En torno a los documentos de San Miguel del Monte, las cartas de Domingo Faustino Sarmiento

 

María Cecilia Rossi

3 de diciembre de 2010

Esta mañana nos enteramos del hallazgo de unos antiguos documentos fechados entre 1858 y 1929, en la Escuela N° 1 de San Miguel del Monte, en provincia de Buenos Aires, y que una parte considerable de los mismos son cartas y notas de Domingo Faustino Sarmiento, de Marcos Sastre y Francisco Berra.

 

El hallazgo de un repositorio documental inédito es siempre una noticia extraordinaria, porque representa una nueva fuente para bucear en nuestro pasado histórico, porque nos permite mirar cuestiones, tal vez ya analizadas, desde ángulos diversos y porque con la trágica historia de los archivos en nuestro país, en los que campeó la negligencia en su conservación, la desidia, las leyes de purga por las cuales cada una cantidad de años se “purgaba” o destruía aquellos documentos que a la autoridad de turno le parecía innecesarios –situación de la que se salvan solo unos pocos archivos-, éste hallazgo de conservación casi milagrosa genera una gran expectativa.

Si bien el concepto de documento ha ido variando con el tiempo y fue empleado con distintos significados por diversas disciplinas, el considerado propiamente histórico surgió en el siglo XIX con la Escuela Positivista siendo reverenciado como la verdad histórica consumada puesta por escrito; Lefebvre pensó que sin documentos no existía la historia, y muy al contrario Le Goff entendió que el documento era un instrumento de poder utilizado por algunos grupos sociales para imponer su imagen hacia el futuro; para el Revisionismo argentino los documentos escritos dejaron de tener centralidad en las investigaciones y sufrieron el descrédito, y actualmente pasaron a ser una más de las fuentes en la que los investigadores indagan y reconstruyen el pasado, ampliando los modos de entender el concepto y dándole diversos contenidos. Pero finalmente, son esos documentos escritos los que en el mundo están siendo reconsiderados en su importancia, al mismo ritmo que las nuevas tecnologías nos están dejando sin escrituras perdurables, por ello los gobiernos europeos y el norteamericano invierten mucho dinero en su conservación, su organización, su clasificación y catalogamiento; porque finalmente, invierten en su historia, invierten en su memoria histórica.

Una segunda cuestión y de importancia significativa, es la autoría de ese conjunto documental. Se trata de escritos de  Domingo Faustino Sarmiento el gran organizador del sistema normalista argentino a partir de la fundación de la Escuela Normal de Paraná en 1879 y la implementación de su gran proyecto de educación popular, bajo el slogan “educar al soberano”, que con todas sus luces y aún sus sombras, se instituyó en la base cultural del gran despegue de la sociedad argentina, destruido oprobiosamente por el onganiato y cuyas consecuencias desastrosas se hacen sentir en la actualidad con todo rigor; del prolífico literato nacional autor de obras de renombre como “Facundo” y “Recuerdos de Provincia”; en fin, del presidente de la Nación argentina. También hay escritos de Marcos Sastre, uruguayo por nacimiento y rioplatense por convicción, educador nato, impulsor y defensor de la educación popular, el fundador de la Librería Argentina donde funcionó el Salón Literario en el que más o menos secretamente junto con Alberdi, Echeverría, Vicente Fidel López, entre otros, discutían el proyecto de país que se estaba construyendo y que se pondría en marcha en la segunda mitad del siglo XIX, y donde Echeverría fundara la Asociación de Mayo; del Director de Escuelas de la Nación. De los tres el menos conocido es Francisco Berra, como Sastre uruguayo de nacimiento, dedicado a la educación popular tanto en su praxis como en su teorización, autor de “Apuntes para un curso de Pedagogía” entre una larga serie de artículos sobre pedagogía, enrolado en la historiografía de tendencia filosofante al escribir su “Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay”. Los tres compartieron el mismo escenario del dominio de Juan Manuel de Rosas durante su infancia y juventud. Los tres pensaron como superar una etapa de caudillismo político y actuaron en consecuencia de sus ideas. Los tres consideraron que la educación era la base para el desarrollo de una sociedad moderna y progresista.

Aunque tendremos que esperar la actividad de los especialistas que trabajarán con estos hallazgos, con toda seguridad estos documentos nos dirán más sobre como pensaron y como actuaron en el plano concreto de las acciones educativas, en etapas muy complejas de la vida nacional, complejidades que campeaban sobre un azaroso fondo social de analfabetismo masivo, pero convencidos de que la educación haría grande al país de sus desvelos.

Dos cuestiones finales para considerar, una el asombro por la forma en que los documentos fueron guardados, en rollos, al mejor estilo de los papiros egipcios o los Rollos de las cuevas de Qumram en el Mar Muerto; una forma muy antigua que se advierte eficaz bajo ciertas condiciones de aislamiento como las que habrían estado los documentos de referencia. Y la última, como la historia se empeñó en reunir, de una manera curiosa y tal vez caprichosa, a dos enemigos absolutos, Rosas y Sarmiento, en la escuela de San Miguel del Monte, escuela como espacio por antonomasia de la educación sarmientina, y en la ciudad de San Miguel del Monte, desde donde Juan Manuel de Rosas sembraba el terror con sus Colorados del Monte, más conocidos como la “mazorca”.

 

María Cecilia Rossi

3 de diciembre de 2010

 

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