Salta emergían poderosas, desarrollaban sus actividades económicas en perspectiva y cooptaron sucesivamente la silla episcopal y la sede de la gobernación. Sobre fines del 1600 todo empieza a perfilar a Santiago del Estero como un lugar de paso. Un lugar donde, como el río, como el camino real, como los visitantes, todo pasa, nada permanece. Un camino que cruza. El tránsito de mulas hacia el alto Perú. El contrabando hacia Buenos Aires. Un lugar donde señorea la no-pertenencia y comienza a prefigurarse la historia del siglo XX. Cuando se trata de buscar respuestas a la nada reinante, las responsabilidades están siempre en otros, el otro será Tucumán que busca caminos alternativos para no pagar los caros peajes para cruzar el río Dulce y los esteros del Saladillo y que deja a la ciudad sin los únicos recursos económicos con que contaba, la culpa la tendrá la sequía, el río que desborda, el salitre que todo corroe. Santiago comienza a tener una fuerte autopercepción de ser la víctima inocente, la madre abandonada y por sus hijos incomprendida. Y casi como un animal herido y arrinconado, se dedica a lamer sus heridas y a gruñir, sin capacidad de reacción.

 

Hacia el final de la colonia y el la época pre-revolucionaria, Santiago del Estero quedó desconectada de la región que le dio origen. En adelante ocupará un lugar de marginalidad, descollando sólo en emprendimientos de tipo político-militar que buscaron someter al NOA a la voluntades políticas de turno. Colaboraciones espasmódicas que desgastaron al territorio sin aportar crecimiento. En aquellas etapas en que la provincia desarrolla un proceso de fuerte primacía provincial como espacio constitutivo de identidades, el “autonomismo”, sus relaciones con la región del NOA aparecen como altamente conflictivas. Cuando plantea sus intenciones de hegemonizar al NOA, las tensiones que recorren el proceso reconocen multiplicidad de direcciones, aunque básicamente se concentran entre la fragmentación regional y la construcción del Estado-Nación con toda su impronta hegemónica, de coerción y control societal, sin dejar de existir las tensiones que emergen desde la geografía por su pertenencia al NEA y al NOA como espacio transicional.

 

Las guerras de la Independencia rompieron los circuitos económicos de esta segunda zona en la que estaba Santiago del Estero y agudizaron la ya de por sí grave situación. Debemos recordar que Buenos Aires había obtenido un enorme beneficio con la creación del Virreinato del Río de la Plata y el Reglamento de Libre Comercio, que se acrecentó aún más con la Revolución de Mayo, la política de libre cambio y la incorporación del Río de la Plata al mercado inglés, en detrimento de las economías regionales (Bazán, 1988). Hacia el interior del proceso, el ordenamiento colonial se va “desdibujando” bajo la forma de “pérdida de significación de cierto ordenamiento regional”  y comienzan a surgir las “soberanía provinciales” en el marco de un interesante y conflictivo fenómeno de “reconfiguración regional” relacionado con la formación de la nación y de una clase nacional capaz de ser el sujeto histórico del proceso (Chiaramonte).

 

Y aquí se presenta la segunda celebración santiagueña a la que hicimos referencia. Cada 27 de abril Santiago del Estero, provincia, festeja el día de la Autonomía. Autonomía que se autopercibe como el acto de resarcimiento político de un pueblo que aspira a controlar sus propios destinos levantándose desde su propio orgullo herido, desde su marginalidad, contra la región a la que visualiza como causante de todos sus males, región que la insulta al enrostrale su minoridad política y su incapacidad económica y a la que procurará demostrar su equivocación. Casi ningún santiagueño recuerda los nombres de los firmantes del Acta del Autonomía. Y consideran que Juan Francisco Borges, el ideólogo del autonomismo y por cuyas acciones fue fusilado por orden del Congreso de Tucumán, era una especie de loquito suelto al que la historia local procura desdibujar y si es posible, de eso no hablar. Pero se levanta majestuosa la figura de Felipe Ibarra como el autor material de la Autonomía, con quien Santiago se reivindica de tanta humillación. Pero veamos cual es la base histórica que hace tan simbólico al 27 de abril.

 

El proceso de organización autonómica perduró en la memoria colectiva por la intensa movilización de los sectores populares que  acompañaron, con fuertes consensos, las guerras de la independencia, demandando participación política y cuestionando las bases socioeconómicas del poder de la burguesía criolla. El patriciado urbano santiagueño fue la expresión de determinados intereses políticos y económicos locales en una verdadera articulación de clanes locales estructurados en torno a patriarcas, activistas y clientes que sobrepasasando el marco temporal de la Revolución de Mayo dejaron al descubierto encarnizadas luchas por el poder, sin solución de continuidad y en un entorno de general pobreza económica (Luna, 1991). Entonces aparece en esto se dio en llamar “la provincia como unidad de análisis”, entre los años 20 y los cincuenta del siglo XIX, la ruralización  y feudalización del poder en manos del caudillo por antonomasia en la historia santiagueña, Felipe Ibarra, y se verá la emergencia de poderosas clientelas rurales. El caudillismo es un fenómeno que aparece tempranamente en la historia local pero que cobrará importancia desde que un derrumbado sistema imperial no encuentra pronto reemplazo por otro que de algún modo estabilice la situación política y se consolida en el marco de las guerras por la independencia. Shumway (1995) piensa el caudillismo en el marco de la emergencia de las “mitologías prenacionales”, mitologías en donde la figura central de alguna manera representaba toda una simbología monárquica con las que estaban familiarizados los grupos populares y que encarnaba entonces los “valores culturales de la tradición” sobre todo aquel “símbolo visible de autoridad y protección”.

 

El respaldo del campesinado a Felipe Ibarra era el respaldo  uno de sus iguales. Sus modos de actuar, sus hábitos lo acercaban mucho a ese pueblo que decía defender y cuidar. Patrones y clientes comparten similares marcos de referencia sosteniendo y reforzando las relaciones clientelares y el mutuo sentido de pertenencia. Claro que, para Ibarra, esto era “precondición para mantener su posición”. Günes-Ayata nos señala que “en este arreglo existe una forma distorsionada de ideología compartida. El patrón-mediador obtiene lo mejor de la transacción bajo la forma de honor, prestigio, poder y beneficios materiales. Sin embargo predomina un clima de comunidad y cooperación. Prestar servicios a la comunidad y a sus individuos refleja una identificación simbólica con los mismos. En relaciones clientelares de este tipo las desigualdades son “estructurales, permanentes y no cuestionadas” (Günes-Ayata).

 

Los planteos de José Luis Romero nos permiten advertir con bastante claridad la continuidad del proceso socioeconómico y del pensamiento político de los grupos de poder atravesados por las guerras de la independencia. Y como, en este sentido, una visualización idílica del ordenamiento y la estabilidad de la vida colonial fue utilizada por estos grupos para asegurar, aunque por diversos carriles y vía autoritarismo, su permanencia en el poder (Romero, 1998). En este marco, la continuidad económica está dada en Santiago del Estero por aquellos que firmaron el Acta de la Autonomía y que aparecen visualmente desplazados del poder a escasos días de tan importante acontecimiento. De las lecturas realizadas se trasluce un silencio casi cómplice sobre las actividades de estos importantes grupos económicos. Por lecturas complementarias que refieren a las actividades económicas del ya para ese entonces llamado “interior mediterráneo”, deducimos que sin ejercer un control directo del poder político, los grupos económicos dominantes fueron virtualmente protegidos en sus actividades por Felipe Ibarra en el marco de la provincianización y de la reorganización regional tensionada por fuerzas centrífugas y centrípetas que dirigían sus fuerzas hacia el Atlántico y hacia e Pacífico.

 

En el marco mayor de una desdibujada región, Felipe Ibarra fue Santiago del Estero, “la unidad terráquea, el paisaje y el alma del paisaje. En su programa táctico de gobierno contaban el río Dulce, los esteros del Bracho y las salinas. El era el problema de los límites y de la autonomía: “la provincia”. Al morir ya estaba planteado un nuevo problema mayor, pero que no se puede comprender sin la resolución previa del primero: “la nación” (Canal Feijóo, 1934).

 

El Taboadismo se enmarca en el proceso formación del Estado Nacional y la instauración de la modernidad, comienza la superación de los límites locales y se modelan algunas de las características de nacionalidad. “Espiritual y materialmente, las provincias entran a vivir en función del gran mito que para ellas se consubstancializa con Buenos Aires, está encarnado en éste. Todo el contenido de la existencia se vocaciona casi místicamente al servicio y la animación del nuevo mito. Y el sino provincial se define entonces en un darse, total dación escencial” (Canal Feijóo, 1934).  Los Taboada exclusivizan el “afán y la conciencia nacionalista” que estando presente infusamente desde el Ibarrismo “la convierten en un dogma de ideal y de acción”. Resulta por demás de interesante la expresión de Canal cuando sostiene que “por ellos vivió Santiago en una esfera virtual, por encima de su realidad geográfica y paisajística”. El Taboadismo aparece entonces, como un espacio de articulación entre la pura provincia y el primer intento orgánico de construcción de la nación sobre las bases de negociaciones con las oligarquías provinciales.

 

El proceso coincide, también, con los planteos de la conversión del individuo en “unidad política”, la idea de su autonomización y de atomización, y la pérdida del significado de individualidad tras incorporar la noción de “igualdad”, y ese mismo individuo que debe trazar un sentido de pertenencia no ya hacia la comunidad sino hacia el Estado, advierte que no existe la preocupación por los graves problemas de “las personas”, situación particularmente delicada en aquellas regiones donde la precariedad de los modos de vida generan sentimientos de “impotencia y debilidad” ante una sociedad que se presenta como moderna e igualitaria pero que muestra sus más crudas facetas de desigualdad y un futuro incierto (Günes-Ayata, 1997). En ésta época la distancia entre el Estado como entidad abstracta y los sectores populares es mucho más importante que en el proceso ibarrista y el nivel inferior “no tiene oportunidad de confrontar con el nivel superior”; cobra gran fuerza la figura del intermediario, que operando entre ambos extremos evita la confrontación y mantiene las diferencias (Falleti, 1997).

 

En el Taboadismo hubo una fuerte combinación de todas estas cuestiones cuando buscó incorporar al espacio geográfico y a la sociedad santiagueña, de modo violento, en un mercado agroexportador en ciernes, pero recreando la ubicación nacional, desde un lugar de subordinación en la división internacional del trabajo. Nosotros analizamos en extensión el proyecto de navegación del Salado para concretar su iniciativa. Proyecto respecto del cual Florencio Varela ya había advertido la importancia que para el desarrollo económico  tendría, pensando en una plena integración económica nacional al mercado mundial y en la conveniencia de crear intereses materiales en las provincias con menos recursos como forma de mantener la paz. A pesar de que al referirse a la situación especial de las provincias ya por ese entonces “pobres” advierte que “sistema ninguno político o económico puede alcanzar a destruir las desventajas que nacen de la naturaleza. Las provincias enclavadas en el corazón de la República, como Catamarca, La Rioja, Santiago, jamás podrán, por muchas concesiones que se les hicieran, adelantar en la misma proporción que Buenos Aires, Santa Fe o Corrientes, situadas sobre ríos navegables”. Y su justificación venía dada porque “esas diferencias no ofenden porque no son efecto de la injusticia de los hombres sino obra de la naturaleza misma” (H. Donghi, 1995).

 

Durante el Taboadismo se opera una verdadera imposición de lo que Ansaldi (1992) denomina “orden oligárquico” sobre "sociedades agrarias, estructuralmente débiles y fuertemente estratificadas", organizando en un entramado de redes verticales y jerárquicas altamente concentradas. La violencia –física o simbólica- y la coerción ejercida dejará grabada en la memoria colectiva santiagueña, a la formación del Estado Nacional argentino como el momento y el espacio en que la “modernidad” se hace ininteligible para los santiagueños y la lejanía del poder y la gente del común.

 

Sobre su desaparición -1875- se estaban empezando a desarrollar las condiciones de operarían a favor de la consolidación del Estado Oligárquico. Políticamente representa el fin  del particularismo provincial y la integración del territorio en el gran espacio nacional en medio de otro fuerte proceso de reconfiguración regional marcado por la industrialización del azúcar con epicentro-polo en Tucumán y la articulación de los sectores oligárquicos tucumanos con los porteños y litorales. Así explicará Campi el efecto del azúcar en el territorio noroestino: “nuevos medios de transportes, nuevos caminos, nuevos poblados irrumpieron casi con violencia trastocando el tradicional paisaje, alterando tanto el ritmo de crecimiento demográfico como los más elementales hábitos de vida de sus habitantes”. Sosteniendo también la idea de un proceso de las más profundas transformaciones que haya conocido la región “en todos sus planos”.

 

Los protagonistas de ésta “linda etapa civil” como la llama burlonamente Canal Feijóo trabajan sobre una realidad institucional aparentemente estabilizada. Faltaba solo, y nada menos, que “crear la realidad esencial de la nueva vida”. Vida a la que le cabrán cuestiones económicas y sociales dignas de un fantástico cuento de terror: el “rapto del ferrocarril” y el “asalto de la selva” y la “destrucción del paisaje”. Dicho de otro modo, pensar en Santiago entre 1880 y 1930 es referirse a la ecuación: ferrocarriles, obraje, latifundio, marginalidad. Términos que no pueden ser pensados unívocamente. Todos tienen que ver con todos. Los agentes dinamizadores del proceso fueron los representantes del mercado europeo en tanto no existían internamente fuerzas que estuvieran en condiciones económicas de realizar tales emprendimientos “industriales”.

 

La llegada del ferrocarril a Santiago del Estero clausuró definitivamente los intentos de comunicar el interior mediterráneo por vías fluviales sino que además, propició activamente la deforestación provincial por la producción de durmientes tan necesarios para los ramales ferroviarios en plena expansión. Al respecto Raúl Dargoltz advierte como la “civilización” simbolizada por el ferrocarril, llevará la circulación señala que “de esta manera Matará, el Bracho, Suncho Corral, Icaño, Añatuya y los pueblos del Gran Chaco, no serían ya los grandes puertos sobre el Salado, puntos de embarque de los productos extraídos de los fértiles valles por donde este río cruza. Ni tampoco se convertirían en las grandes ciudades industriales, con modernos astilleros que aprovecharían los inmensos bosques seculares para construir una gran flota fluvial que comunicaría a través de los ríos del Gran Chaco a la “provincias pobres” del interior y a nuestras hermanas americanas de Bolivia el Paraguay con el litoral Atlántico. Por el contrario, se fundarían nuevas ciudades a la vera del ferrocarril. Se aislaría con el trazado de las vías férreas a la capital y a las tradicionales poblaciones. Los antiguos pobladores atraídos por la “ilusión del bosque” abandonarían sus hábitos agrícolas-pastoriles para internarse en los obrajes. Sobrevendría la explotación forestal y la devastación más inicua e irracional que conoce la historia de los bosques del Chaco santiagueño y con ella, poco a poco, como en una lenta agonía al decir de Orestes Di Lullo, la muerte de los “viejos pueblos”(Dargoltz, 1991).

 

En tanto el capitalismo “impone” nuevas relaciones entre las economías regionales y los centros hegemónicos mundiales, genera importantes cambios en las relaciones estructurales de las sociedades periféricas, detiene su dinámica histórica y sin llegar a perfeccionar las relaciones de producción precapitalistas las modifica según las exigencias. De modo que el sistema precapitalista de producción predomina pero no es el único. Florestán Fernández sostiene al respecto que se establece una dialéctica perversa donde “lo arcaico se moderniza y lo moderno se arcaíza” y Carmagnani afirma que en la hacienda se encuentran dos aspectos de producción: el “tradicional” y el “moderno” (Faletti, 1992).

 

Las formas de trabajo giran en torno al “campesinado dependiente y no al trabajo asalariado típico”. Según la hipótesis de E. Domar como la tierra es de propiedad privada (desde el inicio del proceso) se obstaculiza la formación de una amplia base de productores independientes. Con la herencia de una historia colonial operando en contra del desarrollo capitalista aparecen diferentes formas de arrendamiento y colonato y el paso lento desde formas coactivas al trabajo asalariado libre se da con mayor facilidad en aquellas regiones donde la monopolización territorial constituye la base de poder de los terratenientes. No considera correcto pensar que “las relaciones con el mercado mundial son las causantes principales del fracaso de un desarrollo capitalista autónomo” (C. y P. Brignoli, 1979).

 

Pero en este punto resulta interesante volver a la pregunta que se realiza Hobsbawm (1998): “¿en qué medida se llevó a cabo la destrucción del modo de vida en el campo por las fuerzas de ese nuevo mundo?”En su perspectiva, sobre mediados del siglo XIX la vida rural parecía tener hábitos en correspondencia con los de antigua data y si algún cambio se registraba  lo hacía “a paso de tortuga y la mayoría de la población seguía siendo analfabeta”. Observación que articula con el criterio gramsciano de cambios culturales mucho más lentos que los cambios políticos.

 

Cuando nosotros pensamos en una modernidad que “acentúa la autonomía de los seres humanos, su derecho y su deber de regirse y gobernarse” (Wagner, 1997), que difícil nos resulta ubicar en ésta tónica a la modernidad santaigueña regida por la realidad del obraje. Pensemos solamente en lo que sostiene Di Lullo cuando plantea las funciones del obraje forestal y su carácter de modelador social. Constituidos socialmente como centros de trabajo que reunían campesinos, lejos de haber dado los hábitos de una organización, enraizó el hábito del éxodo como una necesidad. Lo hizo ir y venir inútilmente porque al no conocer sus derechos tampoco estaba en condiciones de conocer el valor de su trabajo, de su capacidad ni tampoco del daño que estaba causando al bosque, a la economía provincial, tampoco este hachero o peón obtuvo “beneficios ni recompensas”. Relajamiento del sentimiento colectivo, escasa  y dispersa vida societaria, escepticismo y miseria derivados del sistema de explotación, formación de parias en vez de ciudadanos, son las resultantes sociales del disciplinamiento social del obraje.

 

En el campo político las ganancias fueron más perdurables que en el campo económico, porque las consecuencias derivaron de la constitución de verdaderos feudos que en manos de “amos” convertidos en núcleos de fuerte gravitación en la vida electoral santiagueña a favor de los “demagogos”. El campo santiagueño era y sigue siendo “la negación del Estado en su función política”. En tanto la independencia económica guarda directa relación con la “libertad de pensamiento”, sostiene Di Lullo, “¿qué puede pensar un pueblo sometido y vejado? ¿cómo exigirle la práctica de una función que desconoce, de un derecho que ha de manejar, no en el cuarto oscuro, sino en la oscuridad de su ignorancia? ¿cómo ha de comprender la finalidad de la ley si es siervo y debe tributos al dueño de la tierra donde vegeta, al dueño del boliche que lo explota y sin el cual no puede vivir?. Pero lo que ocurría con el hachero era más impresionante aún. La sumisión e inconsciencia tienen aquí características suicidas, pues atentan contra sus propios intereses al respaldar, en vez de quebrar, la potencia del patrón. El hachero, con la fuerza conjunta de sus votos, arma al obrajero de prestigio caudillesco, de caudal electoral, que le permitirá ser fruto codiciado de los gobiernos, cuyas situaciones respaldará para afirmarse en las suyas, haciendo servir en beneficio de oscuros designios de lucro a los propios infelices que explota. Puede luego volcar su influencia política hacia la explotación inhumana de los mismos que le sirvieron”. Y mientras asciende políticamente “se convierte en señor feudal”. De donde, paradójicamente, el obraje vino a ser en su feudalización la “representación democrática del civismo santiagueño”.

 

Si en el Santiago del Estero de hoy no han desaparecido las viejas condiciones sociales, plantear las problemática del clientelismo es enmarcar la problemática en una cultura cuyas tradiciones le ofrecen un sentido de continuidad (Ansaldi, en Falleti-Sislián, 1997) y, en tanto constituye un mecanismo de dominación o de intermediación o inclusión políticosocial, con una moralidad propia, basado en la manipulación de recursos valiosos (Falleti, 1997), mantiene su vigencia como medio de articulación entre el Estado, el sistema político y la sociedad  (Auyero, 1997).

 

Por lo tanto, el clientelismo es en Santiago una situación de plena vigencia, subsisten los contactos "cara a cara", las "micro-redes" legitiman las creencias personales, tienen plena vigencia el poder del caudillo, la funcionalidad de las "redes clientelares" partidarias, los procesos de ajuste económico, el empobrecimiento, el crecimiento del desempleo y la pauperización laboral, cuadro general que operaría, según nuestro criterio, como base para el desarrollo combinado del clientelismo político y del patronazgo (Auyero, 1997). Santiago del Estero está dentro de lo que O'Donnel conceptualiza como una “zona marrón” y en tanto advertimos que es funcional, conservador y legitimante del status quo, conceptualizar las relaciones clientelares nos va a permitir caracterizar los procesos de dominación, legitimación y de mantenimiento de un orden social (Falleti 1997). Si las formas clientelística de dependencia son más resistentes allí donde el cambio social está substancialmente retrasado respecto a la modernización política (Lemarchand, en Roniger, 1997), sostenemos que en Santiago del Estero "la perpetuación de formas arcaicas devienen en un elemento esencial de la hegemonía para asegurar la estabilidad, la permanencia y la perpetuación" (Panizza, 1997).

 

Estabilidad, permanencia y perpetuación en un espacio provincial que creció en apropiaciones latifundistas y al mismo tiempo se atomizó de suerte tal que los obrajes comenzaron a actuar como sub-regiones intra-provinciales y fueron estableciendo conexiones con polos que se movían al ritmo del exterminio del bosque, de los intereses de los capitales, y siempre fuera de la provincia. Cualquiera que pase por Santiago del Estero en la actualidad rápidamente puede observar que Frías se conecta con Catamarca, Ojo de Agua con Córdoba, Pinto, Selva y Malbrán con Santa Fe, Quimilí, Campo Gallo y Monte Quemado con el Chaco y, por último, la ínsula turística provincial, Termas de Río Hondo, con Tucumán al igual que todos los Departamentos lindantes con el oeste. Santiago no es dueña ni de su territorio aunque nominalmente así pareciera y vuelve la mirada sobre sí misma en busca de un destino que perdió al alguna parte mientras observa como...

 

  las figuras se mueven lentamente. Los hombres son grises y se desvanecen sobre un fondo de montañas azules, donde hay montañas como los ve la novela tucumana de Pablo Rojas Paz. Donde no las hay, el árbol impide ver al hombre. Al último ya no pasa hada. Esta es la conclusión: históricamente, en provincias, llega un momento en que ya no pasa nada.    

 

Bernardo Canal Feijóo.

 

 


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Hola amigos!!!!

como todos los años, Claves Para Comprender la Historia se toma un descanso por las fiestas y nos volvemos a reencontrar.

De todos modos, como muchos de nuestros visitantes viven en el hemisferio norte, dejamos el sitio abierto para que realicen las consultas que deseen sobre la gran cantidad de material que está publicado y que les sea de utilidad o por simple curiosidad.

Les deseamos que disfruten de unas felices fiestas y que el 2017 llegue cargado de buenas nuevas!!!!

Nos vemos!!!!!!

FELICIDADES!!!!

Secretos Ocultos Revelados en

      Mapamundi de 1491 que podría haber

guiado a Colón

 

Un mapamundi realizado en 1481 por Henricus Martellus ha sido sometido a una toma de imágenes multiespectral que ha revelado detalles ocultos en el mapa que no eran visibles hasta ahora, incluidas numerosas descripciones en latín de pueblos y regiones.

Henricus Martellus es también conocido como Heinrich Hammer. Fue un cartógrafo alemán que vivió en Florencia del 1480 al 1496. Su mapamundi de 1491 es uno de los dos que se confeccionaron (hubo una versión anterior en 1489). Es similar al globo terrestre, llamadoErdapfel producido por el más tarde marinero, artista, astrónomo, filósofo y explorador Martin Behaim en 1492, que pudo en realidad haber sido influenciado por Martellus. Ambos incorporan variaciones del modelo Ptolomaico en cuanto que muestran una vía al Océano Índico bajo el cuerno de África e incluyen el continente de Malasia. Ambos también pueden derivar de mapas anteriores producidos por Bartolomeo Columbus, creados alrededor del 1485 en Lisboa, Portugal. Algunos historiadores creen que el mapa de Martellus pudo también haber sido empleado por Cristóbal Colón antes de iniciar su viaje para circunnavegar el globo.

Mapa anterior de Martellus producido en 1489 (Wikimedia Commons)

Mapa anterior de Martellus producido en 1489 (Wikimedia Commons)

No se sabe mucho acerca de Martellus, pero probablemente vivió en Nüremberg. Su mapa de 1491, que se ha conservado en la Beinecke Rare Book & Manuscript Library (Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos), puede haberse basado en la obra de Claudio Ptolomeo, un erudito griego que vivió en el siglo II a. C. Las obras de Ptolomeo sobre geografía eran por lo general desconocidas en la Europa cristiana pero pusieron las bases del Renacimiento en lo que a Geografía se refiere. Martellus revisó la obra de Ptolomeo gracias a la información aportada por Marco Polo al regresar de sus viajes por Asia. También incorporó información basada en viajes de exploradores portugueses a África.

Marco Polo viajando, Miniatura del libro “Los Viajes de Marco Polo” (Wikimedia Commons)

Martellus utilizó información traída por Marco Polo a su regreso de sus viajes por Asia para confeccionar su mapa. Marco Polo viajando, Miniatura del libro “Los Viajes de Marco Polo” (Wikimedia Commons)

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